viernes 28 de noviembre de 2008

Suspense: Aquella curiosidad desmesurada

La ciudad disfrutaba de sus últimas horas de luz natural. Era un atardecer de un otoño muy cercano al frío y riguroso invierno. El pulular de vehículos motorizados era muy escaso y las aceras vacías otorgaban un paisaje desolado. Entre bloques de edificios enfrentados, cientos de ventanas se perfilan y algunas personas, ávidas de curiosidad, se apostan en sus oteros como centinelas al acecho. En el 18 de la calle Ganga, 5º piso, uno de esos escudriñadores de lo ajeno, recuesta su persona en el frío cristal de su mirador. Este personaje, no tiene nada mejor que hacer y busca con ansiedad algún elemento novedoso que le permita evadirse de su rutinaria y aburrida jornada vespertina.
Sin más preámbulos os acerco a las interioridades y formas de sentir del citado protagonista. Si anotáis alguna incidencia, digna de mención, en la que os podáis sentir aludidos, pensad que al fin y al cabo somos todos de la misma especie por lo que esta afinidad se podría catalogar de lógica.
Vaya tardecita, estoy tan agobiado, que preciso de algo que me haga disiparme. Ya he quemado los recursos propios, televisión, música, lectura, comida, tan solo me queda la última oportunidad, la de mirar a los demás a ver si puedo advertir algún detalle o anécdota digna de divertimento. Pero llevo más de media hora aquí pendiente y no tengo nada que resaltar. Está claro, me tendré que meter en el sobre y esperar a la rutina del lunes laboral. A ver..., un último vistazo y..., bueno creo que está todo visto. Muchas ventanas, la mayoría a oscuras, con sus persianas o cortinas echadas; no hay nada destacable, aunque, un momento...
¡Ajá, casi me lo perdía, pero no, estos ojitos necesitados de noticias, no podían fallar en presenciar esta primicia! La vecinita del tercero, sí, ya lo decía yo, que esta criatura prometía mucho. Alguna que otra vez le puse el cerco de vigilancia, pero tan solo algunos amagos, breves escarceos amatorios con alguno de sus diversos galanes. Sin embargo, parece que hoy va a dar más de sí. Por supuesto, es hora de colocarme mis prismáticos y de afinar las lentes. Pero bueno, ésto es desproporcionado, la gentil damisela está danzando en paños menores. Bueno, bueno, a fe mía que esta visión no me la esperaba, ni mucho menos, quien me iba a decir a mí, que a estas alturas de una tediosa tarde festiva, un adicto mirón como yo, me podía llevar a mis retinas unas imágenes de tanta jocosidad y valía. Además es que esta bella nudista de baile acompasado, ha creado una coreografía improvisada pero muy gratificante. Pues bien, parece que ha merecido la pena la espera, el momento es el adecuado para coger mi cámara de vídeo digitalizada y, vamos a enfocar para grabar con su poderío de enfoque óptico. Así, sí, es perfecto, el enfoque es el preciso y la definición es la correcta. Sí señor, todo un documento recogido para ser observado más tarde con toda meticulosidad.
No he querido interrumpir las divagaciones de nuestro fisgón, porque me parecía muy conveniente el que pudieseis contemplar, en directo, sus comentarios, parte de ellos expresados a viva voz. Así habéis comprobado como este patológico aficionado, un ser obsesionado con la posesión de lo ajeno al amparo de su anonimato, ha construido su diversión en la intromisión de la privacidad del prójimo, llegando a sentirse orgulloso de capturar un documento más para su colección. Sin embargo, nuestro adicto protagonista, poco se imagina lo que le espera, en esta ocasión su morbosidad curiosa y sus afanes de buscar más allá de lo permitido, le reportará una serie de conquistas inesperadas. Sigamos con él.
Antes de irme a la camita, voy a regalarme con mi última captura, reproduciéndola con todo detenimiento. Lo confieso, me lo paso bomba cuando puedo capturar estas pequeñas joyas del acecho, creo que esta pieza dura por lo menos 5 minutos. No está mal, nada mal. Sí, esta cuarentona, no está nada mal, su cuerpo se conserva muy bien, además sus condiciones físicas son muy plausibles, pues se mueve con mucha agilidad. ¡Ah, que maravilla de la técnica! Con esta cámara, puedo filtrar, acercar, mostrar por segmentos de imagen..., en fin, una gozada: senos medianos, silueta bien torneada, ...
¡No, pero, no me lo puedo creer, si no lo veo no lo creo, resulta que es una travestida, vaya elemento fálico que presenta el sujeto! Increíble, vaya descubrimiento, pues sí que…, con esa apariencia era imposible pronosticar tal desenlace. Bien, pues vamos allá, ésto sí que no me lo esperaba. A ver, su actuación está claro que va dedicada a alguien y claro el individuo, está al final de la estancia…, unos retoques más de afianzamiento de mi herramienta digital y ya está: aquí tenemos la definición del careto de este directo espectador, que no el único claro está. Opción de reserva y grabación del enfoque y ya está, segrego la imagen y voilà (como dicen los franceses). ¡No, no puede ser...!
Pero cómo es posible este descubrimiento, mi único y mejor amigo, el de toda la vida, con el que he padecido, reído, llorado, con el que he comido e incluso dormido en la misma cama. Y ahora, precisamente hoy, después de 30 años de amistad, a los 50 años de edad, descubro que es de la cáscara amarga. Bien, la verdad, es que preferiría haber seguido con mi ignorancia. A partir de ahora, ¿Cómo tendré que actuar con su persona? Dejaré pasar el asunto y me haré el inadvertido. ¡No, no sé si podré! Ambos vamos al trabajo juntos, laboramos en la misma oficina, comemos juntos, jugamos al tenis, vamos al cine, ambos somos solteros y somos confidentes de nuestras aventuras amorosas. Somos más que unos buenos amigos, somos los amigos por excelencia. No podré ocultarlo, me conoce demasiado, no sé qué hacer. ¡Ah, maldita sea, por qué me metido en este problema!, todo por culpa de mi estúpida afición. Un momento, tan solo un momento, él hoy, no ha podido venir a salir conmigo, porque tenía familia foránea, ya la perfecta excusa, claro, tenía cita con una de sus conquistas. Bien, eso a mí no me importa, que sea lo que quiera ser, allá él. Pero ahora, no sé qué hacer, ¿Cómo actuar?
No tengo más remedio que tomar una determinación, fingiré que no sé nada, aunque la verdad, nada volverá a ser lo mismo, en absoluto. No tengo nada en contra de los homosexuales, pero claro, uno es muy viril y no admite discusión en este tema. Me voy a la cama, no me obsesiono más, necesito descansar.
Nuestro aficionado al escudriñamiento de las vidas ajenas, esta vez, ha tenido que pasar por una experiencia novedosa para él: ha gozado con unas imágenes y se ha preocupado con el descubrimiento de identidades sexuales inesperadas. De improviso su mundo cuadriculado, se le ha venido encima: su mejor amigo es homosexual, su vecina tiene la misma mentalidad; incluso ha roto con uno de sus fundamentos de convivencia, que ha sido el tener en su mejor amigo al mejor confidente. Ahora tendrá que actuar y mentir. No tiene dudas sobre su definición sexual, pero hace unos minutos tampoco la tenía en las de su amigo, jamás lo hubiera pronosticado y sin embargo allí tenía una prueba irrefutable. Las imágenes eran harto elocuentes. Pero esta primera premisa, no termina aquí, aún queda más materia de abundamiento. Son las 4 de la madrugada y un teléfono suena en la habitación de nuestro personaje atormentado.
- ¿Sí, dígame?
- ¿Sr. Galdámez?
- Sí, dígame, ¿Quién me llama a estas horas?
- Lamento despertarle, pero el único teléfono de contacto que poseía la víctima era éste.
- ¿Sí, que ha pasado?
- ¿El Sr. Blanquillo, es amigo suyo?
- Bueno, sí.
- Lamento comunicarle que ha fenecido.
- ¿Cómo?
- Sí, perdone que haya sido tan brusco dándole la noticia, considero que ha sido para usted una noticia desagradable e inesperada. Sin embargo, necesitamos que acuda a los efectos del pertinente reconocimiento. Le espero aquí en el tanatorio médico forense. Como comprenderá es urgente porque el juez precisa la pertinente comprobación.
- Acudiré lo antes posible.
Nuestro conmovido protagonista, se muestra perplejo, su mejor amigo aquel recién descubierto amanerado, ya no vivía. Atrás quedaban tantos años de experiencias y de buenos momentos. Sin duda, aquella rutinaria sosa tarde otoñal, se había tornado demasiado complicada y penosa.
- Sr. Galdámez, le reitero las más sinceras condolencias y le agradezco su pronta presencia. Comprendo su actual estado emocional, no en vano, era su amigo y además les unía cierta afinidad sexual, ya que tenemos entendido que era su compañero sentimental.
- ¿Cómo, de qué habla?
- Mire, tranquilícese, le reitero que trataremos de ser escrupulosos con la publicidad de estos datos, aunque ya sabe que los periodistas son linces en estas cosas. Además en el sumario del caso constará el apunte de que el asesino de su amigo, convicto y confeso ha declarado que usted le había ganado sentimentalmente la partida.
- ¡Qué me dice, ésto es nuevo para mí!
- Como quiera, comprendo su actual estado psicológico y también el que quiera preservar su confidencialidad. El motivo de su presencia es el siguiente, muy cerca de su domicilio, en el tercer piso del edificio de enfrente de usted, se ha cometido esta noche un asesinato. La víctima, parece que obedece a la afiliación de su amigo, el Sr. Blanquillo, sin embargo dado el estado en el que ha quedado su faz, no podemos corroborar con la foto de su carné, estos términos. En su cartera, de su puño y letra, una reseña le citaba a usted, este ha sido el motivo de citarle, además de la confesión de cargo de la presunta homicida, la señorita Voltaré.
- Estoy muy confuso y desconcertado, mi mejor amigo, ¿Muerto a manos de una mujer? ¿Qué tengo que hacer?
- Es fácil, deberá identificar a su amigo, por alguna parte significativa de su anatomía, ya le he explicado lo imposible que es a través del rostro.
- En efecto, el tenía un lunar en la parte posterior de la pierna izquierda, sí aquí lo tiene, es él. ¿Pero como es posible que una mujer le haya aplastado la cabeza con tanta brutalidad?
- Le recuerdo, que era una transexual y que tenía la misma fuerza o más que pueda tener usted, ¿Me entiende? Se trata de un crimen pasional, ella, la asesina no pudo resistir que su amigo, el Sr. Blanquillo, decidiera dejarla porque sentía que le era infiel a usted, ¿Comprende Sr. Goldámez?, así que la despechada mujer no pudo aguantarlo y le machacó la testa. A los minutos llamó a la policía y se confesó convicta y confesa y además no dudó en pronunciar, que la causa de todo había sido la maldita dependencia que le profesaba a usted, lo amaba hasta límites insospechados y le hizo separarse de ella.
Tan solo han pasado unos meses desde aquel desenlace funesto, todavía me siento vacío, por la ausencia de mi buen amigo. Mis aficiones a mirar lo ajeno se han esfumado de mi vida. La colección de cintas grabadas, las he destruido; y la cámara, duerme el sueño de los justos en el armario. Desde aquel incidente mi vida ha cambiado radicalmente, soy un solitario recalcitrante, sin embargo, mi seguridad, en cuanto a mi identidad sexual, ya no es tan contundente. Hoy mismo, si tuviera al lado a mi amigo, no hubiera actuado como un hipócrita sino que le habría comprendido, al fin y al cabo, la amistad siempre prevalece por encima de credos, sexos y tendencias culturales.

domingo 23 de noviembre de 2008

Teatro: Un Mundo sin extraños colores de piel




Año 2.107. El planeta Tierra localizado en el Sistema Solar de la Vía Láctea, estaba a punto de desaparecer.
Los artífices de esta catástrofe eran sus propios habitantes, los humanos. Habían descuidado, agotado y contaminado tanto el planeta que estaba muy cerca de su extenuación.
Además de este previsible desenlace del patrimonio natural, la mentalidad y costumbres del hombre contemporáneo, se habían transformado, para mal, en un rol en el que la intolerancia egocéntrica impregnaba todo lo rodeaba a su existencia.
En resumen, los problemas medioambientales del antes llamado Planeta Azul eran los siguientes:
- Destrucción total de la capa de ozono. (Sólo sobre la ciudad de Cádiz restaba una pequeña parte de la antigua ozonosfera). La exposición al Sol sin la pertinente exhaustiva protección solar de grado máximo era mortal.
- Incrementación del efecto invernadero. Las temperaturas mínimas en los polos del planeta, no bajaban de los 15 grados centígrados a la sombra en invierno. Durante el verano, las temperaturas promedios rondaban los 45 grados centígrados. Sólo había una excepción: la ciudad más antigua de Occidente, Cádiz, que continuaba manteniendo sus temperaturas tradicionales. Merced a su particular ubicación, los vientos imperantes de Levante, la ya mencionada capa débil de ozono que la defendía de la insolación abrasiva y por supuesto de un factor por descubrir y poder sintetizar su agua salada de peculiar combinación.
- El núcleo de la Tierra estaba sobrecalentado, lo que suponía un peligro similar al de una bomba de implosiva de dimensiones catastróficas.
La situación político-social era la siguiente:
- Habían sido exterminadas todas las razas humanas existentes en el planeta excepto la blanca. Una inexplicable y sospechosa enfermedad había atacado a las razas con pigmentaciones diferentes a la raza blanca. El resultado, millones de personas negras, amarillas y de todo color distinto a la de raza blanca muertas en un holocausto apocalíptico de miles de millones de personas.
- Las mujeres estaban totalmente discriminadas. Sus dos únicas funciones eran la procreación y el servicio doméstico al servicio del esposo y de los hijos.
- Los afeminados, en la clandestinidad, también estaban perseguidos y excluidos en cuanto a derechos sociales se refiere. Se consideraban inhumanos por tener tendencias sexuales diferentes a las de los demás hombres heterosexuales. Se veían obligados a reunirse en locales secretos subterráneos. Actualmente el grupo estimado es muy residual, puesto que, existía un grupo infiltrado de bisexuales exterminadores, de procedencia desconocida, que estaban diseminando una tara genética de auto extinción.
Como se ha podido comprobar, la situación era espantosa y Dantesca. Soportar diariamente las pésimas condiciones de vida que ofrecía el decrépito planeta, sino también resistir el sistema de gobierno impuesto, similar a un gobierno Nazi, en el que se buscaba perpetuar a una raza superior y se discriminaba a todo el que no pensara tal como el Estado dictatorial obligaba.
Conociendo el ambiente, vamos a enfocar el relato hacia la ciudad de la luz y el mar, Cádiz. Al ser la ciudad menos contaminada y estando considerada como la más idónea para vivir, un grupo de tres prestigiosos científicos, constituyeron un pequeño grupo, exclusivo, para investigar las características propias del ecosistema gaditano. Así, una vez consensuadas las conclusiones, tal vez, podrían ser exportables y así sanear el resto del planeta, cuanto menos en el marco medioambiental.
El anteriormente citado grupo estaba compuesto por:
- Don Gocu Reverte: Catedrático en Matemáticas de universidad. Su trabajo era resolver los problemas planteados desde la base matemática. Era una persona solvente y reconocida en el mundo por la aplicación y resolución de problemáticas de difícil tratamiento. Su talento y objetividad aunque parecieran acomodaticia al Sistema imperante, estaban íntegros e invulnerables.
- Don Hortensio del Río: Catedrático en Medicina e Investigación. Era un personaje que mantenía una faceta oculta, que se desvelará durante el transcurso de la narración.
- Don Hermenegildo López: Catedrático en Física y Química. Su misión, aparte del apoyo físico-químico, informático y lingüístico, (pues dominaba ocho idiomas), consistía en ejercer la dirección del grupo. Se trataba de una persona fría y calculadora, muy intolerante. Siempre a favor de la discriminación de la mujer y de los afeminados, así como de la superioridad de la raza blanca en detrimento de las otras razas. La extinción de las demás razas era para él una prueba evidente de que eran inferiores.
Tras la exposición de los personajes, comenzaremos la historia en una día cualquiera, en su sesión de noche, al término de la jornada de trabajo. Estamos situados en el laboratorio secreto de los eruditos gaditanos.
Hermenegildo: ¡Vamos gandules!, diez minutos más y os podéis retirar a vuestra casa, a la calle, o al mismo infierno si gustáis.
El resto de científicos: Sí, señor.
Hermenegildo: Y a ver si mañana venís con más ganas de trabajar. Os veo dormidos, a primera hora. ¡A saber lo que hacéis por las noches!
Hortensio: Señor, con todo respeto, nuestra vida privada no es de su incumbencia.
Hermenegildo: Por supuesto que su vida particular, no me importa en absoluto, pero lo que sí me incumbe es vuestro rendimiento. Si vuestro tiempo libre os perjudica en la rentabilidad de vuestro trabajo, entonces sí tendré que intervenir debidamente. Estamos aquí para intentar salvar al Mundo, no lo olvidéis en ningún momento.
Gocu: Perdone Señor, pero acabo de resolver esta ecuación que nos permitirá poner en práctica el próximo experimento para el rayo regenerador de la superficie terrestre.
Hermenegildo: ¡Éste sí que es un científico!. Todos los días, sin excusas, trabajando conforme a sus máximas posibilidades. Muy bien, el experimento tendrá lugar mañana. Ya os podéis largar de aquí.
Todos: Buenas noches, señor.
Hermenegildo: Por muy amables que seáis no os voy a subir el sueldo, así que os podéis ahorrar las cortesías. Un momentos, permanezca aquí don Hortensio, he de hablar con usted. Don Gocu, usted se puede retirar, por hoy ha cumplido.
Una vez desaparecido del escenario el Doctor Gocu, comienza el parlamento de los otros dos científicos.
Hortensio: ¿Qué desea de mí, señor?
Hermenegildo: He de hablar francamente con usted. Tome asiento.
Hortensio: Le escucho.
Hermenegildo: He notado, desde hace unas semanas, un bajo rendimiento en su persona con respecto al grupo. Tan solo la labor de Gocu y la mía están salvando el rendimiento óptimo de nuestra exigente investigación. Quiero, por su parte, una explicación racional y convincente.
Hortensio: Bueno, es que trabajamos de sol a sol y tenemos poco tiempo para divertirnos. Demasiada tensión y esfuerzo. Ahora por ejemplo tengo la cabeza que …
Hermenegildo: ¿Excusas con migrañas infundadas? ¿No se divierte usted trabajando? ¿Acaso no es para lo que está usted aquí?
Hortensio: Sí, señor, me gusta mi trabajo; pero necesito tiempo libre como todo el mundo.
Hermenegildo: Usted no puede desear más de lo que tiene. Lo tiene todo. Inteligencia, ropa, comida y dinero, ¿Qué más quiere?
Hortensio: Quiero intimidad, libertad y tiempo para hacer lo que necesito y quiero.
Hermenegildo: De acuerdo. Haga lo que desee. Ya conoce el horario de entrada, espero que lo respete escrupulosamente.
Hortensio: Éso no representará ningún problema.
Hermenegildo: Antes de irse, tómese este comprimido analgésico. ¿No comentaba antes que le dolía la cabeza.
Hortensio: Muy agradecido, señor.
El confiado médico, ingiere la pastilla y se retira. El comprimido estaba constituido por una capa de paracetamol, y en su interior había un microchip que mediante un sistema inteligente, llegaba a los receptores oculares y tomaba una copia de las señales de visión. Esta señal la transmitía, vía satélite, al receptor de don Hermenegildo, que percibe así, todo lo que don Hortensio ve. Es como ver por los ojos de otro sin alterarle a éste su visión, pues el aparato sólo enviaba una copia. Además, el mismo microchip era capaz de realizar esta actividad con los receptores acústicos y además en simultaneidad. Así el desconfiado y curioso de don Hermenegildo podía ver y escuchar al mismo tiempo controlando los actos de don Hortensio sin que éste se percatara de ello.
Primeramente, don Hortensio fue a su residencia donde se vistió con una indumentaria muy extraña que don Hermenegildo no había visto nunca. Después, don Hortensio se dirigió hacia lo que parecía un local subterráneo totalmente desconocido para don Hermenegildo. Durante el camino pensaba para sí:
Hortensio: ¿Qué querrá el explotador ése con tanto interrogatorio? Me parece que empieza a sospechar de lo que hago por las noches. Sabía que se terminaría dando cuenta, ¿Qué hago ahora? Bueno, calma, que sospeche no significa que lo sepa con certeza. Pero creo que voy a tener que suspender mis prácticas nocturnas hasta que se disipen sus elucubraciones. Aunque, pensándolo bien, no lo considero necesario. Él no me puede ver y además no puede aportar ninguna prueba, con lo cual, puedo estar tranquilo. Aligeraré el paso que voy a llegar tarde.
En estas y otras reflexiones, llegó a la puerta de un local subterráneo, dónde, tras decir la contraseña, penetró en su interior.
Don Hermenegildo quedó asombrado al ver aquel local repleto hasta los topes de hombres con la indumentaria semejante a la de Don Hortensio. De repente, sonó una música seguida de unos movimientos tan obscenos, que don Hermenegildo, perplejo, trasladó a su faz una expresión de asqueo y desgana.
Tras finalizar lo que parecía ser una coreografía, don Hermenegildo continuó grabando toda lo que acontecía hasta formar un documento de prueba que fuese definitorio.
Llamó, vía telefónica, a don Gocu que estaba repasando unas fórmulas en el laboratorio de su casa; para que le ayudase a pensar una solución al problema que se le presentaba.
Gocu: Aquí me tiene Señor, siempre a sus órdenes.
Hermenegildo: En efecto, observe con detenimiento.
Le mostró la copia del seguimiento de Hortensio en el local nocturno y clandestino.
Gocu: Es evidente, señor, que nuestro amigo pertenece a una de las logias de afeminados que hay diseminadas por todo el Mundo.
Hermenegildo: Ésto no se puede tolerar. Mañana le seguiremos hasta el local y con estas pistolas de rayos paralizantes inmovilizaremos a todo el mundo salvo a nuestro afeminado compañero. A éste le traeremos preso en el interior de un escudo magnético y le daremos su escarmiento. Como es menester eliminar tan odiosa afeminada peste de la faz de la Tierra, colocaré una micro bomba de electrones libres en un punto estratégico del local. Así devastaremos todo ser orgánico y dejaremos intacto el inmueble, no en vano, Cádiz tiene pocos metros de superficie útiles.
Gocu: De acuerdo, señor.
Hermenegildo: Antes de irse, dígale a don Hortensio que mañana se puede tomar el día libre. A usted lo espero aquí a las ocho de la tarde para llevar a cabo el plan.
Gocu: Por supuesto.
Al día siguiente a la hora convenida, los dos científicos se personan en las inmediaciones del local. Don Hermenegildo en un momento determinado da la señal.
Hermenegildo: ¡Ahora!
Tras varios segundos de acción, todos terminan paralizados. Don Hermenegildo deposita la bomba nuclear y pone en marcha la secuencia de detonación para el periodo de eclosión máximo de una hora.
Don Hortensio, atrapado en el escudo, observa impotente cómo es trasladado al laboratorio secreto.
Hermenegildo: Así que, ¿Esta era su intimidad perturbadora, eh?
Hortensio: Señor, esto que usted nos ha hecho es inhumano.
Hermenegildo: Ustedes y vuestro comportamiento sí que son invertidos y degradados. Por ello van a ser aniquilados como, en su momento, lo fueron las otras razas inferiores. Si para las razas inferiores vino una ayuda genética destructiva, para vuestras existencias homosexuales tendremos que arrimar nuestro esfuerzo.
Hortensio: Todos tenemos derecho a ser lo que deseemos. Usted no es nadie para eliminarnos.
Hermenegildo: Es lo que merecen. Sois una especie desviada y perdedora, nosotros los heterosexuales somos la vanguardia y los poderosos.
Hortensio: ¿Es pernicioso que hagamos lo que queramos sin molestar a nadie?
Hermenegildo: Sí, es nocivo e indigno y por ello no es lícito que existan. El hombre es hombre y la mujer es mujer, no debemos cambiar el equilibrio de la naturaleza.
Hortensio: ¡Compasión, señor, no nos mate! Invoco a su sabiduría como científico. Sea tolerante y reflexione.
Hermenegildo: No, su verdad es mediocre, relativa y equivocada. Cuando una aberración de la naturaleza aparece por equivocación, hay que extirparla. No le voy a matar por ahora. Trabajará hasta conseguir el objetivo por el que se fundó el grupo: salvar la Tierra. Si conseguimos que el planeta sobreviva, entonces, personalmente, yo mismo le mataré.
Mientras conversaba Hermenegildo con el recién condenado don Hortensio, don Gocu sacó su pistola láser y sin dar tiempo a don Hermenegildo a activar su escudo electromagnético protector, lo mata de dos tiros certeros en el vientre. Agonizando, musita don Hermenegildo:
Hermenegildo: ¿Por qué?
Gocu: Porque he descubierto que no merece usted otra cosa. El nuevo mundo no se forjará sobre la intolerancia de unos pocos desalmados, sino sobre el amor, el respeto y la concordia entre todos. Nuestra misión es conciliar, consensuar y fomentar la concordia. Los que hayan sabido cumplir ese cometido, podrán vivir felices aquí en nuestra dimensión y en la otra esfera, donde no existe el tiempo, ni el espacio, ni el sufrimiento, ni las limitaciones. Aquellos intolerantes que se pretendan tiranizarnos, deberán ser depuestos y confinados. A los más peligrosos se deberá plantear su eliminación para evitar males mayores.
Ya muerto don Hermenegildo, don Gocu libera de su prisión al científico y desactiva la bomba a del club nocturno.
La fórmula matemática de Gocu sistematizó la aplicación ulterior de una terapia rehabilitadota del Medio Ambiente a nivel Mundial. La salina combinación de la Mar de Cádiz en un equilibrio, matemáticamente ajustado, dotó a todo el planeta de su nueva oportunidad de vigencia. Meses después, el estado de la Tierra mejoró considerablemente.
Como consecuencia del favorecimiento del Medio Ambiente, las nuevas colonias de seres humanos de, sólo raza blanca, se fueron diseminando por el espacio terráqueo. La flora y la fauna comenzaron a emerger de forma inusitada. Fruto de este masivo y avasallador florecimiento de la Naturaleza, de la recuperación de manto de ozono, es la nueva civilización humana, más limpia, más tolerante, más optimista, más cercana a la comprensión de sus limitaciones y de su papel de buenos y meros gestores de su planeta.
El primer presidente de la Tierra, en el que no existían estados, ni países, ni fronteras; fue Gocu Reverte, natural de Cádiz, científico e investigador. Creador de la fórmula salvadora del amanecer del nuevo Medio Ambiente terrestre. Y como no ideólogo y filósofo del renacimiento del humanismo altruista solidario. No le hizo falta hacer campaña electoral, porque su trayectoria personal y testimonial le fue suficiente. Su ideario es directo, sincero y muy motivador. El mensaje que relató el día de su toma de posesión fue el que todos conocemos.
Gocu Reverte: “Nuestra misión es conciliar, consensuar y fomentar la concordia. Los que hayan sabido cumplir ese cometido, podrán vivir felices aquí en nuestra dimensión y cuando transcendamos, en la otra esfera, en la que no existe el tiempo, ni el espacio, ni el sufrimiento, ni las limitaciones.” Tras finalizar la síntesis de su pensamiento. Después de esbozar una sonrisa, entre las aclamaciones del multitudinario gentío, hizo un esfuerzo por continuar exponiendo su mensaje.
Sr. Presidente Gocu: Nuestros hermanos de razas extinguidas, millares de millones muertos por una maldita enfermedad, están contemplando con gozo, como nuestro Mundo es hoy, mucho mejor que hace, tan solo, unos meses. Su entrega y sacrificio no ha sido en vano. Desde la Luz de su nueva existencia plena, se regocijan y hacen votos porque perseveremos en vigilar y neutralizar a aquellos intransigentes que atenten contra la solidaridad humana. Por último, a quienes pensaban, mentes ridículas y miserables, que la raza blanca era la prevalerte, porque había salido indemne de la devastadora epidemia….
Les voy a confesar un hecho detectado, muy recientemente, que a todos nos servirá de reflexión y de confianza: En las playas de Conil de la Frontera, Zahara de los Atunes, las nuevas colonias de seres humanos, ya han visto nacer a sus primeros descendientes…
Sí, es una gran noticia, la recuperación demográfica de la humanidad, pero hay más que decir. De cada 13 seres nacidos la proporción matemática ha sido proporcional y reiterada, 3 son blancos, 3 son negros, 3 amarillos, 3 rojos y el décimo tercero ha nacido con una piel cuyo color es acomodaticio a la percepción de aquel que lo observa. Es decir, según quien lo mira lo puede apreciar blanco, negro, amarillo, rojo. La conclusión estimados conciudadanos es obvia, una única naturaleza humana y una presentación adaptada a su medio ambiente directo. Y por si, en un futuro próximo, nos vuelve a entrar dudas acerca de la unidad del tronco común humano, como gestores igualitarios de nuestro planeta, tendremos a nuestro lado a un ser que será blanco, negro, amarillo o rojo, y que vivirá a nuestro lado para recordarnos este sencillo gesto de unidad entre razas.
La Naturaleza del Creador, harto de equívocos nos ha señalado un referente incuestionable, no hay diferencias en la piel, ni en el sexo, ni en la sexualidad, nuestra distinción es nuestra propia forma de darnos a los demás.

miércoles 19 de noviembre de 2008

Relatos Policíacos: El último recurso, Pedro Pi de Pedro, inspector gaditano.

Cuando la situación había llegado a ser insostenible, cuando nadie veía una posible solución inmediata; un hombre desconocido para todos, nos hizo recobrar la esperanza.
La ciudad de Cádiz amanecía con un cielo entoldado. Los primeros vehículos discurrían por las diferentes avenidas. De improviso, un coche patrulla de la policía, se abría camino entre el agolpamiento de personas. Al lado de unos contenedores de basura, el cadáver calcinado de una persona era contemplado por los curiosos.
- ¡Venga, vamos, que esto no es una feria! No hay nada bonito para la vista. Cada uno para su casa.
- Menos palabras y más eficacia.
- Éso, ¿Para qué sirven tantos agentes de policía? Que sepamos, ésta es la vigésima víctima de “el Incendiario”.
- Tranquilícense, hacemos lo que podemos.
Una vez más, las repetidas imágenes de reconocimiento, levantamiento del cadáver, y un sinfín de movimientos de vehículos policiales; se sucedían.
La opinión pública, la prensa, la televisión local, la radio,... En definitiva, la sociedad gaditana se sentía atemorizada por la despiadada intervención del psicópata asesino en serie, que había sido denominado con el apodo de “el Incendiario”. Este apelativo era una directa referencia a su reiterada obsesión por quemar a sus víctimas. Sin embargo, la crueldad y la bestialidad de sus actos, no se limitaban a este aberrante comportamiento. Con una premeditada planificación, el asesino múltiple, escogía a los futuros interfectos a los que incautos e indefensos, sometía, con carácter previo a su incineración, a un repetitivo ritual escalofriante y sanguinario.
Las investigaciones desarrolladas por la policía, habían sido, hasta el momento, completamente infructuosas. Gran parte de los detalles más morbosos, habían sido clasificados como reservados. De esta manera, ni siquiera la prensa había podido filtrar a la sociedad los temibles detalles de las actuaciones del asesino. Aparentemente, su modo de operación era el secuestro, retención y posterior incineración de los desdichados que caían en sus redes. El perfil reiterado en las víctimas era el que correspondía a mujer de raza blanca, de unos veinte años de edad y con características muy semejantes en su apariencia externa. Es decir: en cada uno de los veinte casos de luctuosos fallecimientos, la estatura de las finadas era casi idéntica, asimismo, color de pelo, ojos y piel; eran otros datos similares. Por lo tanto, el patrón fijo del psicópata, estaba muy definido: Mujer de pelo azabache y preferentemente corto, ojos castaños, estatura de 160 centímetros a 165 y piel morena. Tan sólo dos de las veinte víctimas llevaban el pelo largo (en origen), sin embargo, el homicida, con posterioridad a su vil y criminal comportamiento, procedió a recortar con meticulosidad el cabello de ambas.
En la comisaría central de la localidad, el comisario jefe, Héctor Bonifacio, estaba reunido con los agentes encargados del caso.
- Vamos a ver, esto se está poniendo insoportable. No saben la presión que estoy soportando. Esta misma mañana, me ha llamado el Subdelegado de Gobierno, la Alcaldesa, el mismo Presidente de la Junta y por si fuera poco, el Presidente del Gobierno de la Nación. Todos y cada uno, me han puesto las orejas calientes y no entienden que tras un mes de asesinatos, no hayamos capturado a esta rata de cloaca. Les he encargado el caso porque creía que eran los mejores. A ustedes tres, señores inspectores de policía, les he proporcionado dedicación exclusiva para este caso y además todos los medios disponibles. Pero, ¿Qué resultado han obtenido?
- Señor comisario, llevamos veinte días sin dormir apenas, comiendo mal, sin ver a nuestras respectivas familias, hemos hecho todo lo que hemos podido, pero este maldito criminal es muy escurridizo.
- Maravilloso, éso es lo que me van a presentar como pretexto, ¿Su trabajo?, ¿Su esfuerzo?, ¿Su dedicación absoluta?... Pues no es suficiente, porque en buenos profesionales, se infiere su entrega en casos de extrema gravedad. Necesito inspiración, lucidez, brillantez; necesito resultados, pero ahora mismo. Sí, no pongan caras de escepticismo, quiero confianza e ímpetu para resolver este tránsito tan espeluznante. Inspectores Ortiz, Blanco, y Piedecausa, ¿Están dispuestos a capturar a este demonio?
Los tres inspectores con facciones hieráticas, cansadas y ciertamente poco convencidas, no se atrevían a musitar palabra.
En ese momento suena el teléfono del comisario Héctor Bonifacio.
- He dicho que no se me moleste, ¿Acaso es complicado seguir esta sencilla orden?
- Lo siento mucho señor comisario, pero acaba de llegar un correo electrónico urgente. Viene del Ministerio del Interior, y dice así: “Dado los escasos resultados obtenidos hasta el día de la fecha, en la captura de “el Incendiario”, le ordeno que acoja en su grupo de investigación al famoso detective privado gaditano Pedro Pi de Pedro. Los emolumentos por sus servicios, ya han sido acordados por este Ministerio. A partir de este momento, tiene plenas atribuciones a la hora de la investigación. Espero y deseo la pronta resolución del caso. Firmado: Ángel Percebe”.
- Bien, a partir de hoy, tienen nuevo compañero y jefe de equipo, supongo que todos ustedes lo conocen, pues ha resuelto numerosos casos en toda la comarca gaditana. Sí, reconozco que es un hombre un tanto extraño y cuyas ocurrencias, aunque brillantes, suelen ser un tanto inverosímiles. Pero, órdenes son mandatos y yo los acato. Pueden volver a vuestras ocupaciones que son muchas y perentorias. ¿Alguna cuestión que aclarar? Adelante, inspector Blanco.
- ¿De verdad cree que con este tipo extravagante, vamos a resolver la situación?
En ese momento hace entrada en el despacho del comisario, Pedro Pi, el investigador citado. De manera inmediata responde al inspector Blanco.
- Es lógico pensar que con su obtusa mente vaya haciendo, cada vez más, gala a su apellido. Ya me entiende, mente blanca, mente plana.
- Yo me cago en todos sus ancestros, detective de feria.
- Inspector Blanco, queda usted relevado de la investigación por desacato a mi orden expresa. ¿Alguien más tiene algo que decir?
- Sí, por supuesto, el inspector Ortiz y yo, Piedecausa, también nos retiramos, no queremos trabajar con semejante pelele.
- Bien, sea como quieren, les aseguro que van a estar haciendo labores administrativas hasta que se jubilen. Esta ha sido vuestra última y deficiente investigación policial.
- Señor comisario, no hace falta que se ofusque por tan poca cosa. Acepto de buen grado que no deseen trabajar conmigo, éso me da exactamente igual, es decir, lo prefiero. No obstante, como lo que interesa es resolver cuanto antes este detestable caso, le solicito que el señor Piedecausa, actúe de colaborador mío.
- ¿Por qué yo?, ¿Acaso le gusto?
- Como hombre, en absoluto, tal vez vestido de mujer, quizás tuviera que pensarlo. Pero lo que más me gusta de usted es su apellido. Cada vez que tenga que llamarle, sentiré en mis propios oídos un grado de complacencia tal, que me ayudará a relajarme.
- Pedazo de mamón, le voy a partir la cara y le voy a propinar una atragantada que...
- ¡Piedecausa, cálmese! Que tan sólo ha comenzado conmigo. Además, piense que, tal vez, pueda resolver el caso en cuestión de horas.
Todos los allí congregados, incluido el comisario, comenzaron a reír de manera delirante, casi histérica. La ocurrencia chulesca de Pedro Pi, había servido de válvula de escape para tanta tensión acumulada.
- Sin embargo, Piedecausa, si en vez de horas, tardo días o quizás meses, ¿Qué será de su torpe mente?
Después de salir de la reunión, hablando los inspectores, una voz con sorna se hizo presente en la gran sala.
- Piedecausa, cuando su torpeza se lo permita, aterrice por la que ahora es mi mesa, es decir, la que antes era suya; y me informa acerca de unas cuestiones.
- Este tío me va a buscar la ruina, os aseguro que yo me voy para la trena pero me lo cargo antes, seguro.
En apenas media hora, el detective privado, se había empapado de todo el expediente. La capacidad de asimilación y de memorización había dejado asombrado a Piedecausa. Jamás, antes, había visto a nadie leer con tanta rapidez y capturar hasta los más mínimos detalles.
El detective Pedro Pi de Pedro, como primera intervención, se puso manos al ordenador. Tras conectarse a Internet, comenzó a efectuar búsquedas, la velocidad a la hora de consultar y pasar páginas webs, era vertiginosa. La boca de Piedecausa no dejaba de abrirse, estaba atónito viendo este aluvión de consultas.
- Pero, hombre, ¿Qué está haciendo?, ¿Acaso va a descubrir al asesino por la red?
- No, evidentemente, no. Pero no se imagina la cantidad de información que estoy recabando y que nos puede ser utilísima. Además podemos suministrar un buen señuelo para el psicópata.
- Lo que faltaba, el asesino es un adicto a Internet, claro, brillante deducción. Y ahora, el detective chulo, le pone una trampa y lo captura, magnífica película de las cuatro de la tarde.
- En efecto, Piedecausa, no me equivoqué al elegirle, usted utiliza su cerebro un uno por ciento más que sus compañeros, que por cierto no lo utilizan.
- ¡Pero, qué hace, pedazo de guarro, perdiendo el tiempo mirando páginas nada edificantes!
- Qué infantil es usted. Independientemente de que prefiero ver mil y una vez estos cuerpos vuluptuosos que su grasienta cara, no es momento de diversión, sino de productivo trabajo. Con el escáner, tras capturar esta misma foto, voy a perfilar la trampa para nuestro sangriento enemigo. Unos toques por aquí y otro por allá, amén de un texto seductor que dice así:
“Estoy deseando ser tu víctima número veintiuno. No sabes cómo gozaría muriendo entre tus manos. ¿Puedes resistirte a esta invitación, loquito mío?”.
¿Qué le parece? Ahora lo mando como mensaje prioritario a los cuatro vientos..., ¿A las cinco de la tarde en la Plaza de Mina?
- Valiente pijada, pérdida de tiempo y dispendio de dinero para el contribuyente, y ¿Quién hará de mujer a pleno sol en la Plaza de Mina?
- Piedecausa, ¿Por qué cree que le elegí a usted?, con esa carita de mujer camuflada que posee...
- Pedazo de maricón, ni lo sueñe.
- ¿Una llamadita a Bonifacio?, ¿Apetece?
Son las diecisiete horas. En un banco de la Plaza de Mina, a pesar de estar sentado a la sombra, el calor reinante es de tal intensidad, que las gotas de sudor van arrastrando el maquillaje de la faz del inspector Piedecausa. Con las piernas cruzadas y aguantando las coloreadas medias que lleva ceñidas, la sensación de calor y picazón en todos, absolutamente todos sus miembros, le llevan a maldecir entre dientes.
- Ese pedazo de sieso, me está haciendo pasar las penalidades más gordas: Vestido de mujer, con un calor de narices y encima me pica hasta el ombligo.
- Tranquilícese, Piedecausa, que ya queda poco. Le estoy observando y a través de nuestro intercomunicador estamos en contacto, le he escuchado sus increpaciones. Me gustan mucho, pero lo que más me gusta es su apariencia, verdaderamente está muy atractivo. No se mueva, atento que está al caer. Actúe con naturalidad.
- Eh, ya estoy aquí, me habías citado por Internet, y ¿En serio creías que te iba a fallar? Eres tal cual, mi preferida, morenita, ojos castaños, pelo negro y corto... Ahora, levántate que voy a comprobar tu estatura. ¡Uf, mides más de un metro y ochenta centímetros!, con eso no contaba.
- ¿Te doy miedo?, yo me adapto a cualquier tamaño, ¿Eh?
- Eres muy atrevida, y por lo tanto, merecerás mi recompensa.
En ese mismo instante, el presunto homicida, extrajo una daga de proporciones amplias y cuando se disponía a cortar el cuello de Piedecausa, recibió un impacto certero y fulminante en su glúteo derecho. El individuo cayó como un fardo al suelo. Instantes después, era apresado y tras las primeras pesquisas policiales, era identificado como el supuesto autor de los asesinatos. Una vez más, la sorpresiva brillante, rápida y eficaz diligencia del detective Pedro Pi de Pedro, había resuelto el caso del asesino conocido como “el Incendiario”. En cuestión de horas y a través de la tecnología informática, el sagaz detective, había tendido una trampa al enfermo asesino en serie. La foto y sobre todo el mensaje enviado a través de las autopistas de la información, había sido un reclamo fatal para el homicida. Todo había salido conforme a lo planeado por el detective. El dardo lanzado por el mismo a las traseras partes del brutal asesino, le había dejado dormido en el acto, puesto que había empleado un narcótico para felinos de gran tamaño.
Las felicitaciones, distinciones y premios, no se hicieron esperar. Sin embargo, en la rueda de prensa, el extravagante detective, comentó:
- Me encanta que mis planes salgan perfectos al cien por cien. La verdad es que están calculados para que su margen de error sea igual a cero. Eso es lo que más me hace disfrutar, lo demás, el dinero, los premios, los halagos..., eso también, pero en segundo plano. Para terminar, quiero darle las gracias al inspector Piedecausa, por su paciencia y sobre todo, porque estoy enamorado de su apariencia travestida.

martes 18 de noviembre de 2008

Relatos Surrealistas: El manto de césped


Desde la oscuridad más absoluta, mi mirada, plena de admiración, se pierde en la cúpula celestial y plena de estrellas. Bien entrada la madrugada, todo es calma y plenitud. Mi postura, tendida en la fresca y mullida capa de césped, me aporta una comodidad considerable. Mas a pesar de este estado de relajación y lo avanzado del horario, en modo alguno he notado la aparición de síntomas de sueño. Sé que, en breve, debería de partir hacia el dormitorio, o eso era antes. Algo me impide abandonar mi posición de atento veedor. A esta inclinación por permanecer estático en mi privilegiado puesto de observador, no sólo ayuda la gran paz interior que siento, sino que, hay algo más, es como una invisible fuerza, que me convence para continuar, minuto a minuto, alimentándome del éxtasis contemplativo.
El alba ha hecho su aparición y continúo disfrutando de las primeras luces del nuevo día. Mi posición sigue siendo exactamente la misma. El rocío se desparrama por doquier y mi cuerpo se ve cubierto de la fresca sensación de sus múltiples gotas. Poco a poco el poderoso astro solar asciende y enciende, con su poder, el termómetro ambiental. Tras la desaparición del manto húmedo, la sensación de calor se hace patente. El recalentamiento de mi superficie se eleva por momentos. Continúo en el mismo lugar. Es cierto que no es gratificante mi actual estado, pero es imposible que pueda vencer este apego al caliente manto verde.
El sol luce, con toda crueldad, en pleno cenit. El calor ambiental es insoportable. Tras muchas horas de exposición a sus rayos, mi cuerpo arde inflamado. Tan solo deseo que su posición vaya cayendo y que, por lo menos, no me dé directamente. Sequedad absoluta, quemazón total, mi situación es extrema. La tarde llega y su fatigosa y pegajosa calor todo lo invade. No hay ni una sola parte de mi ser que no sienta dolor y ardor. Es un escozor irritante que me recorre por completo. A pesar de toda esta lastimosa situación, no he vuelto a intentar levantarme y tratar de marchar. Sé que es inútil.
Por fin escucho un ruido familiar. Son las pisadas de un ser en movimiento. Tras llegar a mi altura, el peludo cánido me olisquea y después de describir un par de círculos entorno mía, me lanza una desagradable y cálida micción, que además de acrecentar la sensación de dolor me asquea bastante, pues no me acostumbro a este tipo de residuos líquidos. ¡Uf, por fin, se aleja el pesado mamífero!, ¡Menos mal que no le ha dado por defecar! Con ayudas como ésta seguro que no podré salir de mi crítica situación.
De repente, una sombra circular se abate sobre mí. El peso de la misma abomba mi superficie y tras botar muchas veces, el balón de baloncesto me deforma mi cuerpo compacto y seco. Aún más, los pequeños pasos de varios niños se internan en mis dominios y no se conforman con pisar a fondo el manto verde. ¡No, faltaría más! Además arrastran una y otra vez mi fronda. Extraen los esquejes y mis raíces afloran y se desprenden. ¡Ah, qué dolor, qué pena me da mi imagen externa!
Por fin cae la tarde y el sofocante calor se atenúa. Observo a mi alrededor y tras analizar las calvas, levantamientos, sequedades, y por supuesto alguna que otra pieza orgánica depositada, espero con ansia el elemento vivificador. En efecto, con puntualidad exquisita, unos pivotes de color negro empiezan a esparcir el líquido refrescante pulverizado. La llegada de la nube de partículas de agua salvadora invade mi manto. Toda mi estructura se revitaliza y mis hojas reverdecen, mis raíces se resarcen de tanta abrasión.
Poco a poco la tarde-noche se avecina y un día más volveré a contemplar la cúpula celestial. El verano tiene estos contrastes, de noche una delicia, de día sufrimiento, pero en fin, son los típicos problemas de adaptación porque soy un césped muy joven. Tan solo llevo un año y medio plantado y todavía me cuesta acostumbrarme a estos inconvenientes. Con un poco de suerte, tengo por delante muchas estaciones para experimentar y aprender a ser un digno y coqueto manto de césped. Dada mi existencia inexperta, neófita en estas labores del Mundo Vegetal, todavía evoco ideas de cuando pertenecí al Mundo Animal.
Sí, sobre todo, cuando recuerdo que yo mismo fui el propietario de este chalet, de este campo, de estos riegos de aspersión, el mismo que sembró con cariño la simiente del césped que ahora me da cobijo y me presta una existencia diferente. Para retomar mi actual realidad, una vez más, debo atrapar aquella vivencia y detenerme en ella. Rememorar que por ingratitud humana, la que fue mi compañera se asoció a la más cruel perversión y acortó mis años de animal bípedo. A pesar de su criminal y desagradecido acto, ahora, ya no le guardo rencor, reconozco que no era, el mejor hombre, ni mucho menos. Por lo tanto, aunque no justifico su decisión de exterminar al que fue su esposo durante decenio y medio, sé que ahora, que sigue viviendo, en el que fue mi chalet, pero con su nuevo compañero. Que la veo pisar mi superficie y también, ¿Porqué no?, retozar con su amado entre mis finas hojas verdes. Que también la veo jugar con sus hijos. Inequívocamente, ahora es mucho más feliz, de lo que fue conmigo y la verdad le deseo todo lo mejor. Porque de una forma extraordinaria y, tal vez, extraña para vosotros, quiero y puedo sentir sus cuerpos, sus deseos y sus sentimientos y además desde mi actual configuración vegetal puedo llegar a ser más comprensivo de lo que en el Género Humano se suele dar.
Aquella tarde en la que ambos llevaron a cabo su sangriento plan de liberación para ellos y de eliminación para mí, el mejor lugar de ocultación de aquel molesto cuerpo sin vida no podría ser otro, que el recién sembrado jardín de césped. Hoy día os doy las gracias, porque de manera inesperada y fortuita, me habéis dado la oportunidad de conocer otro tipo de existencia. Es una vida distinta, dura como la de antes, con sus limitaciones como la anterior, pero eso sí, os lo aseguro, que no cambio por nada conocido del pasado. Y es que poder contemplar estas noches de verano con el cielo cuajado de estrellas es, ¡como lo podría exponer …!, No tengo palabras que lo puedan describir.

domingo 16 de noviembre de 2008

Relatos de Terror: Las Bestias Mutantes


Diario de un guerrero afortunado, llamado Marlon

El despertar y posterior ataque de la criatura fue tan silencioso como acostumbraba. No sé si su estado de vigilia iba cobrando actividad muy lentamente o tal vez era una estrategia preconcebida. Tal vez, una vez más, se trataba de esa mala suerte característica de los perdedores, sí, un factor más achacable a la pura casualidad que facilitaba el instinto criminal y despiadado de nuestro enemigo. ¡Y que más da conocer las causas!, los efectos de este sigilo fueron nefastos para nuestra comunidad. Los cuatro centinelas de guardia perecieron en cuestión de segundos. No tuvieron tiempo ni de disparar sus armas. Por lo que al no dar la voz de alarma propició que el resto de los miembros del campamento, alrededor de unas cincuenta personas, todos guerreros curtidos y experimentados, perecieran por la incontrolable y descomunal ferocidad de la Bestia. Nuestra patrulla, compuesta por cinco expedicionarios, al regresar al campamento base, se encontró con el brutal y sangriento acontecimiento. Cuerpos mutilados amontonados, canales y charcas de sangre por doquier. Los restos de los que fueron familiares y amigos habían entregado su vida sin ninguna posibilidad de respuesta. La escasa vestimenta de la mayoría indicaba que habían sido atacados en sus respectivas tiendas, cuando aún dormían. Una vez pasados los primeros momentos de perplejidad, sobrepasadas las náuseas, el dolor, la rabia incontenida, procedimos a enterrar los cuerpos, miembros y vísceras de nuestros muertos. Fue una escabrosa y laboriosa operación que nos dejó una huella de por vida. Tras rezar una plegaria por el espíritu de nuestros caídos, partimos en dirección al principal fuerte avanzado, Voltar. Volvimos la vista desde la colina limítrofe, para dar un último adiós a la memoria de nuestros compañeros masacrados, entre brumas las cruces de las sepulturas alineadas conformaban un trágico paisaje de desolación.
Desde este puesto de vanguardia desaparecido hasta Voltar, el único fuerte avanzado, quedaban seis días de camino. Caminábamos en silencio a buen paso. Deseábamos llegar lo antes posible para avisar a nuestro pueblo de lo acontecido y decidir qué íbamos a hacer en el futuro inmediato.
La contienda contra el enemigo común se dilataba ya, más allá del año. Las pérdidas de más de un millar de camaradas, la ausencia de las labores del campo, nos habían llevado a una situación límite. Nuestro poblado, Casarta, hoy día abandonado, fue un centro floreciente de comercio ganadero, agrícola y artesanal. Nuestro núcleo urbano se diseminaba en un valle bien situado y regado por el río Nil. Sin embargo, un mal día comenzaron las desapariciones y nos vimos abocados a la guerra, a un enfrentamiento desigual y dramático por la supervivencia.
- Esto es imposible de aguantar. Estamos cayendo todos. Esa cosa es invencible e imprevisible. No sé, creo que deberíamos marcharnos, mientras podamos contarlo.
- Estás muy caliente Zork, no sabes lo que dices, ¿Quién somos nosotros para decidir lo que debemos hacer? Por otra parte si huimos ¿De qué habrá servido el sacrificio de nuestros hermanos?
- Para ti, Marlon, es fácil hablar, parece que eres de otra casta. Tu frialdad, tu ansia de combatir, no cejan. Pero no todo el mundo es como tú. La mayoría somos tan solo hombres, que estamos hartos de esperar el desenlace final, que no es otro que el de morir, destrozados, por un maldito y endemoniado ser que es indestructible. No es sólo miedo, es más, es impotencia, es sentir que todo lo que hacemos es inútil. Sí, yo defiendo la huida hacia otros lugares lejanos, donde rehacer nuestra vida.
- Zork, entiendo tus puntos de vista, son respetables. Cuando lleguemos lo expondrás ante el Consejo Popular y será debatido.
- ¡Eso es todo lo que vas a comentar! Claro, el hombre inconmovible ha hablado con propiedad y equilibrio, ni una palabra de desencanto, ni un rasgo de humanidad turbada, Marlon, estás llamado a ser el próximo Jerarca, tú, un simple aprendiz de herrero puedes llegar a serlo. Parece ser que el fuego de la forja ha fundido tu alma y tus sentimientos, tan solo vives para seguir buscando con afán el día de tu muerte. Si es eso lo que quieres, ¿Por qué no te decides en solitario a buscarla y acabas, ya, con tu obsesión?
- Zork, nos queda un largo camino por andar. Déjate ya de decir cosas de las que te puedes arrepentir. Marlon, es un buen patriota y como nosotros está abrumado por esta sangrienta guerra. Nadie la quiso, pero fue inevitable, o peleábamos o moriríamos sin haberlo intentado.
- Perfecto Balac, tú también estás con el valiente líder, ¿Y vosotros, que decís, sí, tú Kar, y tú Melgo?
- Estás nervioso Zork, puedes que tengas razón en replantearte la estrategia a desarrollar de ahora en adelante. Es más tanto Melgo como yo, lo habíamos comentado hace unos días, quizás partir hacia otras tierras nos pudiese dar una oportunidad de sobrevivir.
- Bien, somos cinco guerreros y observo que tengo el respaldo de tres de mis compañeros. Por lo tanto me parece justo que dentro del informe de la actual situación, recomendemos que una retirada a tiempo pudiera ser la única posibilidad de preservar nuestra existencia. ¿Estamos todos de acuerdo?
- Zork, vas muy deprisa en tus afirmaciones. Comprendo que estés muy conmocionado con la última masacre, pero debemos ser cautos. ¿Quién nos asegura que el éxodo a otros lugares nos vaya a proteger de manera efectiva? Quizás ganemos un tiempo, pero presiento que nuestro perverso enemigo nos encontrará y continuará su objetivo que no es otro que el de acabar con nuestro pueblo. Lo que hubiéramos ganado en cuanto al tiempo de cierta tranquilidad, lo perderíamos en el desgaste producido por el traslado de toda la comunidad, así como el desconocimiento de las nuevas tierras en las que viviríamos. Una huida, en plena confrontación, nos debilitaría aún más, sobre todo ante un enemigo, ante el que no conocemos nada de sus formas de vida, ni el número de su tribu, ni su procedencia, ni el porqué de su brutal violencia.
- Marlon, siempre vas buscando justificaciones, insisto, hemos quemado nuestras opciones de confrontación, se impone la evasión de sus temibles ataques. Ni tú, ni tus opiniones nos van a convencer, somos mayoría entre los presentes y solicito vuestra opinión, aquí y ahora: Kar, expresa tu parecer.
- Estoy contigo Zork.
- Melgo, ¿qué piensas al respecto?
- Me sumo a tu propuesta Zork.
- Bien, con mi voto son tres los que estamos de acuerdo.
- Un momento, yo aún no he votado, quiero que conste que aunque pienso que habría que esperar un poco y madurar la idea, estoy conforme con la idea de partir hacia otros lugares.
- Pero vaya, esto sí que es una sorpresa Balac, ¡También te unes a los que pensamos que una partida a tiempo, es la última oportunidad de subsistir! Pues bien, me alegra tu apuesta, así somos cuatro contra ti, Marlon, ¿Qué vas a hacer, aceptarás la opinión de la mayoría?
- Acepto vuestra decisión, no la comparto, por los argumentos que antes os expliqué y porque me parece precipitada, sin embargo, soy disciplinado y acato la opinión mayoritaria y la del rango de mayor jerarquía, que te corresponde Zork, en calidad de controlador de patrulla.
- Actúas con gran propiedad, te agradezco tu solidaridad, aunque sea por acatamiento. Informaré ante el Consejo y vosotros me apoyaréis en todo cuanto diga. ¿Alguna cosa más que apostillar?
- Sí, me gustaría proponeros una idea, nos queda seis días de camino, por lo que tengo tiempo de volverme, buscar la guarida de la bestia e intentar encontrar las debilidades de nuestro gran enemigo. Vosotros seguiréis con el camino de vuelta y presentar el informe de traslado de nuestro pueblo a otras zonas más seguras. Si soy capaz de volver con novedades efectivas, tendré tiempo de alcanzaros y presentarlas ante el Consejo. ¿Qué opináis?
- Me suponía que no podías conformarte, pues bien, tú lo has dicho, soy el controlador de este grupo y me parece acertada tu propuesta, ve pronto y reúnete con tu destino, que no es otro que la muerte. Al fin y al cabo eso es lo que estabas buscando desde que esta cruenta guerra empezó. Tema zanjado, parte ahora mismo con la ración de comida y bebida que te corresponde.
Ninguna otra objeción se vertió dentro del grupo. Tras unos minutos de avituallamiento, Marlon se despidió de sus compañeros y se puso en camino. Por delante una misión de altísimo riesgo, imprevisible, de destino incierto. Sin embargo la predisposición del solitario personaje era decidida y animosa, tal vez rozaba la temeridad. A lo largo de su corta pero experimentada etapa bélica, había desarrollado una capacidad de sufrimiento y de adaptación a las situaciones límites. Tras varias incursiones en el frente de batalla, sus encuentros con el enemigo, habían sido fugaces, en cuanto al tiempo de confrontación, pero de mucha suerte en cuanto a sólo resultar herido levemente. La información que poseía del encarnizado agresor, era muy escasa. La presentación súbita del contendiente era una constante. Además su predilección por hacerlo sin luz solar y con una rapidez descabellada, hacía que no se supiera ni su aspecto, ni el número de los elementos que componían su ejército. Sus gruñidos ensordecedores, sus gemidos, servían de tarjeta de identificación sonora y de intimidación para todos los que alguna vez se habían topado con estos criminales. No saqueaban los poblados, ni capturaban prisioneros a sus contendientes, su labor exclusiva era la de inferir el mayor número de bajas por la vía rápida. Para ello con su relampagueante acción y con su fuerza descomunal, preferían decapitar al mayor número de víctimas por lo contundente de sus efectos. No obstante, entres los miles de muertos contados, un porcentaje considerable presentaba también la separación en dos mitades de su cuerpo, a la altura de la cintura de los infortunados, lo que prueba con toda seguridad que su anatomía y su fuerza era descomunal. Estos eran los únicos aspectos conocidos de nuestro mortal enemigo, al que denominábamos la Bestia, por razones obvias.
Llevaba varias horas de continuo avanzar, el ascenso por este terreno escarpado y rocoso me había provocado una fuerte sensación de sed. Me apresté a utilizar la bota de agua, cuando observé como un poco más arriba, casi en el último tercio de esta considerable elevación del terreno, se abría y precipitaba al vacío un manantial de apeticible agua fresca de la montaña. Tras acceder dificultosamente a su brote, que se ofrecía con un abundante caño, me precipité sobre el mismo de manera brusca, tan violento fue el gesto que tropecé con una, de tantas, piedras redondeadas que abundaban por todos lados. Me desequilibré y mi mano izquierda se interpuso en el profuso chorro de agua. La sensación agradable de frescura, aumentó mi inaplazable intención de satisfacer la ansiosa sed. A punto de efectuarlo convenientemente, un hecho puntual y sorpresivo me hizo retener mi avidez. Mi bronceada piel, en primer lugar se había mojado y refrescado, sin embargo ahora se estaba recalentando rápidamente y además enrojeciendo. ¿Qué le estaba pasando? Inmediatamente, las dudas me quedaron despejadas, la mutación de la piel afectada seguía su proceso, el color rojizo dio paso a una cauterización marrón a modo de costra. Yo, seguía atentamente su proceso, era un traspié a modo de suerte, una vez más la fortuna me daba su favor. En otras tres ocasiones tras enfrentamientos con el enemigo me había beneficiado en su desenlace. Era por lo tanto un privilegiado. Tras unos minutos de espera, el proceso desencadenado se había terminado. Dado el calor imperante, mi mano no tenía rastros del agua que había originado estos cambios. Asimismo, la costra marrón, una vez cesada la actividad desencadenada, se fue desprendiendo de la piel originaria. Al divisar de nuevo la piel nativa, pudo comprobar como el aspecto se había diferenciado. Su color más bien verdoso, de tono oscuro, su estructura en formas de escamas superpuestas, su dureza muy consistente. Tras unos minutos de estupefacción, comencé a pensar que aquella fortuita experiencia me daba una novedosa información con respecto a la contienda. Me dispuse a continuar el ascenso definitivo a la cima, cuando pude comprobar que mi actual puño izquierdo, tenía un peso de mayor dimensión que el de mi mano derecha, además la musculatura de la zona se había transformado en más sólida y rígida. Me encontraba por lo tanto incómodo y desorientado, pero sacando fuerzas de flaqueza continué el ascenso, tras beber, ahora sí inexcusablemente de mi bota. Me puse a pensar, por segundos, lo que me hubiera acontecido, si hubiera ingerido abundantemente de aquella agua, un escalofrío me invadió y unas náuseas se apoderaron de mí.
Allí estaba en lo más alto de aquella montaña, obsesivamente miraba la superficie de mi mano, que permanecía con su última apariencia. La vista que ofrecía el dominio en altura era muy sublimante. Aquellas vistas invitaban a la contemplación sosegada. Sin embargo, en esta ocasión eran otros los imperativos, no obstante, mi aguda vista no perdió detalle y detectó como en la vertiente opuesta al descenso de mi actual otero, se ofrecía a mi vista una gran grieta de cierta anchura, que hacía adivinar una oquedad de ciertas dimensiones. En las labores de exploración era la primera vez que me aventuraba por este itinerario, por lo que acaba de descubrir este emplazamiento. En principio dada su localización, era un albergue bien protegido de manera natural, porque se encontraba rodeado por elevaciones del terreno y su acceso desde un estrecho pasaje, le conferían la más disimulada apariencia. Un instinto de conservación o un rasgo de mi personalidad, que me hacía ser paciente, me hizo sentarse a observar lo que pasaba en aquel accidente del terreno. Me había colocado en un refugio natural del terreno, en pleno descenso de la montaña que ahora ocupaba, entre el follaje del arbolado y matorral alto que salpicaba el entorno. Tras minutos de observación, entre sorbos del agua recalentada de mi bota y continuas miradas a la contextura de mi pesada mano izquierda. De repente, sucedió lo que estaba esperando, desde allí, desde la gran grieta, a plena luz del día salieron dos individuos. Su aspecto externo de color marrón verdoso, de formas humanoides, con diferenciación de cabeza, tronco y extremidades. A pesar de la distancia, mis dotes visuales naturales me otorgaban cierta precisión en esta descripción. Los dos individuos de una estatura considerable, más allá de los dos metros, andaban erguidos pero con tendencia a la inclinación delantera. Ambos se acercaron a un gran tronco seco, que en posición horizontal dificultaba y disimulaba la entrada a la grieta, parecía que iban en viaje de reconocimiento, por lo que me apresuré a intentar seguir sus pasos. Su desplazamiento a pesar de su robustez y altura, era demasiado rápida para mí. No podía dar crédito a lo que estaba viendo, a pesar de su peso, más allá de los 140 kilos, de poseer una musculatura robusta, su agilidad y poder de desplazamiento era impresionante. Transcurrido un buen rato de persecución, a duras penas, sudoroso y cansado, por tanto ascenso y descenso, por tanto salto, decidí entre matorrales y bajo la sombra de una conífera, de amplia copa, descansar. Los seres, totalmente ajenos a mi dificultoso seguimiento, por fin se encaminaban a su definitivo destino. Estábamos en pleno remanso del río, sí, el mismo que se abastecía del manantial que me había producido el cambio en mi mano. En las aguas limpias e inadvertidamente peligrosas, los dos individuos se precipitaron en sus aguas y comenzaron, con cierto jolgorio, a proferir gruñidos de aceptación.
Tras descansar convenientemente, pude comprobar como estas entidades, de una especie desconocida y totalmente ajena a la nuestra, continuaban bañándose, buceando, y consumían estas aguas con cierta asiduidad. Finalmente, salieron al exterior y llevaban entre los dos una especie superficie oscura. No podía precisar qué es lo que era con exactitud. Tenía una forma rectangular y se abombaba por ambas caras. Sí, diría que era como un recipiente hecho de piel curtida de venado, que le servía para transportar líquidos y otros alimentos. A pesar de que las dimensiones, de lo que llamaremos gran pelliza, y su peso eran considerable, los seres la portaban sin esfuerzo alguno. De manera tan rápida como la ida, se reintegraron a su grieta y se internaron en la misma. A continuación a cierta distancia me introduje en la alta grieta. Sabía que me estaba jugando la vida, pero la gran ocasión que se me presentaba me hacía presumir, que por fin iba a tomar ventaja con respecto a mis enemigos. Porque intuía, casi con toda seguridad, que aquellos individuos eran integrantes activos de lo que habíamos venido a denominar, con recelo y temor, la Bestia. Aunque por todos los indicios que estaba conociendo, esta denominación debería considerarse en términos de pluralidad, por lo que se refiere al número de los componentes.
Con mucho sigilo y parsimonia fui adentrándome en el espacio interior. La luz era mínima. Tras un pasadizo de cierta consideración la habitación de la cueva se hacía más espaciosa. Preferí ascender a un saliente natural que esta primera habitación tenía, desde allí y parapetado por las formas caprichosas que la morfología calcárea me brindaban. En el centro de la estancia los dos individuos que habían entrado se toparon con cuatro más que alrededor de una gran hoguera se hallaban sentados. Entre todos, levantaron la gran pelliza y por un extremo de la misma, fueron escanciando su contenido por las bocas sedientas de cada uno de los allí reunidos. La luz de la hoguera otorgaba a la escena un contenido ciertamente tétrico, aquella jauría de seres animales, vociferaban y gruñían de manera desaforada.
Ahora no cabía la más mínima duda, sus alaridos, aullidos, eran los que tan tristemente habíamos soportado a la hora de ser atacados, jamás podría olvidar sus malditos sonidos de violencia desmesurada. La ingestión de aquella bebida rojiza, les volvía locos, por la ansiedad de consumir su esencia y porque después de haberla tomado, sus efectos, que eran fulminantes, les conducían a una situación de embriaguez y euforia muy avanzada. Así, una vez que los seis componentes de este grupo salvaje terminaron por ingerir en grandes cantidades de este condicionante bebedizo, todos se revolvían por el suelo polvoriento de la cueva. Era impresionante ver los gestos de sus caras, que expresaban una descontrolada prepotencia. Sus cuerpos chorreaban de ese líquido elemento. Tras unos minutos de éxtasis violento y convulsivo, comprobé como la piel de sus desagradables cuerpos se había tornado de un color verde más intenso. Sin duda la aportación a sus metabolismos de esta sustancia era la causante de este aspecto tan llamativo. A continuación todos los participantes en esta celebración ruidosa y alienante, descansaban amontonados, sumidos en un letargo profundo. Sus enorme corpachones verdosos resoplaban y roncaban de manera estrepitosa. Tras varios minutos de espera, me acerqué a su posición. Una vez a su lado, el ruido proferido por sus gargantas se hacía estremecedor, así mismo un olor fortísimo y desagradable les inundaba. Al pasar cerca de su amontonamiento, pude comprobar como la gran pelliza, tenía todavía más de tres cuartas partes de contenido, por el abultamiento que conservaba. Mi estatura, alrededor de 185 centímetros, mi fuerte complexión física, comparada con la de aquellos seres bestiales se quedaba en ridículo. Un movimiento de consciencia de su parte y con tan solo un golpe de su parte moriría al instante. Sin embargo, su situación actual era totalmente de indefensión. Con gran rapidez me dirigía a la boca de la gran pelliza, tras mucha insistencia y esfuerzos logré destapar aquel grueso tapón irregular de madera, a continuación, acerqué mi nariz a su interior y..., ¡ Exclamé un corto sonido de miedo, asco y rabia, ¡ allí desde su interior se desprendía el olor característico a las esencias que tantos familiares, hermanos y amigos míos, se trataba de su vital sangre que ahora servía de alimento a estos consumidores de la sangre ajena! Tuve que hacer grandes esfuerzos para no expeler el bolo de bilis y alimento digerido que me había provocado aquel descubrimiento. Me sobrepuse y controlé esta manifestación lógica por tan desagradable experiencia. Al tener asida la boca de la gran pelliza, unas gotas de la sangre de mis congéneres se vino a depositar en la citada mano, sí, la misma mano izquierda que había mutado, al poco tiempo pude observar como al contacto con la dermis evolucionada, se tradujo en el reverdecimiento de las zonas afectadas. Una sensación de desasosiego me embargaba. Reaccioné de inmediato con cierta sobriedad, no exenta de sudoración abundante. Extraje un paquete del bolsillo y añadí todo el contenido en el interior de la gran pelliza. Desistí en intentar remover el interior, porque aquella mole de cuero y el contenido interior, debería pesar más allá de los 200 kilos.
Rápidamente me alejé de aquella sala y penetré a toda prisa por otro pasadizo a la siguiente sala. Amparado en la suerte, el sigilo, la oportunidad y libertad de acción en la persona que no es esperada ni tenida en cuenta, me dispuse a vigilar lo que allí acontecía. En efecto, esta habitación más pequeña que la anterior estaba habitada por seis individuos, de semejante aspecto pero de menor estatura y corpulencia que los anteriores. Estaban reunidas alrededor de otro fuego, entre sus brazos cobijaban y cuidaban a no menos de tres pequeñas criaturas. Estaba claro la comunidad de nuestros enemigos estaba constituida por seis parejas que estaban incrementando su prole. Al fondo de la estancia, la pared se encontraba decorada por pinturas alegóricas, que desde la distancia no me era posible precisar. Además a media altura una figura escasamente trabajada de grandes proporciones, representaba a una figura con amplios ojos y coronada. Su expresión serena combinaba con las fauces abiertas y como a través de sus labios se quería representar que algo chorreaba. Era de color pardo oscuro y tan solo la representación del líquido que caía, tenía un color rojizo intenso. Este tótem, sin duda, simbolizaba su principio de sustento el consumo de sangre como único método de subsistencia. Un elemento no solo alimenticio, sino también que daba plenitud y euforia incontenida. Una única mama pectoral al centro de su pecho, servía de conducto en la provisión de la alimentación mantenedora para cada uno de los tres vástagos. Esta había sido la única escena que me iba a dejar un recuerdo de cierta positividad. Porque presentaba la siempre tierna escena en la atención de los recién nacidos. Las otras tres, no tenía todavía descendencia pero su gestación estaba ya muy avanzada. Un susurro menos agresivo y desagradable, indicaba que entre ellas había una fluida comunicación. Al mismo tiempo todas consumían con cierto apetito, un alimento sólido de color rojizo, que preferí no entrar a considerar la procedencia. Uno de los pequeños, se desprendió del pezón y profirió un grito agudo que reverberó en toda la sala con una intensidad amplificada. Tras girar su cabeza, dejó vislumbrar su nada favorecida apariencia, mientras que un hilo de líquido rojizo se desprendía por la comisura de sus amplios y poderosos labios.
No lo dudé más, había visto bastante y no me podía demorar más. En cualquier instante los demoledores enemigos podrían reanimarse. Como así aconteció. Tuve que pegarme a la rugosa y húmeda pared y tras buscar las sombras me adose a la misma. Los energúmenos pasaron como una exhalación a mi lado, era tanta su seguridad y la confianza de que nadie osaría a violar su privacidad que no repararon una vez más en mí. Por lo que deducí, que el sentido del olfato no lo tenían muy desarrollado. No así, en cambio el de la vista, porque uno de los que iba acompañando al cortejo que portaba la gran pelliza, de un salto imprevisto se lanzó en post de una rata que se hallaba escondida en la oscuridad. Certeramente eliminada por el aplastamiento de su inmenso pie, expresaba de manera insultante su logro, a manera de lo que podíamos considerar una risa, que más parecía una esperpento cruel que otra cosa. Todavía permanecí algunos instantes más, lo suficiente como para que aquellas pacientes y dedicadas madres, sucumbieran, inevitablemente, a los efectos de la ansiedad, avidez y euforia desmesurada que antes había observado en cada uno de sus consortes. Mientras tanto sus descendientes dormían en suelo, una vez más se repetían los gestos entre todos los integrantes de este clan familiar criminal, ellas y ellos repetían sus roles, acabando sus delirios en auténticas bacanales consistentes en gritos, convulsiones y apareamientos vertiginosos de salvaje consideración.
Me hubiera gustado marchar y no ver aquella patética y degradante escena, sin embargo, comprendí que mi obligación era presenciar y confirmar el deseable y fatal desenlace de su desaparición, porque los efectos del veneno que yo había suministrado iba a ser definitivo y de efecto rápido. Tal vez, quedaría por rematar la total liberación con la siempre desagradable misión de acabar con los vástagos. Sin embargo, una vez más, la suerte se cruzó en mi camino, uno de los alucinados elementos de la prole se dirigió a los pequeños y prácticamente los roció de la ponzoña. El ansia de comida les hizo relamerse a los tres de manera efectiva. En pocos minutos todos, absolutamente todos permanecían en silencio absoluto. La acción devastadora de la pócima letal había dado resultado. En una sola jornada había acabado, con este clan que había asolado y devastado nuestra pequeña comunidad.
La suerte había estado conmigo, una fortuna que en estos momentos me había dicho adiós. Pude comprobar como la afección de mi mano se iba instalando en mi cuerpo, poco a poco, ahora mismo ya se había apoderado de todo mi antebrazo izquierdo. Su aspecto escamoso y verde oscuro se extendía paulatinamente, tenía que ganar tiempo y actuar de manera rápida. Así fue, extraje mi hacha de guerra y de un golpe certero me amputé hasta más allá del antebrazo. Arrastrándome a duras penas y desangrándome metí el muñón en la hoguera y tras varios gritos de dolor, cautericé la herida de manera efectiva.
Han pasado más de diez años, desde que se produjeron estos hechos. He querido escribir todo lo que sucedió para que quede constancia y estéis preparados ante cualquier regreso de estos grandes depredadores.
Me constituí en veedor y vigilante de estos lares, emponzoñé el agua del manantial para que nadie la bebiera, quemé los cuerpos de los enemigos.
En cuanto al porqué de su llegada, os lo puedo asegurar, que antes de contaminar el río, pude contemplar como una roca de aspecto desconocido para mí, estaba ubicada, justo en el nacimiento del manantial, la cual irradiaba unas ráfagas luminosas verdes. Sin lugar a dudas este parecía el centro motivador de estos cambios genéticos. Sí este agente, posiblemente extraterrestre, es el que ha hecho modificar a estos congéneres que bajo la influencia de sus aguas contaminadas, se convirtieron en bestias criminales, depredadores ávidos de consumir la sangre de sus propios hermanos de especie. Gracias a mi actuación rápida pude parar la extensión del mal en mí, no me ha importado sacrificarme y convertirme en un anacoreta, al fin y al cabo, después de vivir esta experiencia, aquella persona, la que tenía la frialdad y rapidez de respuesta, se dejó invadir por la nostalgia y la obsesiva idea de que alguna vez podría repetirse esta nefasta y aberrante contaminación mutante.
Mientras tenga vida, seguiré vigilando, cuando muera, espero que mis escritos sirvan de valiosa y práctica información al resto de mis hermanos.




Ciencia Ficción: La razón más pura y dura

Cuando albergué la posibilidad de desplazarme hacia el ansiado primer destino, no dudé ni un instante. Conocía los inconvenientes a que me exponía, entre peligros y lo pesado del recorrido. Sin embargo, inflamado por un impulso arrebatador, sin perder tiempo, me puse en camino. Cubierto de polvo, destrozado físicamente, con quemaduras en los resquicios de mi piel que apenas podía cubrir con mis telas, casi exhausto, por fin llegué a mi meta. La obsesión de poder culminar mi objetivo había vencido, ya que varios días de incesante caminata y sin reservas de agua, habían hecho mella en mi resistencia. Me introduje en la gruta y el fresco ambiente me espabiló un tanto, no veía ninguna tea encendida, por lo que opté por pronunciar un grito desesperado de reconocimiento. La reverberación fue tan potente y nítida que, por inesperada, me sobrecogió. Todo permanecía en silencio y no había señales de vida. Parecía que mi viaje había resultado estéril. Me tumbé en el fresco suelo arenoso y perdí el conocimiento.
Me encuentro en una celda metálica y ciertamente muy mareado, lo último que recuerdo fue mi entrada en la gruta y mi desánimo al ver que allí, no había nadie de la resistencia. Suponía que todos habían perecido. De repente una voz metálica me espeta: Terrícola, viaja a bordo de la nave espacial de la raza Irúa, con destino a las minas del planeta 222xyz, de la galaxia de Andrómeda, a partir de ahora su clave asignada será la de AA2235, recuérdela. Muy pronto conocerá la razón más pura de su futura existencia, exactamente la misma que la de sus compañeros. Terrícola bienvenido a su último y verdadero papel de existencia, ser un esclavo más al servicio del Imperio de Zor. La noticia me ofuscó y me indignó, mi mente inteligente se rebelaba contra esta prepotencia, sin embargo, dos cosas me conformaron y me dieron nuevos bríos, primero que estaría con mis compañeros y segundo, que ahora mismo, no era momento para pensar, quizás en un futuro próximo tendría más opciones de dar otras respuestas. Una vez llegado a mi destino, el sulfuroso y gaseoso planeta de explotación minera, 222xyz, una vez reunidos con todos mis compañeros, convenimos apoyarnos y solventar la realidad presente. Tras unos meses trabajando a destajo en la explotación, nuestros pulmones estaban cada vez más contaminados, el desprendimiento del polvillo ambiente y el gas desprendido de las combustiones espontáneas, nos iba sumiendo en una precariedad de salud, cada vez más agónica. De los 100 terrícolas allí concentrados, acordamos que la única y definitiva opción era la de escapar.
La acción de escape, no tuvo éxito. Un renegado terrícola y compañero nuestro nos delató. Su testimonio, a la hora abortar nuestra huida, fue la reiteración de unas palabras que ya había escuchado hace unos meses:
No vale la pena escapar, la esclavitud es nuestra razón más pura, aceptémosla. Desde aquel día el abatimiento y la derrota se hicieron presa en todos. Al poco tiempo todos aceptamos con servilismo nuestro futuro impuesto. En solo un año, toda nuestra partida de terrícolas murió, excepto el maldito chivato que fue promocionado a un cargo de vigilante, de carácter benévolo, como premio a su sanguinaria traición de muerte centenaria.
La siguiente partida de esclavos mineros, de origen terráqueo, se está reclutando. Estad cautos y prestos, pues el filón de la mina es inmenso y la mano de obra es barata, ya sabéis, al final lo que se impone no es más que la razón más pura y dura:
El tirano oprime, esclaviza y también manipula la debilidad del oprimido hasta incluso elevarlo al rango de opresor.

sábado 15 de noviembre de 2008

Humor: Hermetismo pernicioso



Sobre la misma mesa de negociación se entregó la propuesta. Se trataba de un breve documento de cinco páginas, que detallaba el contenido de la misma. Los cinco miembros del Consejo Supremo de Decisiones Imprescindibles (CSDI) no habían recibido con antelación este nuevo asunto a tratar. En realidad, cuando la ocasión lo requería, por extrema urgencia o alto secreto de lo que se debía analizar, esta vía era la normalizada. Por lo tanto, los eruditos consejeros, se aprestaban a estudiar con carácter exhaustivo el citado dossier. Tras más de 30 minutos de manejo, análisis, y reflexión personal, los consejeros se dispusieron a deliberar.
El complejo de instalaciones de alta seguridad nacional se haya enclavado en una localización subterránea de 60 niveles de profundidad y unos 250 metros de profundidad. Toda una obra de ingeniería de paredes de hormigón reforzado, con un espesor en sus muros de 200 centímetros, preparada contra ataques nucleares y bacteriológicos, así como totalmente estable para evitar movimientos sísmicos. En su interior más 2500 personas prestan servicios en sus respectivos cometidos de espionaje vía satélite, fuerzas de infiltrados, estrategia militar defensa y ataque, y política de intervención o planificación, además de los miembros de la seguridad del centro, una dotación de 250 personas de alta cualificación. Toda esta herramienta o maquinaria de guerra, estaba al servicio del CSDI.
Los miembros del órgano de decisión, eran:
- Evaristo Gruñol: abogado del estado, número uno de su promoción, catedrático de Derecho Internacional, con un amplio curriculum en la carrera diplomática, hacía cinco años que presidía este órgano. A sus 65 años, sus conocimientos y experiencia le constituía en un valor contrastado y confirmado en la seguridad nacional.
- Lucendo Bertente: Investigador eminente, en el área de la Genética, ganador de premios internacionales y de gran prestigio en la publicación de sus obras. A sus 61 años, dejó la investigación y lleva dos años ejerciendo su cargo. En el año 1998 le fue otorgado el premio Nobel, por su descubrimiento de “La simbiosis proteínica de los principios generadores como auto selección ponderada”, al día siguiente renunció a este galardón, porque nunca había sido defensor de estos honores. Hombre íntegro e independiente, crítico y defensor de la Naturaleza como vía reguladora de sus conflictos.
- Atanasio Siz: General laureado y condecorado por los servicios prestados en las campañas de pacificación desarrolladas bajo su responsabilidad. A sus 62 años, se encuentra ya jubilado de sus labores profesionales militares y presta su asesoría en estrategia militar internacional. Hombre de confianza del Gobierno de la Nación, es el intermediario del ejecutivo en el consejo.
- Bienvenida Valgata: Científica defensora de la Ecología, ha ocupado cargos de responsabilidad en las escasas Reservas de la Biosfera que restan en nuestro planeta. Reconocimiento internacional en sus publicaciones y en sus actuaciones, sin embargo la ONG, que la respaldaba desde hacía años, le ha retirado su apoyo porque aceptó el cargo en este polémico y controvertido órgano de poder. A sus cuarenta años, no dudó en aceptar ser miembro activo de este consejo porque estima que podría tener mucho que decir en él.
- Prudencio Meztaga: Político, ex parlamentario de carácter independiente, fue elegido por unanimidad por el arco parlamentario. Su capacitación y diplomacia en llegar a acuerdos, le han hecho ser aceptado por todos los partidos políticos. Licenciado en Geografía e Historia, presta docencia en un centro de Educación Secundaria. Su principal tarjeta de presentación: lleva ocho años en la carrera política y se ha presentado, en calidad de independiente, por varios partidos.
Los cinco miembros del CSDI, se concentran a la llamada de su presidente y atienden a sus recomendaciones:
- Evaristo: Señora y señores, espero que la lectura a fondo de este documento les haya puesto en antecedentes. Por consiguiente, dado el alto interés del mismo, desde estos momentos, activo el botón verde de alerta decisiva. Desde la incorporación de nuestro mandato, es la primera vez que esto ocurre, por lo que les recuerdo la norma de obligado cumplimiento, a partir de ahora mismo, nadie podrá salir de este silo. La celeridad de la deliberación, el necesario sigilo y secreto de los comentarios y de la decisión final, hace que este proceso se lleve con rigor. Todos, al aceptar este cargo, sabíamos que esto podría pasar, así que espero de todos la máxima entrega y responsabilidad. Ahora, comencemos a valorar el asunto.
- Bienvenida: Sr. Evaristo, en lo que a mí respecta, he tomado una primera consideración, que paso a relatarle.
- Evaristo: Adelante Sra. Bienvenida.
- Bienvenida: Los términos del informe son contundentes y muy fiables, no en vano, uno de los especialistas firmantes es muy amigo mío. Caballeros, creo que el tiempo del cambio lento se ha terminado. En efecto, parece que la Naturaleza, se ha despertado y comienza a trazar pequeñas, pero determinantes actividades, que harán que la superficie terrestre se transforme. Desgraciadamente, estos cambios no pueden ser pronosticados con exactitud de tiempo e intensidad, pero en lo que se refiere al movimiento de las placas tectónicas de la superficie terrestre, se presupone que está condicionada al caos. Sugiero, con carácter urgente, una pronta disposición de salvamento de nuestro patrimonio biológico y patrimonial para una colonización inmediata de otros ámbitos planetarios. Además como miembro de este consejo superior, estimo que no se debe perder ni un instante, por lo que deberá de establecerse una acción unilateral, sin contar con la unión internacional. En mi opinión, cada país estará ya haciendo sus deberes en este sentido.
- Atanasio: Doctora, su exposición ha sido brillante. Sin embargo, ¿no cree que es demasiado arriesgado y prematuro tomar esa decisión?. ¿Da por perdida nuestra civilización?
- Bienvenida: Sr. General, tal vez, usted crea que este informe no es solvente, quizás valore que hay una esperanza de que aquí sobreviva algo importante, pero se lo aseguro, las fuerzas modificadoras de la naturaleza no atienden a conceptos de inactividad. Una vez que se desencadene, la espiral se desplegará y el efecto dominó se hará patente. No tiene nada que ver, con la insignificancia destructiva de bombas nucleares, o de otro tipo de devastación de origen humana, aquí se trata de una dinámica geológica de mutación radical.
- Lucendo: Lamento y de qué manera, darle la razón a la doctora. No sabe cuanto lo siento Sr. General, ¡ojalá nos equivocásemos! Pues, sería un nuevo día para el futuro humano. Sin embargo, me juego mis conocimientos y prestigio por confirmar este dossier.
- Evaristo: Sr. Prudencio, ¿algo que comentar al respecto?
- Prudencio: Sí, por supuesto, verán estoy un tanto atónito. No puedo dar carta de oficialidad y de seguridad a estas posturas. Verán, mi sentido común acepta las dos posibilidades. No puedo concebir que los indicios detectados y los primeros efectos cuantificados, se puedan extrapolar a un conflicto apocalíptico de dimensión mundial. Por otro lado, debemos ser cautos y poner en marcha, la operación Colonia, porque es un dispositivo que, aún siendo embrionario y costoso, hay que ponerlo en marcha como método de prevención.
- Evaristo: Entonces, ¿apuesta usted por poner en marcha este dispositivo de emergencia, con lo que conlleva el hecho de que está pilotado en fase de pruebas y de los riesgos que se contrae al ponerlo en marcha? Además no descarta que este método de urgencia, quizás, pueda convertirse en un acto desmedido, porque no le convence plenamente el informe y su ultimátum.
- Prudencio: Así es, ésa es en líneas generales mi definición. Nadie, puede aseverar al cien por cien, que la humanidad, y el suelo que pisa, desaparecerá, Que la atmósfera se volverá irrespirable y que todo ser viviente se fundirá. Sin embargo, tampoco yo puedo imponer y demostrar que esto no pudiera ocurrir, por lo tanto, si tenemos en nuestra mano este procedimiento, tendremos que asumir los riesgos, y por supuesto llevar a cabo la expedición con carácter secreto.
- Atanasio: Brillante exposición, con mesura y haciendo gala de su poder de consenso, creo que es la mejor de todas las posturas a la hora de actuar.
- Bienvenida: No es nada personal Sr. Prudencio, pero sepa que me ha defraudado completamente. Jamás me hubiera imaginado que sus razonamientos se basaran en contentar a todas las partes. Así que, aquí según usted, debemos aplicar el secreto absoluto, y que nadie conozca que unos hermanos suyos, los más selectos, van a intentar sobrevivir fuera del caos que se avecina y que esta esperanza, la única que les queda, la de que su especie sobreviva, ¿no debe ser puesta en conocimiento general? La verdad, no entiendo, usted, un parlamentario reconocido, elegido por sufragio directo. ¿Así piensa y paga a sus electores, secuestrando y mintiendo a la opinión pública?
- Evaristo: Le llamo al orden Sra. Bienvenida, no me parece correcto su proceder. Cada cual tiene sus ópticas y es obligado respetarlas. Somos los máximos responsables y no podemos dejarnos llevar por nuestras visceralidades. Porque si nos dejamos llevar por nuestros impulsos, ¿qué podremos esperar de la masa social mundial?
- Prudencio: Gracias Sr. Presidente, le agradezco su intervención, pero no me afecta, en absoluto, la invectiva de la consejera Bienvenida. Su respuesta, no hace sino consolidar, aún más, mi apuesta. Soy un demócrata reconocido, y un amante de la defensa de la Justicia y los Derechos Fundamentales, ahora bien, no soy un suicida, ni un provocador del pánico gratuito. ¿Sabe usted lo que ocurriría si adelantáramos a la opinión pública, que todos van a perecer en no más de un año y que algunos, tan solo, los elegidos, se salvarán? Le diré, que el pánico se desbordaría y la insumisión ciudadana se harían patentes y mayoritarias. Una revuelta de proporciones desorbitadas que haría regar un baño de sangre por doquier, un enfrentamiento fratricida incontrolable. Una agonía que haría mucho más doloroso y patético el espectáculo de una hipotética desaparición de la Humanidad. ¿Y si después no sobreviene el efecto destructivo?, ¿De quién sería la responsabilidad?
- Bienvenida: Esa es pura demagogia populista y electoralista. No estoy conforme, nadie puede jugar con la vida ajena y ocultar su destino.
- Lucendo: Respaldo la opción de la doctora, estamos aquí para dar nuestros puntos de vista, en calidad de asesores, ésa es nuestra responsabilidad. Nuestra labor se queda ahí, ahora bien, pensar y decidir por millones de personas, eso es manipular las conciencias de los individuos. Cada ser debe conocer y actuar según su pensar.
- Atanasio: Todo esto es muy interesante, en calidad de intermediario del Gobierno de la Nación, debo conocer la decisión del consejo y trasladarla al consejo de crisis del ejecutivo. En caso, de concordancia con lo acordado aquí, se ejecutará de inmediato, si no hay correlación, de nuevo se instará a nuestra deliberación con los apuntes del ejecutivo. De todas formas, saben, que el definitivo dictamen es nuestro, ya que somos, en caso de grave crisis, los máximos responsables. Por lo tanto consejeros Lucendo y Bienvenida, no me vengan ahora con escrúpulos de conciencia, sabían con toda certeza, de que esta responsabilidad era inmanente a su cargo, ahora, no pueden eludir su responsabilidad, ya que su cargo es irrenunciable en caso de crisis.
- Bienvenida: Esa tesis es interpretativa, no es un asunto menor, se trata de la desaparición de la Vida Humana en el planeta, que no es poca cosa. Yo sigo con mi apuesta, transparencia, luz y taquígrafos, yo respaldaré personalmente esta apuesta y la corroboraré oficialmente ante los medios de comunicación. Lo que tenga que venir, sobrevendrá, pero no será porque a mi entender, yo, haya pervertido la libertad y el derecho de información de mis representados.
- Evaristo: Urge ir perfilando opciones de actuación, así que votaremos verbalmente y con constancia del voto en el acta oportuna. Ya saben que somos un número impar, para que no exista empate. Procedamos, se va a votar que si otorgamos plena seguridad al informe y si es necesario publicar la noticia. Vayan votando:
- Bienvenida: Informe contrastado y obligación de conocimiento público.
- Lucendo: Exactamente igual que lo que ha expuesto la doctora.
- Prudencio: El informe es respetable pero no me vincula a confirmar su exactitud, esto me lleva a recomendar el secreto máximo y a llevar a cabo la expedición.
- Anastasio: Coincido plenamente con Don Prudencio.
- Evaristo: Bien, pues en este caso, una vez más, tengo que decidir, hasta estos momentos me he mantenido al margen de realizar algún comentario, llegado el momento, he reflexionado de todo cuanto he leído y escuchado. Antes de definirme, les voy a conectar, vía satélite, la realidad actual del fenómeno, nuestra red de inteligencia, nos da estos datos. Observen, el territorio helado de Alaska, esos registros de color púrpura indican fuerte actividad magmática. El cono sur del globo, la Antártida, el mismo síntoma. Africa del Norte, desierto del Sahara, misma intensidad del proceso. Mongolia, en Asía, lo mismo; son de momento en zonas de territorios extensas y escasamente habitadas, pero tenemos hasta un número de 50 puntos calientes. Todo esto me hace pensar que el desencadenante está en marcha. Por lo tanto, me inclino a pensar que en efecto, el informe, llamado Caos, es veraz. Por lo tanto, no puedo poner en duda su valor. Sin embargo, desde mi formación en leyes, no puedo, ni debo considerar por probado algo que aún no lo ha sido, ni por supuesto hacer valer una libre aceptación de información a la población, para que se produzcan efectos más perniciosos. Por lo tanto, tras esta difícil elección, apuesto, por votar a favor del informe y en contra de su publicación. Así de una forma distributiva, les doy la razón a la parte de la consejera Bienvenida y de la otra al consejero Prudencio. Emisión que el mediador oficial Sr. Lucendo procederá a enviar de inmediato a consultas de la presidencia del gobierno.
Se levanta la sesión hasta nuevo aviso.

Fuera del protocolo formalista, todos los consejeros hablan distendidamante. La primera parte de la labor ha finalizado.

Gracias, queridos amigos espectadores. Habéis presenciado la escenificación de la primera parte del juego de mesa que más está de moda, ya sabéis su nombre, Hermetismo Pernicioso, con él jugarás a condenar o salvar la Tierra de infinidad de desmanes y desastres.

No lo olvides en estas fiestas, el mejor regalo de carácter intelectual es, Hermetismo Pernicioso, es un juego patrocinado por Bipack, la empresa más monopolística y manipuladora de esta sociedad de consumo.

Cuentos: Sucedió en la Noche más Buena

En aquella pequeña casa de campo abandonada, la oscuridad abarcaba toda la mugrienta estancia. En una noche fría y cerrada la sensación de desamparo era sobrecogedora. Los pordioseros habitantes de la ruinosa construcción, se apiñaban y trataban de conciliar el sueño. Sus cuerpos encogidos y ateridos se enredaban en sus sucias y roídas mantas. Los lamentos, toses y murmullos, de vez en cuando, se hacían notar, pues la enfermedad, el hambre, el dolor y la desesperación se habían apoderado de sus maltratados cuerpos.
Momentos después, tras superar, por cansancio, esta situación de manifiesto desamparo, cada uno de los individuos que allí moraban, un bebé, niños, ancianos y adultos, en número de nueve, los mismos que componían el conjunto de esta familia de indigentes desheredados; se sumieron en un sueño muy profundo.
En plena calma y oscuridad, el frío intenso se había difuminado, algo nuevo e indescriptible se había apoderado de aquellas ruinas y de sus desdichados inquilinos. La calcinada puerta de acceso a la única pieza de aquel refugio, se iba abriendo muy lentamente. Entre chirridos y crujidos una luz muy poderosa, pero en nada hiriente, se iba introduciendo en el interior. Aquellos durmientes, ajenos a toda esta novedosa y extraña energía, continuaban gozando de un sueño reparador y placentero. Sus cuerpos, no estaban contraídos, ni sus caras mostraban contrariedad, miedo o agonía. Al contrario, sus semblantes destilaban placidez. Aquel foco luminoso, como si de una sonda se tratara, fue examinando uno por uno a todos los individuos de la familia. Tras dar por terminada su misión, el haz luminoso se retiró y de nuevo la oscuridad volvió a reinar en todo el entorno.
Transcurridos unos minutos, unas luces potentes y molestas apuntan a la puerta del refugio, tras bajar precipitadamente de aquel vehículo, dos individuos se internan en la casa y con dos potentes linternas alumbran a los inquilinos. Tras identificarse como números de la Benemérita rural, son invitados a ser trasladados a dependencias asistenciales.
Todos los miembros de la familia, son llevados en el todo terreno, a las dependencias de Cáritas. Durante el largo viaje, con destino a un centro de acogida, uno de los guardias civiles que lleva en sus piernas a un chaval de cinco años, comenta y pregunta al padre de la prole:
- Tranquilo, ya veréis como esta Nochebuena, lo vais a pasar a salvo y comiendo caliente. Incluso hasta polvorones. Por cierto, a pesar de estar abandonados a vuestra suerte, no tenéis expresiones ni de dolor, ni de frío, y eso que la noche estaba muy cruda. ¿De quién fue la idea de lanzar un cohete de señalización?
- Sr. Guardia, le aseguro que ninguno de nosotros hemos sido. Somos muy pobres, y como podrá comprender no llevamos esos aparatos.
- Ya, parece lógico, pero os aseguro, que si hemos venido hasta donde estabais, ha sido porque una luz refulgente y permanente, nos ha indicado vuestra posición. La verdad es que no lo entiendo. Desde el puesto de guardia, que se encuentra a 30 kilómetros, se veía perfectamente vuestra localización y no tuvimos ningún problema en descubriros.
- Bien está, lo que bien acaba, pero es muy extraño. ¿A ti no te lo parece pequeño?
- A mí no, yo sabía, que algo bueno iba a pasar.
- ¿De verdad?, y dime ¿por qué lo sabías?
- Muy sencillo, se lo pedí a Jesús, ¿Acaso no ha nacido esta noche?
Los dos guardias civiles se miraron perplejos. Los demás miembros de la familia, que viajaban, muy apretados, en el Land Rover, se miraban unos a otros, pero sus caras, tan sólo, rebosaban felicidad. Incluso el bebé, que estaba despierto, no paraba de balbucear y de emitir gritos de complacencia.
Han pasado diez años, y cada Nochebuena, desde aquella maravillosa que vivimos en la casa abandonada, nos reunimos todos los miembros de la familia a vivir y compartir la Buena Nueva, la que todos los años celebramos quienes
profesamos que Jesús, viene a cada uno de nosotros. Dejémosle penetrar en nuestra humanidad y veremos como su Luz nos ilumina y nos guía.

viernes 14 de noviembre de 2008

Relatos Éticos: De la miseria a la Misericordia


De la miseria a la misericordia

Inevitablemente, en este nuevo día que amanecía totalmente despejado, debería buscarme el sustento y acomodo. Atrás quedaba una muy húmeda noche, en la que a pesar de los excelentes cartones de frigorífico que preparé como improvisado lecho, además de las dos mugrientas y roídas mantas que me envolvían, una intensa sensación de frialdad me calaba hasta los huesos y me hacía tiritar como a un cachorrito. Tal vez era propio de la edad y de los más de veinte años que llevo en esta perra vida de la mendicidad.

A mis 50 años, mi apariencia externa, se aproxima mucho a una persona que acabara de cumplir los 75 años. En lo que respecta a mi salud en general, pues normal, según las circunstancias y dentro de lo poco que puedo conocer en lo que a ella respecta. Quizás debería citar algunas enfermedades, por lo evidente y llamativo de sus efectos. Como una bronquitis crónica diagnosticada, más que nada por lo aparatoso y constante de los golpes de tos que a menudo tenía. Otra cosita más era mi alcoholismo consolidado de dos décadas, que me obligaba a beber diariamente de tres a cuatro litros de vino, preferentemente tinto. Mi adicción al tabaco, pues me llevaba a fumar todo lo que cayese en mis manos. Estos eran mis síntomas adictivos, o mejor dicho mis vicios más evidentes que por supuesto minaban mi salud y la conducían, inevitablemente, hacia una inminente extinción. Digamos que esto es lo que saltaba a la vista, teniendo en cuenta que jamás había tenido la fortuna de acudir a una sesión completa, en un solo día, de chequeo médico. Sí, me refiero a esos exámenes corporales, por supuesto de altísimo coste, a los que algunos privilegiados hombres públicos se someten y que más tarde no se cortan lo más mínimo en aconsejarlo a los demás. Puerca miseria la de aquellos que nos venden, con hipocresía, su demagogia verbal. Como si este procedimiento de medicina preventiva estuviera al alcance de cualquier ciudadano de a pie, y por supuesto, muchos menos dentro de las posibilidades de un pordiosero como yo. Por lo tanto me imagino que algún que otro destrozo interno o cualquier otra patología diversa debo de llevar a mis espaldas, pero que más da ya que pueda conocerla, acaso : ¡Con lo que a simple vista se percibe!, ¿No voy ya bien despachado?
Pensaréis que estoy acabado como persona y estáis en lo cierto. Mi destino es, en cuestión de un tiempo muy limitado, la desaparición. En definitiva, en más o menos compañía, con más o menos lujos, es exactamente el mismo final para todos mis congéneres. Sin embargo, lo que sucede es que mi paso por esta existencia ha sido menos productiva y plácida que para la mayoría del conjunto de la sociedad con la que convivo. Por lo que la vida de mi torpe discurrir por el mundo material habrá sido un absoluto fracaso. Es verdad, que también no soy un paria severo, hasta cierto punto tengo suerte, porque como y bebo, casi todos los días, mientras que millones de personas no tienen esa oportunidad y perecen extenuados. Por lo tanto, aunque ciertamente disminuido en mis facultades intelectuales, por los efectos degradantes del alcohol, todavía puedo objetivar y criticar determinados aspectos de mi comportamiento y el de los demás. Esta visión pesimista y cruda, es el único derecho que todavía me queda. Es más que un pataleo, es un grito de desesperación y de desahogo por toda la angustia que llevo dentro de mí.
Una vez presentada mi realidad inmediata, plena de tintes pesimistas y casi tétricos, también es justo sacar a la luz, otros momentos en los que el humor y las risas tienen su infrecuente pero agradable presencia. Es verdad, que son momentos no muy abundantes, porque la penuria económica y la forma de vida en la que me encuentro no invitan demasiado a tener una predisposición favorable. Además con frecuencia sufro unos escalofríos que me quitan las ganas de todo. Tan solo, el vino o el brandy me ayudan a superar estas crisis. Por eso, ahora mismo, en ayunas, me disculparéis pero me voy a tomar el último cuarto de la botella de vino que me quedó anoche. ¡Ah..., sí, me cae en el estómago como un rayo!. Pero pasados unos segundos se me entona el cuerpo y puedo comenzar a echar los torpes primeros pasos de la jornada. Afortunadamente mi equipaje es muy liviano, una pequeña mochila de tela, en la que llevo algunos sucios e inservibles utensilios y la desgastada manta enrollada. Soy un indigente errante, no me gusta permanecer en el mismo lugar. Parece que algo dentro de mí me exige que todos los días cambie de destino. Me ha gustado andar mucho de aquí para allá. Pero ahora, ni mis piernas, ni mis pulmones me dan tregua. Me conformo con cambiar de callejón, a lo sumo de barrio. Cuando comencé mi vida de mendicidad, tenía todas las fuerzas intactas para poder cambiar, en un solo día, de poblaciones cercanas. ¡Qué más da!, poco a poco se acerca el final de esta puerca vida.
Me apoyo en la señalización vertical. Sin darme cuenta, me he desplazado más allá de los límites del pueblo. A partir de ahora caminaré por el arcén muy lentamente. Trataré de alcanzar la siguiente población, aunque no tengo ni idea a cuanta distancia se encuentra. Me resigno a mi situación, si hoy no toca comer, ni beber, pues a fastidiarse tocan. Mañana será otro día, o tal vez alguien me recoja y me lleve al siguiente núcleo rural. El sol pega de pleno, no tengo más remedio que descubrirme la cabeza, porque el dichoso gorro de lana me está cociendo mi largo, abundante y apelmazado cabello graso. Estoy sorprendido, porque hoy estoy andando mucho más de lo que habitualmente vengo haciendo. Mis ataques de tos, ¡no es que los eche de menos, no, por Dios!, pero observo que hace ya un buen rato que no me dan. Además, aunque hace calor, no es excesivo. En los últimos tiempos, jamás mis escalofríos me habían abandonado, por lo que desprenderme de ropa estaba prohibido para mí, incluso en pleno verano. Esta sensación de tiritona me hacía conservar jersey y chaqueta. Sin embargo, además del cutre gorro de lana, me he tenido que quitar el roído abrigo y todavía me sobra la chaqueta descosida y el jersey gordo de cuello menos alto por el desgaste sufrido. Continuaba caminando a buen tono en mangas de camisa. No abandonaba el arcén, pegado totalmente a mi derecha. Ningún vehículo se había cruzado en mi camino.

Desde hacía más de, no sé cuantos meses, no me había bañado convenientemente. Sí, recuerdo que fue en las últimas Navidades, en el albergue en el que estuve pernoctando esa misma noche, o tal vez fue antes ... En fin, que más da desde cuando ocurriera la última vez, la acumulación de sudores y fluidos había constituido una costra insana en toda la dermis de mi cuerpo. Era como una protección especial ante, la pérdida de calor interior y también al mismo tiempo para que esta pátina grasienta sirviera de impermeabilizador. Al hedor propio, uno se acostumbra muy pronto. Lo mismo que a la indiferente huida que los próximos hermanos de especie ejecutan cuando me acerco a sus sensibles olfatos. Por lo tanto habituado a estas muestras de desaprobación y asumiendo que sus gestos de marginación son justificados por lo desagradable de mi presentación. Sepan mis espantados y pulcros congéneres que cuando uno se encuentra abandonado a su suerte, aquellas pequeñas cosas tan sencillas y directas, como es la de la higiene personal, pierden su oportunidad y base fundamental de la relación humana. ¡Para qué quiero perder el tiempo y las fuerzas en lavarme, si no tengo a nadie que me espere, que me acompañe, que me comprenda! Lo útil, lo inmediato, es evadirse de la penosa situación, comer poco y beber mucho para olvidar.
El sudor invade todo mi torso, mis brazos y piernas. La cáscara de mugre, grasa, células muertas, como si estuviera sometida a un movimiento de ruptura, desmoronamiento y fragmentación, se iba desprendiendo, por la fuerza interior de un calor desconocido. Una sensación, apenas recordada, de pujanza en todo mi cuerpo estaba sobresaliendo por todos los poros de mi piel. Era una inercia irresistible que se abría camino al exterior, estaba claro que unas energías producidas por mi organismo se liberaban hacia fuera. Si esto no se produjera podría desencadenar un grado de calor insoportable para mis órganos internos. Minutos más tarde, camino completamente desnudo por el arcén de la solitaria carretera. Necesitaba aireación al máximo y por lo tanto me sobraba toda vestidura. Mi enjuta osamenta se beneficiaba de una ligera brisa, por lo que se suavizaba un tanto la sensación de quemazón interior. Mi piel sonrosada se beneficiaba de los cálidos rayos solares, una vez que se había desprendido de la corteza acumulada durante más de no sé cuantos meses de ocultamiento costroso.
Tenía la boca muy seca y sin pensarlo más me dirigí a una pequeña casa de campo que había a unos 100 metros de distancia de la carretera. Mi recién estrenada piel funcionaba a las mil maravillas como autorregulador de la cantidad de energía desprendida. El sudor fluía a chorros por toda mi cara y se canalizaba hacia mi pecho y espalda. Al llegar al frente de la casa y comprobar que su cancela estaba entreabierta, no dudé, y perseguí el brocal del pozo cercano. Tras una rápida operación de izado del cubo al uso, no tardé demasiado en verter el contenido del preciado líquido reparador en mis resecos labios. Una ingesta violenta y desproporcionada de amplios buches de agua, propiciaba que algunos chorros de la misma se escaparan por mi pecho abajo. Saciada mi desenfrenada sed, repetí la extracción de varios cubos que sirvieron para refrescar mi ardiente piel. El sol estaba ya en todo lo alto, y me apetecía disfrutar de su calidez. No podía dar crédito a esta experiencia. Por fin al recuperar gran parte de los líquidos perdidos mi estado de equilibrio era tal que, podría decir que jamás me había encontrado tan gratamente complacido con mi actual situación. Como sabía que esto era pasajero, pues todo lo es en nuestra existencia, decidí aprovechar al máximo estas agradables sensaciones y sentado en el porche, en aquella silla de metal, permanecía ensimismado. El agua fresca del pozo había calmado mi sed biológica, sin embargo, dentro de mí un ansia, incontenible, de investigar qué era lo que me estaba pasando se abría camino en mis pensamientos.

Sorpresivamente la puerta de la casa de campo se abrió y una voz muy dulce me interpeló y me invitó a que me refugiase en su interior. Aquella amabilidad y cordial propuesta superó en mí, toda sospecha y cualquier tipo de fuga. La etapa que iniciaba, en este día afortunado, rompía radicalmente el nefasto período en el que, veinte años atrás, me había sumido. Tal como vino a mi vida, sin desearla ni esperarla, la oscuridad se estaba disipando. Una vez más el factor sorpresa se hacía presente en mi existencia, no obstante, la experiencia acumulada y el desgaste sometido, después de tantos años de privaciones y marginación, me hacían aferrarme a la última oportunidad de renacer, aunque fuera por un corto espacio de tiempo.
Algunos días después…
- Todo estaba muy bien condimentado y cocinado, el zumo de naranja era espléndido. Las manos de nuestra cocinera son tan expertas que todo lo que sale de su preparación es soberbio.
- No exagere usted D. Pedro, es demasiado adulador. Lleva usted con nosotros tan solo un par de semanas y ha completado todo un ciclo de desintoxicación. En tan solo días, ha conseguido liberarse del mono del alcohol, de la dependencia del tabaco. Ha recuperado el apetito y el aspecto de su cara y el tono corporal ha mejorado enormemente. Sus problemas de respiración se han suavizado y tras los vapores de inhalación de eucalipto mentolado se van mejorando. Ha comenzado a hacer tareas agrícolas en la huerta, es usted una persona nueva. Pero lo principal de todo es que el primer paso lo dio usted solo, aquella forma de venir a nosotros completamente desnudo, con ese cuerpecito sonrosadito. ¿Se acuerda usted?
- Sí lo recuerdo vagamente. ¿No sé qué o quién pudo darme esa fogosidad? No me lo explico aún. Sé que esta providencia me condujo a vosotros. Así gracias a ustedes soy un hombre de 50 años que quiere volver a retomar el pulso de su existencia. Esta segunda oportunidad no se me puede escapar. Aquí en plena naturaleza, entre amigos, está mi destino. Ahora puedo ver, con más claridad, que mi debilidad me hizo caer al abismo de la desesperación. Voluntariamente me lancé a un proceso de autonanulación. No hice caso a nadie, pudo más el instinto de la autodestrucción. Una vez dentro de la marginalidad, con la droga del alcohol como referente, mi suerte estaba echada. Por culpa de no haber querido aceptar la muerte de la mujer de mi vida, la que iba a ser mi mujer, mi novia de siempre. No quise aceptar los signos del destino y rompí con su cruel disposición. Fue un suicidio lento y atormentado. Tras años de lamentos y desgracias, nadie, absolutamente, nadie me ofrecía una ayuda. Era un paria de la sociedad y merecía estar apartado porque mi presencia era desagradable a la vista de la sociedad, al fin y al cabo, ¿todos nosotros somos así porque hemos querido? Os lo dice alguien que ha estado allí dentro, dos décadas, ¿de verdad creéis que es plato de buen agrado vivir así? ¿Pensáis que si hubiera medios y personas dedicadas, no habría un gran proceso de rehabilitación general? ¡Sí, ojalá esta fuerza desconocida, que a mí me ha beneficiado, actuara como primer y básico motor de ruptura, para ofrecerse a las personas que lo necesitaran, y pudieran completar la labor de auxilio y recuperación¡
- Así me gusta con fuerza, con convicción, con ganas, hay que tirar para adelante y vivir día a día, extraer el máximo de lo cotidiano. Es cierto, lo que dice Pedro, pero le aseguro que la fuerza del Creador que vela por sus hijos, está siempre ahí, lo que pasa es que los que tenemos que acudir en su apoyo, sus seguidores, le fallamos y no aportamos nuestra colaboración en favor de tanta necesidad. Al fin y al cabo sentirnos próximos a nuestros hermanos y ser comprensivos, ¿no es la forma predilecta que Jesucristo nos recomendó? En su caso, ha sido la misma Providencia Divina la que le ha otorgado la compensación a tantos años de postergación. Después de dos mil años de vigencia cristiana, los hombres no hemos aún aprendido el auténtico mensaje de Salvación que Cristo nos entregó, que es el compartir cristiano. El secreto de la felicidad está en estas sencillas máximas:
Vive tu realidad inmediata con plenitud diaria.
Ábrete a los demás y deja fluir la natural esencia de la empatía.
Vivir emitiendo energías solidarias, es construir el marco idóneo para evolucionar y estar preparado para cualquier cambio, por muy brusco que este sea. Incluso podrás superar el mayor de todos, el que viene después de la vida material.
Tan solo unos meses después de verse aupado a su dignidad como persona, en plena etapa de eclosión a una nueva forma de convivir, Pedro, el indigente, entregó su vida terrena. Su corazón, muy deteriorado, no había resistido más.
Todos citamos como ejemplo, a seguir, el testimonio del último acto de su vida. Allí estaba junto a aquel desarrapado maloliente que intentaba salir de la oscuridad de la marginación. Le contaba su experiencia y de cómo sintió aquella fuerza interior. Le daba ánimos y le invitaba a tomar conciencia de que merecía la pena intentarlo. La última palabra de Pedro fue la de ayudándote a ti me ayudo a mí mismo.
¡Que al escuchar el primer canto del gallo me encuentre presto y dispuesto a compartir la ilusión material y espiritual con mi hermano necesitado!, ¡Al fin y al cabo en ese ser torpe, feo, desaliñado, sucio, está un Cristo que clama por mi auxilio!, tal vez con una palabra, con una sonrisa, con una ayuda material leve, podamos colaborar en ir construyendo el milagro de la Verdadera Vida, la de instalar el Reino de Dios en este mundo, incluso antes de llegar a la vida plena.

Ensayos o editoriales: Una de corte en el Corte


Una de corte en el Corte

En aquella inauguración, la de los grandes almacenes, tan frecuentada como esperada, tuve la ocasión de volver a encontrarme con Federico. Este compañero de estudios, de mi más tierna infancia, había representado para mí, en aquel entonces, el mejor de mis amigos. A esta corta edad, la que está comprendida de los 5 a los 8 años, nuestra relación se mantuvo firme y plena de experiencias. Sin embargo, tras mi cambio de colegio, perdimos todo contacto y ya no supe más de él.
Ahora, veinticinco años después, sorpresivamente y en un ambiente de plena euforia consumista, su presencia se hace patente en mi vida. Jamás hubiera podido imaginar que hoy, me fuera a encontrar al tal Federico, y es que la vida tiene estas cosas, cinco lustros viviendo en la misma ciudad y nunca nos volvimos a encontrar. Basta con que el destino nos haya querido dar una oportunidad y ,justo aquí, en este monumental coliseo, impresionante muestrario de artículos de primera y escasa necesidad, plena de servicios, de lujo y todo tipo de caprichos, dos personas ajenas, desde hace mucho, nos hayamos topado de nuevo.
Me dirigí con muestras de alegría a mi interlocutor. Desde el primer momento, reconocí su identidad porque soy un gran fisonomista, es una de mis escasas virtudes. Al llegar a su altura, le inquirí con efusividad:
- Pero bueno, Federico, ¡Qué de tiempo sin verte!
- ¿Se dirige a mí caballero?
- En efecto, pero hombre, ¿no te acuerdas de mí?
- Pues no, en absoluto.
- Soy yo, Pedro, tu compañero de primaria, ya sabes, ¿no te acuerdas?
- Lo siento caballero, no caigo en estos momentos.
- Será posible, ¿Acaso no te llamas Federico Pérez?
- Pues sí, en efecto, así me llamo, pero la verdad debe de ser una coincidencia porque de su imagen no rescato nada en mi memoria.
- No lo entiendo, en fin, me había llevado una gran alegría el poder contactar contigo de nuevo, después de tantos años sin vernos, pero me temo que o estoy equivocado o quizás la memoria suya va flaqueando.
- Bien, es su opinión, por favor, además de hacerme ese reproche, ¿le puedo servir en algo más?
- ¡Ah, es usted empleado de estos grandes almacenes!
- Éso es evidente, pues llevo la credencial. Siento mucho no haber respondido a sus expectativas caballero, que su estancia en nuestros grandes almacenes le sea muy amena y provechosa.
Aquel corpulento y bien trajeado empleado, el mismo que aún llamándose igual que mi compañero de la infancia, no lo era, o al menos eso decía él, se fue distanciando de mi posición. Cuando se encontraba situado a unos 50 metros de mi posición, le perdí de mi vista, puesto que la cantidad de gente concentrada había capturado su figura hasta hacerlo irreconocible.
Tras esta fallida comunicación continué viendo, con todo lujo de detalles, cada una de las secciones de la gran superficie. En efecto, el gran proyecto de la creación de este deseado gran centro de compras se había hecho de rogar durante muchos años, pero ahora, de una vez por todas, la población de Cádiz tenía a su alcance un gran edificio comercial de tres plantas, con parking subterráneo de otros tres niveles, con multicines, etcétera, en definitiva toda una gama de productos de alta calidad y buen servicio. En esta magnífica superficie se conjugan los precios altos, medios y otros equiparables a otros hipermercados de menor rango, todo bajo la administración de la primera marca del sector de grandes centros comerciales, no puede ser otro que el El Corte Inglés y su filial de alimentación y otros usos, Hipercor.
Con algunas compras en el hipermercado, salí con las bolsas en la mano. Tras bajar la escalera mecánica correspondiente, me dirigí hacía el subterráneo, donde tenía aparcado el vehículo, cuando, desde lejos, una voz conocida me interpeló:
- Pedro.
- Tras volverme muy despacio, me percaté que el comercial que había confundido con mi amigo de la infancia, me requería de nuevo.
- No me digas que has recuperado la memoria, en tan solo una hora.
- Pues...
- Venga hombre, ¡Te vas a cortar, dentro del mismo Corte, aunque sea inglés!
- No, me parece que se equivoca de nuevo, siento de nuevo no corresponder a su demanda. El motivo de mi acercamiento es tan solo, devolverle su tarjeta de crédito. La olvidó al pagar en caja.
- ¡Ah, ya!, perdóneme, y muchas gracias por todo.
Un tanto azorado me dirigí hacia la salida del parking, confieso que estaba muy impresionado con las flamantes instalaciones del establecimiento, aunque la verdad, esta vez, mi perspicacia y mi capacidad de reconocimiento físico habían pasado sin pena ni gloria, aún más, había llegado a ejercitar una actuación bochornosa. Desde aquel día, no suelo alardear de mi capacidad de reconocimiento facial ni a primera, ni a segunda, ni siquiera a sucesivas vistas.







Aventuras: Los portadores de la túnica


Los portadores de la túnica

El temerario individuo continuó su inevitable avance. El impulso energético que derrochaba parecía que no disminuía ni un ápice. Su descomunal figura, más de dos metros de altura de un cuerpo atlético y musculoso, se abría paso de forma incontestable. En sus poderosas manos, las dos grandes espadas iban cobrando víctimas con sus certeros golpes. Los alaridos de dolor de los contrincantes quedaban amortiguados por los gritos del guerrero, que, en cada embestida lateral, decapitaba a sus enemigos uno tras otro. Y es que el destructor mercenario había abierto una brecha muy amplia en las líneas adversarias.
A medida que la batalla se desarrollaba, los centenares de contendientes iban cediendo en su actitud de confrontación. Es más, el pánico se había apoderado de gran parte de la tropa y grandes hordas enemigas se batían en retirada incontrolada. La colosal intervención del ariete humano había decantado el sentido de la victoria a favor de sus defendidos. No cejaba ni un solo instante de buscar y rematar a sus víctimas, tal era el ansia de asolar y destrozar al adversario que perseguía con insistencia a los que trataban de eludir el cuerpo a cuerpo. La caballería hacía tiempo que había dejado de existir a manos del paladín hercúleo.
Una vez llegado a lo más hondo del valle, cuando las tierras se hacen cada vez más escarpadas, el vitoreado conquistador cesa en su frenética acometida. No, no es el cansancio el que motiva su inactividad, es la inexistencia de ejército resistente.
Desde el comienzo de la rápida y sangrienta batalla, ni un solo momento ha mirado hacia atrás. Su afán era avanzar y diezmar al adversario hasta la extenuación.
Este cronista que narra, da fe de que así ha acontecido. Y lo hago desde la más absoluta y radical imparcialidad, porque desde la naturaleza de mi profesión, la de contador de mil y una batallas, nunca me he dejado llevar por el halago excesivo, ni por el amiguismo, ni tan siquiera me he dejado tentar por dinero. Soy muy viejo y también soy pobre, pero por encima de todo soy un cronista imparcial que escribe y vive lo que ve, pese a quien pese. Por eso mi crédito es reconocido por todos. De aquí que en estos 30 años de desempeño profesional, ni una sola campaña bélica ha escapado a mi comentario. Nada, ni nadie me ha privado de ejercer mi oficio, el de narrar las gestas y los excesos de quienes intervienen en las distintas refriegas.
Sin embargo, por todos los dioses guerreros, que jamás, estos mis ojos, han visto a un humano combatir con tanta fiereza y contundencia. Nadie ha podido, en esta batalla, contrarrestar el poderío de Casto, también llamado “El imparable”. No sé de dónde salió, no sé por qué defendió a la etnia de los Casones, pero sin duda, que mientras batalle a su lado, nada tendrán que temer sus eufóricos seguidores casonitas. La victoria ha sido total, más de dos millares de Elovitas han perdido la vida. De éstos, dos terceras partes, han sido decapitados por Casto, además del sacrificio de más de un centenar de caballos. Las bajas en los Casones, han sido mínimas, apenas unos diez elementos. El resto del ejército Elovita, desmoralizado y disperso, jamás olvidará este fatal correctivo. Su poderío ha quedado en entredicho y no creo que se recuperen de esta tragedia. Esta ha sido la primera impresión a pie de campo de la que ha sido, la más inesperada y brillante batalla que he presenciado.
Estático y con los brazos caídos, una tremenda escorrentía de sudor y sangre enemiga va cayendo al terreno. Un gran charco de fluido humano se concentra debajo mismo de su ciclópea figura. Cumpliendo mi deber, y con cierto recelo, me acerco a su localización y trato de recabar sus primeras impresiones:
- ¡Oh, Casto, excelso guerrero, llamado a grandes gestas y a ser elevado a lo más alto en cuanto a la fama se refiere!, este humilde cronista te requiere, ¿de dónde vienes?, ¿por qué peleas al lado de los Casones?, ¿te quedarás con ellos?, ¿estarías dispuesto a cambiar de bando?, ¿te importaría que fuera tu biógrafo oficial? Sí, ya sé, que son muchas preguntas, pero también espero que seas igual de rápido contestándolas, tal cual guerrero fulgurante en la contienda. Adelante, Casto, espero con ansiedad tus palabras, arranca esa voz poderosa y grave que debes atesorar, confiesa tus sensaciones a los oídos expertos de este anciano contador de batallas. Deja que me pueda saciar de tus experiencias y de tu vanidad y que las difunda a los cuatro vientos. No quieres hablar, eres reservado, sí, por qué no, es una virtud más que añadir a tus facultades de gran luchador.
- No, ni mucho menos, es que tenía la garganta seca.
- Toma, bebe de mi pelliza, es vino tinto de la comarca, espero que sea de tu agrado.
- Vino, ¿has dicho vino?, maldito viejo borracho, odio el vino tanto o más que a los Elovitas. Por lo tanto, contador de estupideces, ya ha llegado tu hora, vas a perecer, porque en definitiva ya has contemplado demasiadas masacres, y alguna vez te tenía que tocar.
- Adelante hombre corpulento y escaso de entendimiento, ¡rebáname el cuello!, ¿Acaso no es tu especialidad?, digamos que puede ser el colofón a toda una jornada plena de sangre y cabezas rodantes. Tal vez la mía te dé algún tipo de satisfacción añadida. Si piensas que te tengo miedo, lo llevas claro, llevo muchos años viviendo y soportando a sanguinarios parecidos a ti. Aunque la verdad, ninguno tan descerebrado como tú.
- Bien, vale, de acuerdo, me he pasado un poco contigo. Reconozco que un viejo como tú, cronista por más señas, lo único que trata es cumplir con su obligación. Te recuerdo, que la jornada matutina ha sido muy movida y la verdad, me encuentro cansado. Sí, no sólo físicamente sino anímicamente.
- ¡Así que veo unas muestras de humanidad y también de duda¡, luego entonces eres de carne y hueso y tienes sentimientos. No te preocupes, te considero, puesto que matar a tantas personas sin cesar tiene que dejar una huella muy fuerte. Además reconozco que fui demasiado avasallador a la hora de llenarte de interrogantes. En cuanto a la bebida, algo muy frustrante te ha tenido que pasar para que odies tanto el caldo de las uvas.
- Sí, en efecto, prefiero no recordar ese episodio de mi vida. Si te parece, ya es hora de partir de aquí, mira como estoy chorreando de sangre de personas que hace unas pocas horas, tenían sus inquietudes, sus familias, sus vidas. Ahora, sus cuerpos mutilados, sus viudas, sus hijos, lloran sin consuelo y todo por una maldita batalla más que no resolverá nada.
Juntos caminamos bajando la colina y siguiendo mis indicaciones el gigante herido en su fuero interno, se deja llevar por mi conversación. Todo lo grande de su fuerte cuerpo contrasta con un estado de ánimo muy precario. Llegamos a mi humilde morada, una casa en pleno bosque, en donde la belleza de la naturaleza y la tranquilidad rebosan por doquier. Sin esperar ni un minuto, parte corriendo hacia el arroyuelo que pasa muy cerca de mi lar y se zambulle en las limpias y frescas aguas. Torrente abajo, el caudal del cauce se tiñe rojizo. Son las adherencias de la sangre acumulada en la piel y las vestiduras de Casto. Tras una buena terapia de agua y jabón, Casto sale del manantial completamente desnudo. Se ha desprendido de sus prendas y las poderosas armas yacen en el fondo del lecho del río. Tras ceñirse una túnica de mi propiedad, se dispone a sentarse en el porche delantero de mi cabaña de madera y se queda extasiado mirando el entorno.
- Este lugar es una auténtica bendición para mi espíritu herido, aquí me quedaría para siempre, lejos de tanto odio y muerte. ¿Te importaría que compartiese contigo este hogar?
- Estás en tu casa, no tengo a nadie que viva conmigo, por lo que ambos nos haremos mutua compañía.
- Por cierto, el tejido de esta túnica, es muy extraño y además pesa demasiado, incluso para mi fortaleza.
- Sí, lo sé Casto, este pobre viejo cronista, la portó muchos años y tuve que dejarla hace meses, porque no podía más con ella. Desde entonces su incalculable peso busca un nuevo portador, ¿Quieres serlo tú, Casto?
Casto, no musitó palabra, pero con su actitud se intuía que había un grado de resignación ante el cambio que su vida estaba operando.
Han pasado unos años y por imperativo cronológico, ya ha llegado mi hora. Hacia el lecho de muerte sé que está muy pronta mi partida. Estos últimos años han sido, con diferencia, los mejores de mi vida, en compañía de mi compañero y amigo, Casto, ambos nos hemos enriquecido espiritualmente. Jamás hubiera imaginado un final tan plácido como el que voy a tener. Además, sé que este lugar idílico tendrá, en mi amigo, un seguro valedor y aprehendedor de las exquisiteces que la naturaleza nos ha regalado.
- No te sientas triste, amigo mío, hoy es el mejor día de mi vida, sé que parto de este mundo, pero me voy pleno. No en vano he degustado aquí, lo que otros en cien vidas no podrían experimentar. Y además, y tú lo sabes bien camarada, sé que gracias a esta forma de comprender y asimilar la verdad natural, me libero de todo miedo a la nada del más allá, puesto que no me voy al vacío, sino que modifico mi estado vital de presencia. Sí, amigo mío, en algún momento y en un lugar indeterminado tú sentirás mi presencia y ambos seguiremos en contacto.
- Gracias viejo, por haberme enseñado tanto y por ser amigo de este torpe bruto.
Sí, parece que fue ayer, el día en que mi amigo el viejo cronista partió de mi lado hacia otros niveles de existencia. Y es que el tiempo aquí, en este paraíso, parece como aletargado y que no transcurre. Sin embargo, mi canas y mi piel ajada dan signos de envejecimiento. Es curioso que todavía no he podido contactar con mi añorado amigo. Sus últimas palabras aún no se han cumplido. No obstante presiento que su pronóstico está muy cercano a realizarse. Alejado de todas las vanidades humanas, tras estos años de retirada voluntaria, he podido reequilibrar mi estado anímico y expiar mis múltiples crímenes. Cada mañana me voy a lavar la cara y miro, de pasada, el lugar donde yacen las enmohecidas espadas. Sus brillantes hojas, han dejado paso a una opacidad y suciedad evidente. No siento ninguna añoranza de mi pasado, fue tan fugaz como frenético y me dejó un pozo de inquietud y amargura que vagamente recuerdo.
El viento se ha levantado muy enérgico en esta mañana convulsa. Es la primera vez que suena así en mi cabaña. Acudo a cerrar los tapaluces y allí fuera, delante de mi sencilla vivienda, a la altura del arroyuelo diviso a una figura desconocida.
El alba se hace esperar, salgo afuera y traslado un aviso al extraño:
- ¡Eh oiga, qué desea!
El ser extraño ataviado con una túnica gris y una capucha amplia, que cubre su rostro, se vuelve. En sus blancas y nervudas manos lleva extendidas ambas espadas. Sin duda son las mías, puesto que son inconfundibles, pero ahora, de nuevo, están impecables.
- ¿Eh, qué hace con mis armas?, Si las desea se las regalo.
- ¿Estás seguro Casto?
- ¿Cómo sabe mi nombre?, Hace muchos años que nadie trata conmigo. ¿Qué quiere de mí?
- ¿Estás dispuesto a morir, pobre y decrépito Casto, hombre viejo y apenas sombra de lo que fuiste?
- No le tengo miedo, ni a usted, ni a la muerte, hace tiempo que estoy preparado para encontrarme con mi amigo, más allá de esta existencia.
- Ese amigo tuyo, ahora no te podrá ayudar. Puesto que me has dado voluntariamente tus espléndidas armas, tendré el gusto de emplearlas contigo. Al fin y al cabo, tú mismo has reconocido que no tienes miedo a partir de este mundo.
- Así es, sé que ahora mismo estoy más cerca de mi destino. Por fin mi etapa de maduración en este plano existencial toca a su fin. Procede pronto por favor.
El extraño levanta ambas espadas con inusitada fuerza. El estilo era el mismo que hace años, un fornido y joven Casto empleaba. Ahora sin perturbarse en absoluto espera su destino final. En ese momento y cuando las espadas bajan con total precisión y descomunal fuerza, en el último momento, rectifica la trayectoria y levantando por encima de la cabeza las respectivas hojas, ambas, chocan de forma violenta y estallan en mil y un pedazos.
El desconocido se descubre el rostro y deja vislumbrar el aura luminiscente del estimado amigo, el viejo cronista que esboza una amplia sonrisa. Has superado satisfactoriamente la última prueba, ya estás preparado para tu misión más difícil. Tras unos momentos emotivos, en los que ambos intercambian una afectiva mirada, el viejo amigo se eleva y se pierde entre la masa forestal.
Por fin se había cumplido la última profecía del cronista. A partir de ahora, tras la evidencia constatada, mi vida ya no tendría involución. La pesada túnica, que un día me entregó mi amigo Cronista, parecía que ahora, todavía se me hacía muchísimo más pesada. Tanto que a pesar de mi corpulencia y fuerza, apenas podía con ella. Aunque, en ocasiones, había tratado de quitármela, para evadir mi esta carga copiosa, muy pronto comprendí, que más allá de una simple vestidura en su esencia había más materia que la puramente textil. Y como si de una responsabilidad transmitida por mi amigo hacia mí, continué portándola con dignidad y esfuerzo.
Cada día, que me levanto noto como la túnica me pesa más y más, en efecto, son mis años que no pasan en balde. Y es el incremento de su pesada carga, se ve aumentada por los muchos errores y perversiones que mis congéneres acumulan día a día. No cabe duda que los que yo cometí pesan y bastante, por eso trato, con todas mis fuerzas, de restituir lo dañado. Sin embargo, es demasiado para un hombre solo, que está ya en decadencia. De los errores pasados de otros nadie aprende y cada instante, uno tras otro, las transgresiones y las violencias se ceban en los desvalidos. Así, yo noto como poco a poco mi capacidad de portar la túnica se desvirtúa.
A duras penas me arrastro por la ribera de mi arroyo y tal como la primera vez hice, me sumerjo en sus frescas y limpias aguas. El peso de mi vestidura me lleva al fondo del lecho y sin ningún aspaviento permanezco en actitud de espera.
Por fin he franqueado el límite, mi maduración me ha ayudado a salvar el escollo dimensional sin dramatismos. Mi pesada vestidura se ha blanqueado, por unos momentos, y el color grisáceo se ha mutado en blanco. Río abajo discurre el agua tornada de color rojo oscuro de tanta sangre inocente derramada.
Mi mano se alza por encima de la superficie del agua y desde la orilla mi amigo de siempre, me tiende la suya. Nos saludamos y retomamos un nuevo itinerario de amistad para siempre jamás.
En el fondo del lecho la túnica lavada, comienza a ensuciarse. Y es que a pesar de tantas y tantas oportunidades, la Humanidad no aprende de sus errores. Por lo tanto, tendrán que seguir viniendo más y más portadores de la túnica, para poder sobrellevarla y más tarde, una vez más, renovar otro período de prórroga. ¿Hasta cuando seguirá ocurriendo esto? ¿Quién será el próximo en cargar con la pesada túnica?

Fin

Relatos muy cortos

Amada mía
La pesada losa de mármol comenzó a ceder. Comprobé que la tumba estaba vacía. Una frialdad recorrió mi espalda.
Sus esqueléticos brazos apretaron mi abdomen, me asfixiaba, me susurraba, ven conmigo amado mío.

El último asidero

Muerta en la alfombra sin emitir queja. Tu mano seguía aferrada a mi tobillo, no podía apartarla . Dolorido por la presión sometida, me senté a tu lado a esperar a la policía..


Mi compañera


Acariciaba tu pie y contemplaba sus pequeñas dimensiones. Contaba con mi índice cada unidad, obsesivamente:
Uno, dos, así hasta los nueve dactilares.
Desde que fui abducido, mi hembra, mi selenita, me tiene loco.


Ultratumba


Ni duermo, ni como, ni ando, ni descanso.
En soledad profiero gemidos, gritos de duelo. Algunos me escuchan y obvian mi sufrimiento.
Mas no importa, les esperaré hasta que su tiempo se cumpla.


Acosado


Voluptuoso y enfermizo conquistador, ¡déjame descansar, no insistas más!
Reprímete un poco y recupérate, o me obligarás a marchar a otra habitación.
¡Qué más quisieras tú, pero de esta celda no sale nadie!


Autosugestión


En la oscuridad estaba aquel individuo enmascarado, que exhibía un hacha de manera amenazadora. Estremecido, atenazado, oculto mi faz y me resigno al destino. El acomodador me avisa del fin de la proyección.


Invasión


Insomne madrugada. Un zumbido se cuela en mi mente. A oscuras un bulto observo. Sacudo la sábana y desaparece. Enciendo la luz y son tantos los bichos que me muero de espanto.


Obsesionado


La amaba desde siempre y por fin era mía. Su captura era inevitable. Ella inmóvil, yo pasional. El precio era alto y mi robo estaba justificado. Por fin era mía la muñeca hinchable.


Suspense: Lo que la vida nos reserva


Lo que la vida nos reserva

Mi sensación de desasosiego no había disminuido lo más mínimo. Desde aquella breve estancia en el tanatorio, con motivo de acompañar y dar el pésame, a un compañero de trabajo, todo iba a cambiar en mi rutinaria vida. Los amplios salones y los cómodos sillones, así como la exquisita limpieza que se hacía patente, otorgaban a estas instalaciones y las gentes que acuden a ellas, una impecable presentación que dignificaba la estancia de los apenados familiares y visitantes que allí se concitaban.
Tras haber comunicado el sentido pésame a los familiares directos, y tras una permanencia, en aquel aséptico marco, lo suficiente como para no quedar en entredicho, me disponía a partir, y justo a la salida de la sala número 11, se me acercó una persona y me comentó, lo siguiente:
- Hay que ver el calor que hace aquí, y menos mal que estamos en marzo, qué dejaremos para el verano.
No contesté con palabras, tan solo le sonreí y asentí con la cabeza.
Sin embargo, la citada persona, parecía que quería contarme sus particularidades. Opté por un escape inesperado, pero todo fue inútil. Sabía que debería atender el aluvión de comentarios, hasta que sus necesidades de evacuar palabras se mitigasen. Una vez más no me había equivocado, tras haberle dejado toda el turno de palabra, tras más de 35 minutos de monólogo de su parte, teniendo en mí a un oyente pasivo, pues no me había enterado de casi nada, sí, acaso algo relacionado con la separación de su infiel esposa; el improvisado comunicador se despidió y hasta llegó a abrazarme. Sin duda, mi mutismo le había calado hasta lo más hondo, pues casi le veía emocionado. Sin duda, era una falta de caridad para con la persona, pero qué quieren que les diga, ni tenía ganas de escuchar problemas, ni era el lugar propicio. Aprovechando su despedida, me hice el remolón y me retrasé a sabiendas, que si me acercaba mucho, lo mismo el empedernido contador de sus intimidades, quizás, había recobrado sus fuerzas y me daba otra andanada. Le seguía a unos 2 metros, cuando inesperadamente, un encapuchado, con pasamontañas negro, que esgrimía una pistola se dirigió a mi parlanchín amigo y sin mediar palabra, le descargó, no sé cuantas balas, en plena cabeza. El atroz asesinato fue a quemarropa y la sangre salpicó por doquier. La cabeza del asesinado, había sido tan cruelmente afectada, que llegó a estallar, antes de que todo su cuerpo yaciente se precipitara hasta el suelo. El clandestino asesino, esgrimió el arma contra todos los que estábamos alrededor del infortunado, a modo de intimidación. Sin duda, el más próximo era yo, de tal modo, que toda mi chaqueta y pantalones los tenía salpicados de sangre. El cañón de su pistola me apuntó, con detenimiento, y pude comprobar como el pistolero apretó el gatillo, buscando cobrarse una segunda víctima. Tras comprobar que mis segundos de vida estaban ya contados, mi estupefacción y mi radical miedo se hicieron presa de mi persona y me quedé paralizado. Afortunadamente, el arma se había encasquillado y el criminal optó por salir corriendo y desaparecer sin dejar rastro.
Allí estaba yo, sentado en una silla del tanatorio, mucha gente, pululaba de aquí para allá, policías, médicos, aquello era una auténtico hervidero de personas y un ruido ensordecedor. Tras la impresión sostenida, todavía estaba bajo esa inactividad propia. Decidí marchar hacia los servicios, necesitaba mojarme la cara y tal vez miccionar. El aseo facial fue llevado a cabo con profusión, en cuanto a la liberación de las aguas menores, pude comprobar que ya no era necesaria, pues había perdido el control y me lo había expelido encima. Afortunadamente no fue en grandes cantidades y además como mis pantalones estaban mojados por la sangre del fallecido, no era un hecho muy destacable. Esta ridícula incontinencia urinaria; la verdad, poco me importaba en estos momentos. Tan solo, que una persona desconocida para mí, que me había contado no sé qué cosas de su vida y obras, ahora, estaba muerta, y yo, de milagro podía contarlo. Me decía, para mis adentros, ¡qué cosas tiene la vida!
Había llegado a mi casa, tras los oportunos testimonios dados a las fuerzas del orden. Tras desnudarme, me metí en la ducha. Apenas unos escasos minutos y noto como el dichoso calentador se había apagado. Al vivir solo, siempre añoro el poder contar con alguien, sobre todo, por este motivo. En fin, salí a la terraza con mi toalla alrededor de mi cintura y procedí a verificar el estado de la espita de gas, cuando, pude comprobar cómo, justo en la terraza enfrente de mí, una escena amatoria se desarrollaba de manera fluida. La verdad, es que estaba aterido, por lo que no me importaban demasiado esas efusiones. Tras encender el piloto, me dirigí hacia el cuarto de baño, cuando, una ráfaga visual me sobrevino. ¡No, no podía ser!, aquella vecina mía estaba quitándole un pasamontañas a un hombre. Y esta prenda de abrigo y de ocultamiento, era del mismo color y diseño que la del asesino del tanatorio. Un escalofrío de inquietud me recorrió la espalda y vino a instalarse en mi nuca. Sin tardar ni un instante, me vi en la obligación de esconderme. No quería ser descubierto, porque fuera o no el sospechoso, en todo caso, la escena de los dos amantes era más bien de corte privado y por lo tanto no querrían testigos de cargo. Poco a poco fui descorriendo las cortinas del ventanal y cuando terminé de hacerlo, amparado en su opacidad, decidí arriesgarme a fisgonear. Esta actividad, bastante más extendida entre los mortales de lo que muchos reconocen, en esta ocasión fue auténticamente providencial para mi futuro. Afortunadamente mi facultad auditiva la tengo muy agudizada, porque las palabras que ambos musitaban, las emitían a muy baja intensidad. A mi favor, contaba con que en aquel patio interior, ahora, un silencio inhabitual era la nota predominante. Seguía sintiendo bastante frío, ya que tan solo una toalla rodeaba mis partes nobles, no obstante, pudo en mí la curiosidad y continué muy concentrado en mi percepción acústica. En definitiva entre arrumacos y frases de aceptación mutua, mi vecina, una mujer divorciada, que vivía en este domicilio desde hacía unos meses, le cuestionaba a su compañero, que si por fin se había deshecho de su ex-marido. A lo que éste le respondía que lo había acribillado a tiros y que no se cargó a otro tipo, que estaba a su lado, porque la maldita pistola se le había encasquillado. La satisfacción de ambos era evidente y ambos se disponían a celebrar, con morbosidad insultante, los efectos de la actuación criminal del inducido asesino.
Si en un principio mi postura de sentado, en el frío suelo de la terraza, la había adquirido por motivos de estrategia a la hora de poseer una mejor posición de escucha, ahora, después de lo oído, mi total perplejidad y una gran dosis de pánico me impedían modificar mi postura, no sin antes, haber comprobado que mis espiados contertulios se habían esfumado.
Afortunadamente los escarceos amorosos no tuvieron continuidad en las cercanías de su ventana, por lo que probablemente se trasladaron a los aposentos, cosa lógica en estos casos. Tras unos minutos de espera, me fui levantando y con mucho sigilo y agachado me introduje en las habitaciones contiguas de mi domicilio. Tras terminar de ducharme, una vez vestido, tuve tiempo de pensar que no tenía más remedio que avisar a la policía de mis descubrimientos. No tenía otra salida, una vez metido en esta problemática, lo justo y lo requerido era esta determinación. Sin dudarlo, me puse en contacto con la Comisaría de distrito y desde allí mismo, tras identificarme, y declarar lo acontecido me comunicaron que en breves momentos un agente, cercano a mi domicilio me haría una visita.
Sentado en mi sillón, el silencio y la espera eran muy difíciles de soportar, sabía que había estado encañonado por un desaprensivo, que me había salvado de pura suerte, y ahora, una vez más, lo tenía tan cerca, que, de suponer el asesino mis informaciones, vendría a por mí.
De repente un ruido estrepitoso, proveniente de la terraza de mi cocina, se hizo notar. Me personé raudamente en el lugar y allí mismo una llamarada muy grande había prendido en mis cortinas. En el suelo muchos cristales verdosos y un olor característico a gasolina. El fuego por momentos era incontrolable, por lo que después de una primer momento de pasividad, no dudé en quitar la bombona del calentador y adentrarla. Además y gracias a que utilizaba una goma de cierta largura, para llenar los cubos de agua a los efectos de limpieza, no vacilé en conectarla a la red de agua y de apuntar a las llamas. La repentización iba surtiendo efecto, y tras varios minutos de agua a todo pasto, puede reducir y extinguir, aquel fuego intencionado. Ni que decir tiene, que muchos vecinos salieron a sus respectivas ventanas, incluso, claro está mi directa vecina, la inductora del asesinato. Su cara era un tanto inexpresiva no articulaba palabra. En esos precisos momentos, los bomberos y la policía se personaron en mi piso y tras unos ajetreados minutos, pudieron comprobar que la intencionalidad había sido manifiesta, en lo que se refiere al incendio, por lo que empezarían las investigaciones al respecto. Uno de los policías, de paisano, tras abandonar todos la casa, se quedó conmigo para anotar mi declaración en relación a la llamada telefónica que había efectuado. Le hice una declaración explícita de lo acontecido y tras mostrarse vivamente interesado, decidió ir a comprobar el estado de la terraza y la posición espacial del resto de viviendas, que daban al patio. Mientras tanto, me excusé unos momentos porque tenía que visitar el cuarto de baño. Al llegar, pude comprobar que no tenía papel higiénico, por lo que retorné a la cocina en busca del oportuno repuesto. En ese momento, el citado policía estaba gesticulando desde la terraza con mi seductora e inductora vecina. Fui rápido en ocultarme en el dintel de la puerta, pero no lo suficiente, como para no ser advertido. Pude escuchar un grito muy fuerte de voz femenina, que decía, ¡nos ha visto, acaba con él!
Esta orden, me puso en aviso, y salí corriendo hacia mi dormitorio. Tras de mí, unos pasos ligeros se hacían notar. Mi situación, ahora, sí que era desesperada. Un asesino policía corrupto, estaba en mi domicilio, y además portaba un arma, supuestamente reglamentaria. La conexión con mi divorciada vecina eran evidentes, el conocimiento de la llamada efectuada a la comisaría también, de ahí la intimidación mediante el lanzamiento de un cóctel molotov, con su consiguiente incendio y ahora la persecución. Debía pensar en algo rápido, tan solo contaba con apenas segundos, pero mi cabeza estaba muy embotada, y dispuesto a tirar la toalla y terminar cuanto antes, pero entonces me sobrevino una última y remota posibilidad.
El asesino, entró en la estancia y me vio sentado tranquilamente en la cama:
- Bien, estúpido entrometido, por fin te has convencido de que éste no era tu día, porque estabas en el sitio equivocado, a la hora inadecuada, y con la gente menos apropiada. Pues bien, como premio, esta vez, sin fallos mecánicos de mi arma, te daré una muerte más rápida para que veas que soy agradecido.
- Sí, te lo agradezco, a mí me viene bien, ¿sabes?, hacía meses que esperaba una ayuda así. La verdad, desde el mismo día que me diagnosticaron que sufría una enajenación mental progresiva y que tan solo era cuestión de un año el que me internaran en un hospital psiquiátrico. Como verás no es una expectativa de vida deseable. Sin embargo, antes de irme, mira, a través del correo electrónico de mi ordenador personal, acabo de enviar mi testamento vital. No el que me salve a mí, sino el que pueda salvar a otros de caer en vuestras manos.
- Te crees muy listo, verdad, pues bien, sea al contrario de la que prefieres. No voy a mancharme las manos con un inminente loco, tengo todavía tiempo de escapar con mi amante y juntos iniciar una nueva vida lejos de aquí. Disfrutar de la vida, en esos paraísos fiscales y naturales del Caribe. Al fin y al cabo, de algo me ha tenido que servir tantos años, amasando dinero negro del mundo de la droga. Eso sí te prometo que, aún lo pasaré mejor pesando en que tu estancia en el manicomio se hace cada día más insoportable, ja, ja.
Sin articular ni una sola palabra más, el corrupto policía se marchó rápidamente. Una vez más la suerte estaba de mi mano, o más apropiadamente el azar, y el haberme comprado recientemente un equipo informático, (que aún no tenía conexión a la red), y por supuesto el poder de fabulación de mi mente.
Han pasado, más de dos años, de aquel inolvidable incidente. Los dos amantes asesinos, fueron capturados en la República Dominicana y deportados a España, ambos cumplen una condena de 30 años de cárcel.
En lo que a mí respecta, no todo va bien, pues en definitiva, las fábulas siempre encierran un trasfondo de verosimilitud. Sí, en efecto, aquel pronóstico de locura irreversible, producto de mi imaginación calenturienta, ahora, iba tomando cuerpo en mi debilitada psique. Cada día, mis desvaríos aumentaban más, y, de una medicación antidepresiva leve, había pasado a una de intensidad severa. Incapacitado para laborar, mi destino, en la actualidad, estaba muy cercano a ese pronóstico que mi astucia había creado para salir de aquel maldito atolladero.

Teatro: La secta de los Vaciados


LA SECTA DE LOS VACIADOS


Descripción de la obra

Pieza para escenificar en tres actos. El motivo de la obra, es la exposición manifiesta de las opiniones y vivencias de cinco amigos. El conflicto afectivo, la intolerancia, la frustración, el tiempo como elemento perturbador del equilibrio humano, todos estos aspectos convenientemente expresados darán paso a una sucesión de hechos que provocará una ruptura con la realidad actual de cada cual. El hombre ante el incontrovertido hecho de la fugacidad de esta existencia se muestra desesperado ante este natural desenlace. Buscará los caminos más insospechados y absurdos para ilusionarse en los escasos días que le restan de vagar por este mundo.

Descripción de los personajes protagonistas

Un grupo de antiguos amigos, compañeros del período estudiantil, van a reunirse, por primera vez, desde hace más de treinta años. Desde la finalización del bachillerato, cada uno tomó un camino distinto conformando sus azarosas vidas. En ningún momento tuvieron nuevos encuentros, ni siquiera entre algunos de sus componentes. Su actual edad, muy pareja, ha sobrepasado los cincuenta años. Cada uno, durante estas tres décadas bien sobrepasadas, han desarrollado un estilo de vida y una calidad de existencia muy distinta. Desde esta premisa, sus caracteres psicológicos y sus vivencias van a ser definitivas en la configuración de sus respectivas personalidades. A saber:


Hermenegildo Pi:
Este primer personaje y primordial protagonista, huérfano de padre y agraciado con una herencia fastuosa a los dieciocho años, es el que va servir de agente convocante del resto de interlocutores. Es un cincuentón que nada en la opulencia. A su edad y con su posición social ya viene de vuelta de todo. Es un escéptico y un agnóstico por antonomasia. Como decía, de él va a partir la idea de convocar al resto de antiguos amigos, en principio, no tiene muy claro cuál va a ser el objetivo de esta reunión. Sin embargo, conforme el intercambio de opiniones, emociones, tensiones, pasiones, necesidades, vanidades, afloren y se hagan patentes, este anfitrión que hasta el momento, había sido jocoso y regalador de todo tipo de presentes, va a tomar un cariz diametralmente opuesto. Su personalidad agria y exenta de ilusiones en el porvenir, va a querer atraerse la compañía y dependencia del resto del grupo. Hombre divorciado y hastiado de las mujeres, no llega a odiarlas, pero considera que su obligación es la de distanciarse de ellas y someterlas a su antojo. Por lo tanto desde esta óptica egocentrista, manipuladora, descarnadada y pesimista, tras comprobar y aquilatar las miserias desprendidas de sus próximos, improvisadamente, diseña un plan extraño y de objetivos nada fiables. Desde el mundo de la más pura invención artificiosa, la creación, constitución y puesta en marcha de un vínculo societario, en el que la clandestinidad y el gusto por lo más rocambolesco, irregular y ciertamente inmoral sean su pauta de comportamiento.


Roberto Cruz:
En los últimos tiempos de bachillerato la amistad que le unía a Hermenegildo era intensa. Sus aficiones y gustos, además de compartirlas y participarlas en el grupo, también se nutría de largas charlas entre ambos. Por lo tanto se podría decir que entre ambos existía una relación de amistad, que quizás pudiera haber continuado con plena vigencia, si no hubiera acontecido el extraordinario evento. Me refiero a que Hermenegildo, repentinamente se trasladó a la capital del reino para hacerse cargo de la inmensa fortuna que le había sido legada. Esta brusca y muy prolongada separación, había enfriado por completo la amistad de ambos. Casado y con un solo hijo, su situación económica es muy precaria, la profesión de representante comercial, no pasaba por el mejor o el mayor auge. A sus cincuenta y dos años, le era muy difícil encontrar trabajo. Por eso, al recibir la invitación de su antiguo amigo Hermenegildo, albergó la esperanza de sacar algún beneficio de esta inesperada cita.


Eleuterio García:
Otro miembro de aquel grupo de amigos que tenía bastante éxito en el desarrollo de la abogacía. Bien establecido socialmente y bastante desahogado en el aspecto económico, vivía por y para su profesión y para una obsesiva afición, bastante costosa, cuál era el coleccionismo de obras pictóricas. Soltero y bastante ambicioso, desearía acaparar una fortuna de tal dimensión que le diera para satisfacer su enfermiza afición.


Primitivo Flor:
Desde siempre, había sido el componente grupal más sensible y preocupado por la estética externa. Este gusto por cierto amaneramiento de gestos y preferencias le reportó numerosas mofas y bromas pesadas. Sus muy sentidos llantos lograron emocionar al resto de amigos en alguna ocasión. Sin embargo, poco tiempo duraba el respeto hacia su persona y más tarde o temprano, salían a relucir las descalificaciones e imputaciones sobre su supuesta homosexualidad. Todas estas experiencias, marcaron a este personaje de por vida. Jamás podremos adivinar si su actual homosexualidad militante fue una lógica tendencia natural, o bien, se desencadenó con motivo de tanta intolerancia. A sus cincuenta y tres años, vivía solo y tras bastantes años de trabajos poco recomendables, su actividad laboral la desempeñaba en calidad de taquillero en un teatro de variedades de segundo orden.


Mauricio Pipoca:
Apodado por todos sus amigos y enemigos con el pseudónimo de “el negro”, esta denominación partía de la clara evidencia del color de su piel. De origen brasileño aunque llegado a nuestro país con ocho años, desarrolló un imponente corpachón, cercano a los dos metros de estatura. Siendo un estudiante mediocre, decidió ponerse a trabajar. Actualmente es el encargado de la carga y descarga de frutas en el mercado de abastos. Está separado de su esposa porque al parecer, en determinadas ocasiones, no puede contener su poderío muscular. En la comisaría del distrito, constan más de tres denuncias por malos tratos.

Descripción de los personajes secundarios

Srta. Adela:
Joven y bella ama de llaves. Es una profesional consumada, que controla todos los más mínimos detalles. Detrás de esta evidente frialdad se esconde una admiración y un gran amor por su jefe, Don Hermenegildo Pi. A pesar de sus apreciables encantos personales, jamás ha dejado patente sus sentimientos. Es una estrecha colaboradora de Don Hermenegildo, en todo lo que se refiere al mandato del servicio y el orden doméstico. Su meticulosidad y disciplina, a veces hieren la sensibilidad de sus subordinados.
D. Ataulfo:
Abogado y secretario personal de Don Hermenegildo Pi. Cumple sus obligaciones de controlar y gestionar la amplia fortuna de su jefe de manera eficiente y en exclusiva. Su sueldo es bastante substancioso y le permite llevar una vida desahogada. Sus visitas a la mansión son habituales la mayoría por asuntos económicos, otras por amistad; asimismo, en los últimos tiempos le interesa poder contemplar y atraerse para si la amistad de la Srta. Adela. Aún no ha logrado convencer a esta señorita de la intensidad de sus sentimientos.
Dña. Bonifacia:
Mujer madura pero de estética singular, lleva más de veinte años al servicio de su jefe. Al igual que su inmediata responsable, la ama de llaves, está locamente enamorada de Don Hermenegildo Pi. Sin embargo en su caso el paso de los años han intensificado este sentimiento hasta límites insospechados. La relación con la ama de llaves, es con frecuencia tirante y distante.

Estructura y enumeración de los actos a representar

Acto 1º: De la presentación y sus expectativas.
Acto 2º: Del debate y sus conflictos.
Acto 3º: De la inesperada resolución del problema.

Acto 1º De la presentación y sus expectativas

Escenario: Amplio salón perfectamente acondicionado con mobiliario de madera noble y sillones de cuero. Existen cuatro puertas que sirven de entrada y salida a los personajes. La puerta principal de entrada, que aparece lo más alejada de la gran chimenea y los tres grandes tresillos que rodean al hogar. Las segunda puerta conecta con las dependencias del servicio en la planta baja. La tercera puerta cristalera permite el paso al amplísimo y florecido jardín. Desde la cuarta puerta, se accede a la zona privada y reservada de Don Hermenegildo Pi. A este lugar sólo tiene acceso el magnate.


1ª Escena del Acto 1º: Llegan los esperados invitados

Llaman a la puerta, y el efecto combinado de campanas al estilo del Big-Ben Londinense, se deja notar. La ama de llaves, acude diligentemente para la apertura del gran portón de madera de caoba. Una vez abierta la puerta, el Secretario de Don Hermenegildo penetra en la estancia y se abre una comunicación entre ambos.

Don Ataulfo: Buenos días, bella ama de llaves.
Srta. Adela: Buenos sean, Sr. Secretario, usted tan amable como reiterado en sus halagos.
Don Ataulfo: Y como no, usted tan fría y cortante como es habitual. La verdad, no se cómo trasladarle mis sentimientos, de una forma que usted pudiera comprender la profundidad de los mismos.
Srta. Adela: Por favor, ¿otra vez?, es usted una persona demasiado pertinaz. Quiero que escuche de mis labios esta afirmación, es la última vez que se la repetiré. Sus sentimientos son respetables, pero en lo que a mí respecta no me afectan lo más mínimo. No quiero ser cruda como usted, pero si haciendo esta confesión puedo, con carácter definitivo, zanjar el asunto, pues sea bienvenida.
Don Ataulfo: Me causa usted una insatisfacción de tal magnitud que no se si llorar, reír, o tal vez abalanzarme sobre usted y forzarla a que se entregue a mí.
Srta. Adela: Ni lo intente, ni siquiera lo piense, mis sentidos están por completo dedicados a nuestro benefactor, el Sr. Don Hermenegildo. Él es el hombre de mi vida, después de este sol que irradia su poderosa fuerza, ¿qué importamos los planetillas que giramos a su alrededor?
Don Ataulfo: Es usted una sierva amante, por lo tanto ante esta posición de sumisión, poca cosa puedo hacer. Allá usted con su rastrera dependencia. No se preocupe, a partir de hoy encontrará a una persona gélida por lo qua a mí respecta. Limítese a cumplir sus obligaciones y guarde su predilección para su tótem particular. Por cierto, imagino que sabrá que tenemos a cinco invitados para el fin de semana.
Srta. Adela: En efecto, ya he sido convenientemente informada por el patrón. Tengo entendido de que son sus amigos de la infancia y adolescencia.
Don Ataulfo: Sí, así creo que es, a mí la verdad, todo esto me importa bastante poco. En este caso, cumpliré mis obligaciones y nada más. No se preocupe, que ninguno de los invitados es de sexo femenino, por lo que no tendrá competidora por la que preocuparse. Bueno, ¡salvo que se rescaten amores homosexuales de su infancia!
Srta. Adela: Es usted un estúpido ser despechado, desgraciado, desagradecido y malhablado. No quiero continuar esta desagradable conversación, si le apetece una copa de vino, sírvase usted mismo. Todos sabemos que usted está muy familiarizado con la masiva ingesta de este producto.
Don Ataulfo: Sí, lo reconozco, soy un borracho, ¿y qué?, a pesar de esta limitación aún conservo mi mente ágil y libre para darme cuenta de que la esclavitud sigue presente en nuestros días, y la peor de todas es la que se adopta por voluntad propia, claro está usted es un digno representante de esta patética forma de vida.
El diálogo entre ambos personajes secundarios ha finalizado. La Srta. Adela cabizbaja y enfurecida hace mutis por la izquierda en dirección hacia las dependencias del servicio. Mientras tanto Don Ataulfo se dirige al gran mueble bar y se sirve un buen vaso de güisqui de primera marca. Tras beber varios sorbos y presentando un rostro frío y calculador, se sienta en el tresillo de cuero frente a la chimenea.
Vuelve a sonar el escandaloso timbre de la mansión. De manera ceremonial y efectiva la Srta. Adela acude a atender a la llamada.
Don Mauricio: Buenos días, aquí hemos llegado el grupo de amigos de Hermenegildo, aunque deberíamos de aplicarle el tratamiento de Don porque vaya limusina que posee, vaya mansión, vaya pedazo de servicio femenino...
Don Primitivo: Calla, por favor, que grosero eres. Perdónele, Srta. pero parece que a pesar de los años sigue siendo un crío.
Don Mauricio: Primitivo, no hagas uso y abuso de tu apellido, que si yo sigo siendo un niño grosero, tu eres un geranio mustio y lleno de abono putrefacto.
Don Roberto: Venga, dejaos de disputas, hemos venido a celebrar una reunión de amigos, después de tantos años sin vernos, es tiempo de festejar y no pelear.
Srta. Adela: Pasen por favor, el secretario de Don Hermenegildo les está esperando.
Don Ataulfo: Sres. sean bienvenidos pasen a esta cómoda y calentita estancia. ¿El viaje ha sido agradable?
Don Primitivo: Sí, ha sido comodísimo, es un automóvil tan amplio, silencioso, en fin una gozada.
Don Ataulfo: Bien, en primer lugar me voy a presentar, soy el Secretario personal de Don Hermenegildo y por si aún no lo saben, mi nombre es Ataulfo. Ahora que estamos todos bien instalados alrededor de esta cálida chimenea, ha llegado el momento de que exponga brevemente algunas consideraciones. Después de mucho tiempo sin ningún contacto con sus antiguos compañeros, Don Hermenegildo sintió un impulso incontenible de convocar a los que fueron directos protagonistas de su infancia y primera juventud. Digamos que ésta es el principal motivo de esta invitación, aunque claro está que nuestro anfitrión será el que a continuación vaya ampliando los objetivos a tratar. Sus equipajes y sus respectivas habitaciones, están preparadas. Por delante tienen un fin de semana que deseo que sea de su agrado. Por el momento no tengo nada más que comunicarles, gracias por su atención y hasta pronto.
La primera escena del primer acto ha finalizado, los cuatro amigos confortablemente sentados se intercambian comentarios a modo de figuración. Mientras tanto, Don Ataulfo hace mutis por la puerta del servicio. Tras un minuto escaso, la puerta de las dependencias personales de Don Hermenegildo se abre y aparece el protagonista de la obra al encuentro de sus antiguos compañeros.

2ª escena del acto 1º: El esbozo de lo que está por llegar

Don Hermenegildo: Buenos y afectuosos días tengáis camaradas. Por fin el momento tan deseado se ha hecho realidad. Como es natural, aquí estamos los mismos de no sé cuanto tiempo atrás, pero eso sí, con aspectos ajados y ciertamente castigados por el devenir del tiempo.
Hay un intercambio de abrazos entre el anfitrión y sus invitados, una vez finalizado este efusivo encuentro, Don Hermenegildo llama al timbre de la servidumbre.
Don Eleuterio: Pero querido Hermenegildo, me congratula esta invitación inesperada, son más de treinta años sin una mínima referencia, ¿por qué precisamente ahora?
Don Hermenegildo: Así me gusta Eleuterio, tan directo como siempre, pues el motivo que me inquieres tiene una sencilla respuesta, en este momento me apetecía. Así de breve y directo. Tengo todas las posibilidades para llevarlo a cabo, es decir; tengo tiempo libre, soy desmesuradamente rico y además me apetecía comprobar qué tal se había portado la vida con vosotros.
Don Mauricio: No te lo tomes a mal, comprenderás que ha sido muy sorpresiva esta invitación. Tu explicación es sólida pero tengo una nueva cuestión que exponer, es puramente curiosidad, porque la verdad, me encanta que todos estemos reunidos aquí; sin embargo, matízame ¿Qué fines nos vas a proponer?
Don Hermenegildo: Bien, ya veo que mi secretario os ha transmitido correctamente mis indicaciones, por eso, os reitero que lo primero es hablar y disfrutar juntos. Sin embargo, es verdad que tengo asuntos que tratar con vosotros que son de cierta relevancia. Por ejemplo, a ti Mauricio, sé que te va bien en tu jefatura del mercado, sin embargo, ¿a que no te importaría cambiar a una a actividad más recompensada a todos los niveles?, y tú Roberto, conozco tus problemas de desempleo, ¿por consiguiente no te vendría bien un trabajo cómodo y bien remunerado?. En cuanto a ti Eleuterio, eres un abogado ilustre, pero tus aficiones de coleccionista son demasiado costosas, ¿una nueva ocupación, tal vez, te pueda reportar esos ingresos?, no, no me olvido de ti, Primitivo, sé lo mal que se pasa en ese quiosco vendiendo boletos para unas decadentes funciones de patético teatrillo, ¿lo cambiarías todo, en segundos, verdad?.
Sí amigos, no me apetecía, ilustraros todos mis planes así, tan deprisa, es más, la verdad, es que, aún no me he planteado a conciencia que es lo que quiero desarrollar. Lo que tengo cierto, es que nos vemos después de hace mucho tiempo, y es tiempo de hablar, comer, beber y disfrutar. Lo demás vendrá a continuación. Hay tiempo por delante.
Don Roberto: Esto es muy interesante, primero recibimos una misiva de un amigo, bueno una vez pasado tanto tiempo lo más apropiado sería decir conocido, que sorpresivamente nos convoca, sin motivo aparente. A todos nosotros nos mueve la curiosidad y la perplejidad, bien, acudimos, porque cada cual quiere consolidar sus expectativas, en concreto la mía es exactamente la que acabas de exponer, lo reiteraré para abundamiento y conocimiento general, sí, soy uno de esos tres millones de parados y quizás de esos que están llamados a la subvención pública de por vida. Sin embargo, de inmediato tomo conciencia, que nuestro generoso anfitrión, no solo nos ha convocado para regalarnos una breve estancia de fin de semana, sino que se ha preocupado por investigar nuestras vidas, hasta sus últimas consecuencias y que le sobrado tiempo, vanidad y petulancia en hacerlo patente delante de nuestras narices. Sí, en efecto, soy un fracasado y también un desgraciado, mi mujer, mi hijo y yo, carecemos de mucho, pero además ahora también sé, que hasta nuestra vida privada también ha sido intervenida. Bien, mis expectativas se han volatilizado, esperaba solicitarte un trabajo digno, y me voy con el convencimiento, de que de mi situación tan sólo saldré por un giro de la fortuna, exactamente la misma que un día te benefició a ti con la fabulosa herencia que te cayó en suerte.
Don Eleuterio: Bueno, bueno, ya vale, Roberto, te estás pasando, somos unos invitados. Estás trasgrediendo las mínimas normas de conducta. Al fin y al cabo ya sabemos, que el poder siempre otorga ciertos privilegios y eso es al fin y al cabo lo que ha hecho nuestro amigo. De todas formas, para estar en esa posición de crispación es mejor que llevaras a cabo, lo antes posible, una retirada decorosa.
Don Hermenegildo: Un momento, Eleuterio, de momento, soy yo el que puedo exigir la salida de mi casa. Agradezco tu intento de defensa, pero la verdad, no me hace falta. Entre otras cosas, porque tú mismo, no te crees lo que estás diciendo. Sí, ya sabemos, que los abogados, acaban diciendo y defendiendo todo lo que sea con tal de llevar a cabo sus propósitos. Por consiguiente, diplomático y farisaico amigo, no me hacen falta tus comentarios vacíos y totalmente innecesarios.
Es cierto, que os he investigado, es una práctica mía regularizada. Veréis, desde mi posición social, financiera, es muy práctico conocer la situación de los demás, esta información privilegiada me sirve para ir por delante de mis adversarios. En vuestro caso, aunque no os considero como enemigos, sí es cierto que dado el tiempo trascurrido, era necesario conocer toda vuestra actual forma de vida, porque en definitiva, poseyendo estos datos me sería mucho más fácil plantear mis proyectos. Roberto, si esta práctica te ha molestado, la verdad es que ni lo siento, ni lo entiendo, la verdad, un hombre como tú, que ya se encamina a la postrera etapa de su existencia, donde no va a poder alcanzar ningún tren más en su vida, porque sencillamente, ni su edad, ni su preparación, ni su ambición, ni su inteligencia, dan para más. Me sacas ahora tu dignidad, tu arrogancia, tu orgullo, ¿acaso los antidepresivos de tu mujer van a desaparecer, por tu actitud?, tal vez , ¿la escasez de regalos que tu hijo te demanda serán facilitados por tu soberbia?, sé que tu mente y tus sentimientos están más cerca de tragar saliva y al mismo tiempo todo el escaso orgullo que has vomitado agónicamente. En cuanto a ese golpe de suerte deseado, siento comprobar que en tu personalidad todavía quedan muchas reminiscencias de aquel imberbe adolescente que conocí. Por supuesto, te puedes marchar si te apetece,¡pero dudo que lo hagas!, es muy dura la necesidad y sabes que conmigo puede cambiar tu futuro.

Unos momentos de silencio entre el grupo en escena, Roberto, se tapa la cara con las manos, la actitud prepotente y desafiante de Hermenegildo contrasta con la desesperación de Roberto y la pasividad del resto de amigos. Tan solo Primitivo, sensibilizado y acuciado por sus sentimientos se dirige al compungido.

Don Primitivo: Venga Roberto, ánimo, sé práctico, piensa en tu familia e intenta sacar fuerzas de flaqueza. La verdad, es que todos los aquí citados, tenemos nuestras miserias, todos estamos radiografiados por tus sondas informativas. A mí, la verdad, no me importa en absoluto, estoy solo en la vida, y no voy a perjudicar a nadie que esté a mi cargo. Por lo tanto, sí, me solidarizo con Roberto, porque su familia depende de él. Por todo esto, aunque me viene bien estar callado, porque pueda beneficiarme, me adhiero a la posición expresada por Roberto. La humildad, incluso rozando la penuria, no está reñida con la idea de la dignidad propia. Cuando a una persona se le quita esa cualidad moral o bien se le condena a la anulación de su personalidad, o tal vez se le encamine hacia la desaparición inmediata.
Don Mauricio: ¡Bravo, qué gran discurso! Este mariconazo, con el tiempo se ha puesto rancio, antes por lo menos tenía gracia, ahora en cambio, sus pensamientos son estúpidos y aburridos.
Don Hermenegildo: Bueno, un poco de tranquilidad no vendría mal, tal vez mi forma de hablar ha sido demasiado directa. Creo que se impone una pequeña tregua de reflexión, tiempo preciso para ingerir unas copas de vino del país y unas tapas para mitigar el hambre. Por cierto que he llamado ya hace algún tiempo a mi eficaz ama de llaves y aún no ha aparecido.

Aparecen las dos empleadas por la puerta de servicio y sus rostros expresan contrariedad.

Doña Bonifacia: Perdone la tardanza, Don Hermenegildo, pero hemos mantenido una acalorada discusión en la cocina. En primer lugar, sé que no es ni el lugar ni el momento, pero no me puedo sustraer de comentar ahora mismo esta situación, porque tengo la necesidad imperiosa de llevarlo a cabo. Llevo prestando servicios a usted desde hace muchos años, jamás ha oído de mis labios un reproche, todo me parecía bien, y si no era así, lo daba por bueno, en definitiva estar a su lado para mí es un auténtico placer, más que un trabajo es cumplir una vocación. Sin embargo, con la llegada de esta mujer presuntuosa y trepadora, a la que entregó el trabajo de ama de llaves, la convivencia en este servicio doméstico se ha convulsionado. Sus aires de grandeza, su escaso respeto para quien lleva en esta casa más tiempo que ella, sus deseos de agradarle a usted a toda costa, apropiándose y dejando en mal lugar al resto del servicio, me ha llevado a exponerle esta situación. No es una situación nueva, sino que llevo aguantando ya mucho tiempo. El conflicto surge, porque la dama, no tuvo a bien recordarme, que para este fin de semana tendríamos invitados y claro, ésto me supone que tendré que contar con alimentos más reducidos, ...
Srta. Adela: Es usted una persona insoportable, conoce perfectamente, que las órdenes diarias, están a su disposición por escrito en el mural de la cocina, si usted es una persona desorganizada y escasamente escrupulosa en el cumplimiento de sus deberes, no me venga con zarandajas. Dice que soy trepadora, en absoluto, trato de hacer mi trabajo lo mejor posible. Mi responsabilidad es que todo esté a la perfección y que el señor quede complacido.
Don Hermenegildo: Bien, todo está terminado, es una disputa sin importancia, que no tenía que haber trascendido a conocimiento público. Mas como ha ocurrido así, pues tendré que dictar penitencia, también de conocimiento externo, mire Doña Bonifacia, es usted una cocinera magnífica, además sus años de servicio son tantos, que esta pequeña revuelta se le puede perdonar, sin embargo, sepa usted que a su edad, debe respetar, con disciplina, la autoridad de la que está por encima suya, la Srta. Adela, es su jefe inmediato y le debe respeto y acatamiento. Si lo hace así, me estará satisfaciendo a mí. Limítese a cumplir su trabajo y las órdenes que se le dan y por favor, no me haga perder el tiempo, a lo mejor a sus años, sus facultades mentales comienzan a flaquear y si vuelvo a tener una protesta como esta, tendré que despedirla. En cuanto a usted Srta. Adela, alabo su disciplina y rigurosidad, sin embargo echo en falta algo de diplomacia. Le sugiero que practique esta sana y efectiva estrategia. Y ahora, nuestros invitados están esperando un pequeño ágape, si es que es posible.

Las dos empleadas asienten no de muy buen agrado las indicaciones de Don Hermenegildo, sin embargo, retoman sus respectivos trabajos. Desde este momento, la guerra abierta entre ambas rivales domésticas se ha hecho efectiva, sin embargo, de momento se ha iniciado una tregua, que se muestra tensa y de efectos inminentes e imprevisibles.

Fin del primer acto

El primer acto finaliza, con el primer plano del grupo de amigos siendo servidos por el ama de llaves, con las correspondientes copas de vino del país. El talante de los tertulianos es seco y escasamente participativo. Tan solo ha sido una primera toma de contacto, sin embargo, este primer acercamiento, no ha sido, en absoluto, un modelo de diplomacia, al contrario, en estos momentos todos los protagonistas saben exactamente, que su anfitrión además de dar prebendas, también exigirá un tributo a cada uno, ¿Cuál será ?
Acto 2º: Del debate y sus conflictos

1ª Escena del 2º Acto: Hermenegildo recibe, uno a uno, a sus invitados

La escena se desarrolla en el magnífico y amplísimo despacho del anfitrión, sus paredes están laminadas de madera noble en color castaño, la luz solar inunda la estancia a través de una vidriera impresionante. Su mesa de despacho, su ordenador de última generación, sus confortables sillones, los cuadros y adornos, son de exquisito valor y gusto.

Don Hermenegildo:
Adelante, compañero Eleuterio, no tengas ningún tipo de reserva, siéntate en ese cómodo sillón y cuando estés en disposición pues comenzamos nuestra entrevista.
Don Eleuterio: Cuando quieras, ardo en deseos de conocer tus palabras.
Don Hermenegildo: Así me gusta, con decisión y motivación, no en vano has llegado a lo que actualmente eres, sí, no me lo puedes negar, con unos ingresos anuales por encima de los 300.000 euros, la verdad es que no es desdeñable. Claro está, que esto son los ingresos declarados, porque si mi información es exacta, en paraísos fiscales, tienes alrededor de unas plusvalías monetarias de más de 1 millón de euros, intereses netos generados por un inmovilizado de 600.000 euros. Además si le añadimos las propiedades inmuebles, acciones de bolsa y la buenísima colección de pinturas, pues esto asciende en total..., un momento, que mi ordenador cambie de página, sí, aquí está, la cifra patrimonial de seis millones de euros. ¿Estoy equivocado acaso?

La expresión de la faz de Eleuterio, ha perdido su frescura, su petulante seguridad, ahora mismo, la estupefacción y la molestia inunda su mente, no sabe qué decir, pero tampoco sabe adelantarse a los acontecimientos. De manera insegura y dejando patente una tartamudez agudizada, característica desconocida para el mismo Hermenegildo, Eleuterio tomó la palabra, iba a intentar adornar con circunloquios su réplica.

Don Eleuterio: Pues..., vaya..., sí que me has dejado perplejo..., incluso esta maldita tartamudez, que ya había olvidado, me ha sobrevenido. Bien, tu informe es completo y veraz al cien por cien, la verdad, es que aunque me imaginaba que conocías nuestras vidas y obras, jamás hubiera apostado porque tus informes abarcaran todo el ámbito de cada cual. Ya me contarás las fuentes de información, porque en mi faceta de abogado necesitaría de un colaborador tan eficaz y bien relacionado como el tuyo. Bueno, esos son mis números, mis aciertos, mis miserias, ¿ y ahora qué pasa con nosotros?
Don Hermenegildo: Calma compañero, has salido del atolladero con buen tino, no en vano eres abogado. En efecto, ahora tú y yo, y cómo no los demás sabrán todas tus características, tus evasiones de impuestos, tus sobornos aceptados, tus informaciones privilegiadas, tus usos y dejaciones de funciones, tu desmesurada y obsesiva afición de coleccionista de pinturas, llegando incluso a la estafa y la coacción para hacerte con alguna obra de origen humilde. En fin, para qué seguir, todas estas pequeñas y grandes acciones, eso sí combinadas, con la astucia y el acierto en muchas otras, siempre que reviertan en tu propia persona, te convierten en un personaje ambicioso y ciertamente peligroso. Sin embargo, a mí me seducen este tipo de personalidades, sin ir más lejos, yo soy uno como tú, eso sí, a un nivel de poder y de actuación mucho más amplio que el tuyo, no es petulancia, son las cifras las que cantan, un tercera parte de mi patrimonio equivaldría a 100 veces el total del tuyo, ¿me entiendes, verdad?
Don Eleuterio: Me dejas asombrado e incapacitado para musitar palabra. Me someto a tu arbitrio, es una oportunidad única en mi vida el poder colaborar contigo, sé que no podré llegar nunca a tu altura, pero creo que ofrecerás la oportunidad de cumplir el mayor de mis deseos; ver terminada la galería de obras pictóricas de mi propiedad, hasta un total de 100 obras, ahora tan solo tengo 40 y la verdad, al ritmo de compra de que dispongo, en la actualidad, difícilmente podría terminar a medio plazo. No hay nada mejor que poder pasear y contemplar en esta gran sala, todas mis propiedades para ser vistas únicamente por mí. Sí, lo sé, puede parecer una afición demasiado costosa, obsesiva, pero es toda mi vida, ¿lo comprendes?
Don Hermenegildo: Lo entiendo, ¿cómo no lo voy a entender compañero? Mira para que veas que tu forma de ver la vida no es exclusiva de ti, en esta misma mansión, poseo más de 150 cuadros de varias épocas, curiosamente, la mayoría de esta serie, son de la pintura flamenca, sí, compañera, la misma identidad, que a ti, tanto te cautiva. ¿Qué te parece?
Don Eleuterio: No puede ser, tú también tienes esta afición, no me puedo creer, y dices que tienes 150 cuadros, aquí mismo, ¿dónde?, dímelo pronto, necesito comprobar lo que me dices.
Don Hermenegildo: Tranquilo hombre, no te aceleres, mira, a mí esta afición no es que la lleve arraigada, me gusta como a todos, las buenas obras pictóricas, pero la verdad, perder el tiempo en exceso, eso no va conmigo. Al conocer tu monomanía de grandeza, sí tu enfermiza obsesión, pues decidí adquirir un lote de 150 obras por el módico precio de 700 millones de euros, es toda una inversión bien asegurada y con desgravación fiscal.

El semblante de Don Eleuterio refleja un total desasosiego, de nuevo, la tartamudez, se hace presente en su improvisado e incongruente discurso.

Don Eleuterio: No dejas de impresionarme, o tal vez, lo más propio sería reconocer que me abochornas, ya me has examinado y vilipendiado, ¿qué quieres ahora de mí?
Don Hermenegildo: Venga hombre, no te hagas la víctima, después de poner sobre la mesa tus miserias, te planteo una oferta irrechazable, ¿te gustaría ser el cuidador, proveedor y el observador de toda una galería de pintura? Supongo que sí, ¿verdad? Tendrías un sueldo apropiado, una dedicación exclusiva a tu obsesiva afición, y todo el tiempo del mundo para contemplar y aumentar nuestra colección. Todas las obras estarán colocadas en una amplísimo sótano abovedado, debidamente acondicionado.
Don Eleuterio: Tengo varias preguntas, ¿Dices nuestra colección? ¿Qué salario percibiría?, ¿qué presupuesto anual tendría para nuevas adquisiciones?
Don Hermenegildo: No me gusta perder el tiempo regateando con el dinero, porque este preciado metal me sobra a raudales, por lo tanto, mi única y última oferta es la siguiente: 2 millones de euros para tu salario y 2.000 millones de euros para adquisiciones; pensión completa por mi cuenta; así podrás, día a día estar más cerca de tu predilecta afición.

Se produce un breve silencio, ambos personajes se miran fijamente, Don Eleuterio, no tiene conocimiento que todo el trato está siendo grabado en vídeo por Don Ataulfo. Que se ha aprestado a introducir una última cláusula en el contrato. Recién sacado de la impresora, hace acto de presencia entre los dos. La puerta del despacho se abre y Don Ataulfo, el Secretario, le extiende el contrato a Don Eleuterio para su oportuna firma.

Don Eleuterio: Pero bueno, ¿qué es ésto?, tan seguro estás de mi aceptación. Aquí dice que el acuerdo será vitalicio e indisoluble; ésto para un abogado es inadmisible. También habla de que en caso de muerte o enajenación mental, todas las obras se entregarían al Museo del Prado. Me parece injusto que en caso de tu desaparición me vea privado de la propiedad de la colección.
Don Hermenegildo: Eres más ambicioso de lo que podía suponer, sea como tú quieres. En caso de mi incapacidad o muerte, toda está colección que estará depositada en la cripta abovedada del sótano, tal como te expresé antes, estará a tu disposición en este búnker y permanecerás encerrado de por vida al cargo de su custodia . Reconozco una cierta influencia de la cultura egipcia, ya sabes que los faraones se acostumbraban encerrar en sus tumbas con todo su tesoro y fieles servidores, ¿te parece aceptable mi propuesta?

Don Ataulfo, atento a la última indicación de Don Hermenegildo se ha aprestado a introducir una última cláusula en el contrato. Recién sacado de la impresora, hace acto de presencia entre los dos. La puerta del despacho se abre y el Secretario le extiende el contrato a Don Eleuterio para su oportuna firma.


Don Eleuterio: No cabe duda de que eres un animal fatuo, prepotente, megalómano, narcisista; mas has encontrado en mí un siervo que se inclina ante su amo, Ataulfo, trae esa estilográfica, que quiero vender mi libertad, todo sea por verme rodeado de las bellas imágenes que la pintura me brinda. Así puedo entregarme hasta más allá del presente.

Tras la oportuna firma, un protocolario estrechamiento de manos cerró la entrevista. Acto seguido y precedido de Don Ataulfo, ambos salen del despacho. Don Eleuterio henchido de gozo vocea grotescamente:

Don Eleuterio: ¡Hala, la primera cabeza de turco ha pasado por la piedra!, ¡Seguid pasando pandilla de desgraciados, ja, ja, ja, ja...!

En el salón, el grupo de amigos se miran atónitos. Don Mauricio Pipoca, contesta airadamente:

Don Mauricio: Pedazo de bastardo, te voy a reventar. ¿Qué te ha dado nuestro anfitrión que te ha convertido en un alucinado?

Desde la misma puerta del despacio y con voz enérgica, Hermenegildo se dirige a Mauricio con cierta ironía:

Don Hermenegildo: Si quieres conocer esta respuesta y alguna otra, acércate a mi despacho, te ha llegado tu turno.
Don Mauricio : ¡Cómo no, estaba deseando esta llamada!

Una vez acomodados los interlocutores en sus respectivos asientos, tomó la palabra Don Hermenegildo.

Don Hermenegildo: Bien, me congratula el contemplar que la naturaleza ha sido muy benévola contigo, así pues, tu corpachón sigue siendo fornido y se podría decir que es una adecuada presentación para mis planes. Pero vamos por partes, nuestro amigo Eleuterio, ha salido eufórico y no es para menos, el sueño de su vida se va a realizar. Después del acuerdo firmado, el va a ser el experto cuidador y mantenedor de la que va a ser una gran pinacoteca.
Don Mauricio: La causa de esa manifestación alocada, estriba en que tú le has dado un trabajo de quita polvo de los cuadros. Pero vamos, o estamos chiflados o algo no me casa. ¿Habrá un buen sueldo, y también alguna otra prebenda más?
Don Hermenegildo: En efecto, eres muy perspicaz, el contrato firmado tiene aspectos muy enjundiosos, pero también está señalado de contraprestaciones exigentes. Bien, hasta aquí llega todo lo que debes conocer, lo demás queda para la privacidad de cada cual, por lo menos mientras Eleuterio no quiera que trascienda su contenido. Una vez apagada tu primera curiosidad, vamos con tu caso, como te decía me interesa mucho tu arrogante presencia física y en base a este hecho se dirige mi propuesta.
Don Mauricio : ¡Uf, un momento, que esto me está sonando a raro¡, no me vas a contar que a la vejez te has vuelto loca, es decir pusilánime, porque ya sabes que yo soy muy macho, y que no paso por asuntos afeminados.
Don Hermenegildo: Tranquilo hombre, tu virilidad está segura. Por lo menos de momento. No, no me ha dado por la homosexualidad, cuando halago tu corpachón me refiero a las condiciones innatas que posees para el trabajo de sicario.
Don Mauricio : ¡Menos mal, no sabes que peso me quitas de encima!, de todas formas, no me gusta eso de por el momento, si una cosa tengo claro es que a mí me gustan las mujeres y no los tiparracos, ¡te queda claro!, por lo tanto no hay que dudarlo. En cuanto a mi constitución corporal, la verdad es que no me puedo quejar, a mi edad, todavía propino unos puñetazos ..
Don Hermenegildo: ¡Que se lo digan a tu mujer!, ¿verdad?

Don Mauricio se encrespa y balbucea entre dientes una monumental palabra malsonante.

Don Hermenegildo: Tranquilízate, tienes que acostumbrarte a frenar tus impulsos. Te recuerdo las diversas palizas que has repartido a tu esposa, amantes, empleados... en fin, toda una serie de agresiones que te confirman como un asesino. Ésa es la característica que me interesa contratar de tu persona. Quiero tener un matarife a mi disposición, un mercenario sin escrúpulos que ejecute sin vacilar mis encargos. Cuando considere oportuno requerir tus servicios deberás maltratar, torturar y asesinar sin vacilar. Por supuesto que a cambio obtendrás un sueldo jugoso, ¿qué te parece 500.000 euros al año?
Don Mauricio: Bueno, la oferta me atrae mucho, pero matar nunca lo he hecho. Aunque, alguna vez tendré que iniciar a cobrar víctimas.
Don Hermenegildo: El contrato deberá firmarlo y tendrá validez hasta el día de mi muerte. Si llegases a incumplir algún encargo de mi parte, el acuerdo se romperá e inmediatamente dejarás de percibir el salario. Además una cinta de video llegará a las manos del inspector de policía, lo que te complicará tu existencia.
Don Mauricio: Éso no será necesario, las víctimas caerán unas tras otras.

Don Mauricio Pipoca sale exultante del despacho de Don Hermenegildo. De sus labios no brota ni una sola palabra, sin embargo una amplia sonrisa se dibuja en su rostro.

Don Mauricio: Te toca a ti, Roberto.

Temeroso e indeciso, Don Roberto se dirige lentamente hacia el despacho.

Don Hermenegildo: Bien, se me está haciendo muy larga la mañana, espero que en tu caso todo sea igual de fácil como me ha resultado la negociación con Mauricio. Quiero atender decididamente tu aspiración de salir, con carácter definitivo, de la miseria. En tus mano está la clave.
En cuestión de horas tu mujer y tu hijo recibirán una entrega de 10 millones de euros. Tan sólo deberás firmar este contrato por el cual deberás renunciar a tu familia. En una palabra, voluntariamente te separarás de tu esposa e hijo para siempre jamás. Asimismo, entrarás a formar parte de mi servicio personal en calidad de jardinero. Buen sueldo, comida y habitación gratuita.
Don Roberto: Tu mente está gravemente enferma. Te crees que todo lo puedes comprar con dinero. Lo que me acabas de proponer es aberrante.
Don Hermenegildo: Insisto, es una gran propuesta, piensa que tu mujer se levantará de la depresión, que tú hijo tendrá el futuro resuelto; baja del pedestal que tu orgullo te ha creado. Se práctico y beneficia a tus seres queridos.

La cabeza apoyada en la mesa, la respiración entrecortada...; tras unos minutos de difícil situación, Don Roberto estampa la firma en el contrato. La salida del despacho no es triunfal ni jocosa. Don Roberto ciertamente abatido hace mutis en dirección a su dormitorio. Como último entrevistado, Don Primitivo Flor toma asiento en el interior del despacho.

Don Hermenegildo: Contigo finalizo ésta tarea de trasladaros mis planes. Imagino que estarás deseando salir de ese mundo tan patético en el que actualmente vives. Admiro bastante tu capacidad de aguante y tu inteligencia para poder acomodarte a las circunstancias. Bajo esa supuesta fragilidad afeminada, se impone tu fuerza interior. Me interesa tener a mi lado tus consejos e ideas sobre mi forma de vida.
Don Primitivo: No me esperaba esta solicitud. Jamás he negado, ni tampoco lo haré en adelante, mi tendencia homosexual, por esta convicción he soportado insultos, quejas, agresiones... Sin embargo, he aprendido a convivir con todas esta adversidades, al fin y al cabo es mi personalidad y no renunciaré nunca a ella.
Don Hermenegildo: Sí, me parece coherente, por lo tanto por ser mi asesor personal, recibirás un sueldo igual que el de Mauricio, es decir, 500.000 euros anuales. Cada vez que te pida consejos sobre un tema, me lo darás e inmediatamente, si lo estimo conveniente, se ejecutará tu opinión. Es imprescindible emitir una opinión, por lo que el silencio sobre alguna cuestión planteada, provocaría la inmediata intervención de Mauricio. El contrato, vincula a las dos partes con carácter vitalicio.

Después de la última de las firmas, el anfitrión y sus cuatro invitados, una vez reincorporado Roberto al grupo, alzan las copas de vino y brindan por sus futuras existencias. Todos muestran un semblante distendido y gozoso, todos excepto Roberto, que aún mantiene un gesto serio. Sin embargo, tal vez por resignación va asumiendo que su sacrificio tendrá un efecto seguro y altamente positivo en la que fue su familia.

El club de los vaciados va tomando cuerpo, Don Hermenegildo ha diseñado el plan y va ejecutando la introducción del mismo a la perfección. De una manera astuta y jugando con la ventaja de conocer la vida privada de cada cual, ha atraído a toda su antigua pandilla hacia un vínculo perverso. En efecto, durante este segundo acto, que ahora finaliza con esta escena, se ha montado la base del desenlace final. Hermenegildo va a seguir tirando de los hilos y en una ofuscación sin par, provocará que las emociones y pasiones, que los miedos y las frustraciones, que las venganzas y envidias se impongan sobre la mesura y la tolerancia. Al fin y al cabo, el descabellado plan del excéntrico millonario tan solo buscaba eso, una viciosa atracción hacia su esfera de influencia y una total sumisión ha sus designios. Una vez perturbadas las mentes y subvertido el escaso orden existente la fase crítica estaba servida.


Fin del segundo acto

Acto 3º De la inesperada resolución

Escena 1ª del acto 3º: En la cocina se enciende la chispa inicial


Introducción: Tras un copioso almuerzo, todos los miembros de esta secta, que han vendido su dignidad a cambio de una posición ventajosa, se encuentran diseminados por el amplio inmueble. Don Ataulfo, se dispone a abandonar las dependencias de la casa, cuando observa como Doña Adela, acaba de salir del despacho de Don Hermenegildo, su semblante está radiante. El secretario despechado, se enoja y se deja llevar por su desamor.

Don Ataulfo: Muy contenta venimos, ¿se ha perdido algún besito con destino a la hermosa cara de nuestro jefe, o tal vez ha habido más variedad de alternativas zalameras?

Srta. Adela: Las ha habido, las hay y las habrá, tantas veces como nos dé la gana y de la especie que a los dos apetezca. ¿Por qué no aprovecha su oportunidad y corteja a nuestra patética cocinera?

En un arrebato incontenible, Ataulfo, se lanza encima de la ama y tras inmovilizarla la besa en los labios con violencia. Tras la inesperada maniobra y una vez consumado su beso, la mujer grita desesperadamente y le araña con la mano derecha la mejilla del secretario. Inmediatamente Hermenegildo acude a hall de entrada. La ofendida mujer corre a los brazos de su jefe.

Srta. Adela: Ha sido horrible, esa bestia despechada de secretario que usted tiene, me ha humillado y forzado a ser besada por sus desagradables y pringosos labios.
Don Hermenegildo: Vamos, vamos, ya pasó, tranquila que no creo que sea para tanto. Hay que saber disculpar este exceso, porque Ataulfo está locamente enamorado de usted. Vamos a ver, D. Ataulfo, pídale disculpas a la señorita y repare su afrenta con un buen regalo.
Don Ataulfo: Sí, lo reconozco, mis celos y mi amor no correspondido me han convertido en un poseso, le pido humildemente perdón, le prometo que no volverá a ocurrir. Próximamente le agasajaré convenientemente.
Srta. Adela: No, ni una vez más, ya estoy harta de aguantar tanto machismo. No voy a tolerar más abusos, me tendré que marchar de esta casa.
Don Hermenegildo: Querida Adela, usted no se puede marchar, ¿acaso no recuerda que yo pagué por usted 200.000 euros para liberarla de aquel burdel? Una sola llamada a su amigo proxeneta y su ajetreada vida, volvería a ser su medio de subsistencia. Así que no se haga más la ofendida y procure vivir y dejar vivir.
Srta. Adela: Es usted un monstruo, no sé cómo puedo amarle tanto. Sí, sé que me tiene en su poder, pero no me puede obligar a ser amable con quien me da asco. Yo soy suya y solamente suya.
Don Hermenegildo: Así me gusta, complaciente, agradecida, y sobre todo sumisa. Me gusta que la gente sea feliz haciendo lo que yo les mando.
Don Ataulfo: Si no les importa, me voy a tomar un café que Doña Bonifacia tan ricamente prepara.
Don Hermenegildo: Buena idea, dígale que sirva café para todos. ¡Ah!, estaremos recreándonos en el sótano con mi colección de pinturas. Allí, mis amigos y yo saborearemos la belleza hecha pintura al aroma del mejor café de Colombia.

Escena 2ª del acto 3º: Los preparativos letales en la cocina


En esta escena, la amplia y bien cuidada cocina de la mansión, se prepara para el inicio de los primeros óbitos. Dña. Bonifacia, a mitad de camino entre paranoia, frustración, agresividad, deseos de venganza, a sabiendas de los gustos de su patrón, está preparando la exquisita bebida aromática y estimulante del mejor café de Colombia, pero en esta ocasión se dispone a introducir un elemento novedoso y letal para la salud. Se trata de un poderoso cóctel de raticida, arsénico y extracto licuado de amanita phaloides (la seta más venenosa conocida). El efecto sería casi inmediato, unos sorbos y apenas dos minutos después, un fulminante paro cardiaco, cegaría la vida del que lo ingiriera. El café exterminador estaba preparado, la acción de la obra continua.

Don Ataulfo: Buenas tardes, por favor, un cafetito me vendría de maravilla. ¡Hum!, que bien huele, usted es la que mejor prepara el café, ¿me sirve uno bien cargado?
Dña. Bonifacia: Le veo muy preocupado, ¿le gustaría evadirse de sus problemas?
Don Ataulfo: No sabe cuanto, por cierto, tiene que llevar café al sótano, a la galería de pinturas. Allí estará el jefe y sus amigos mirando las pinturas. Como le iba diciendo, con usted me puedo confiar, esa guarra de ama de llaves me tiene a mal traer, esa concubina reconvertida me desprecia y mis celos me atormentan sin cesar.
Dña. Bonifacia: Tenga, beba esta pócima y verá que sus problemas se esfuman. Además le aseguro que esa pendona de ama de llaves, también, en breve, deambulará por otras dimensiones.
Don Ataulfo: Rico y sabroso, hoy mejor que nunca.

La Srta. Adela entra en escena, sus malos modos se dejan notar.

Srta. Adela: A ver, ¿qué pasa con el café?, ¿para cuando se sirve a todos en el sótano? Dña. Bonifacia, cada día va perdiendo facultades.
Dña. Bonifacia: Lo siento, mi ama, no volverá a ocurrir, aquí tiene su taza con todo el respeto y la admiración hacia su persona. Le prometo que no me volverá a ver fallar nunca más.

Después de ingerir, con cierta avidez, la taza que gentilmente le ha ofrecido la cocinera, la ama de llaves comenta:

Srta. Adela: Qué extraño me resulta tanta amabilidad, pero en fin alguna vez tendría que aceptar que yo soy la jefa del servicio de esta casa. Me parece que me voy a sentar un poco, porque me siento como mareada. ¿Le importa que le haga compañía Don Ataulfo?, ¿no me escucha?, ¿pero qué le pasa? ¿No le ve usted a Don Ataulfo un semblante muy pálido?
Dña. Bonifacia: En efecto, así parece.

La cocinera se acerca al secretario y apoya la mano en el hombro derecho, de inmediato el cuerpo de Don Ataulfo se desmorona como un pelele y cae redondo al suelo. Un grito estremecedor parte de la garganta de la Srta. Adela, nadie la escucha, todos están en el sótano. La ama de llaves, mira fijamente a la cocinera, y ante la pasividad de ésta, comienza a intuir su final.

Dña. Bonifacia: Pobrecito, está muerto, bueno ha descansado de tantos quebrantos. Por cierto, a usted, a ti guarra prostituta, también se le está poniendo una cara muy blanca, ¿no nota su pulso muy bajo?
Srta. Adela: ¿Qué me ha dado?, ¿qué me ha echado en el café, maldita vieja?

Estas fueron las últimas palabras de la azarosa vida de la ama de llaves. La expresión triunfante y risueña de la cocinera, dejo escapar unas risotadas que hubieran hecho estremecer al mismísimo Boris Karloff.
Minutos más tarde, la cocinera, porta la amplia bandeja de plata con el juego de café y las cinco tazas de servicio. Entre los miembros del club de los vaciados, la presencia de la bebida estimulante, sirve de centro de atención, porque entre la hora vespertina, el rigor de la digestión y el mirar tanto cuadro, estaba creando un ambiente de sueño irremediable. Uno tras otro, la cocinera sirvió a cada invitado dejando al anfitrión para el último lugar. Todos sin excepción, tomaron deprisa el líquido y funesto bebedizo.

Dña. Bonifacia: Queridos invitados, querido y amado jefe, os preguntaréis por qué está madura y humilde cocinera, os ha servido el café. La respuesta es bien sencilla, podría decir que la Srta. Adela, la perfecta y bella ama de llaves, está indispuesta. Sin embargo, no es así, a estas alturas de mi vida no quiero caer en una mentira más. La Srta. Adela, ahora mismo yace en el suelo de la cocina. No, no tema, está bien acompañada por Don Ataulfo, el cual, también mora a su lado. Eso sí, en las mismas condiciones de fallecimiento. No, no se me agolpen a la hora de querer hablar, sé que la curiosidad morbosa les invade. Quién, cómo y por qué los ha matado, muy sencillo, yo misma. Insatisfacción, venganza, asco y un cierto dolor en la cabeza que parece como si quisiera explotar, además oigo voces y pitidos, y gente que me pide... un momento, por favor, ¿me permiten que me siente a la mesa?

Alrededor de la mesa, los invitados y el anfitrión, se encuentran sentados. Las posturas de los cuerpos son recias y sus rostros pálidos. La muerte se ha adueñado de sus respectivas existencias. El primero de todos en entregar su vida ha sido el fatuo y manipulador Hermenegildo Pi, cuyo rostro refleja una expresión de sorpresa y de pavor.

Dña. Bonifacia: ¡Ah!, sí como les decía, esas voces que oigo me hablan que tengo que cumplir una misión, aquellos que se interpongan en mi camino, deberé facilitarle su eliminación. Ahora he cumplido mi misión, he hecho lo que esas voces me pedían y también voy a beber de mi cicuta para dejar esta perra vida.

La cocinera asesina, acerca lentamente la taza a sus labios, voltea el contenido de la citada taza y todo parece llegar a su fin. Vulgarmente diríamos que en este melodrama no se salva ni el apuntador. Pues no, se equivoca. En el último segundo, la cocinera, deja caer la taza y su mortal contenido.

Dña. Bonifacia: Esas mismas y malditas voces, me dicen que debo seguir con mi misión. Quedan muchas personas por aliviar, y también, mucho café que preparar. La madura cocinera esboza una amplia sonrisa, hace mutis por el foro...























Policíacos: El inspector Tostarrosa


Los variados casos del inspector Tostarrosa

1º Caso: Una afortunada cabezadita

Me dolía la espalda bastante. Mis cincuenta años a cuestas y tanto tiempo sentado en el sillón del coche me pasaban factura en toda la musculatura y vértebras dorsales. Desde esta postura anquilosada, procedí a estirarme, todo lo que las dimensiones del interior del vehículo me posibilitaba. Después de estos mínimos ejercicios y de algún que otro bostezo, abrí la guantera y capturé una pastilla de paracetamol. La ingerí con el pequeño trago de agua restante y decidí esperar a que fueran las 7 horas. Confieso que después de una noche de vela, no eran los mejores momentos como para estar alerta. Como era previsible, en breves instantes me invadió un cierto sopor. La noche y la madrugada habían sido tediosas, ningún elemento digno de mención. Harto de oír la radio, harto de comer almendras y beber agua. Aguantando los dolores de espalda, con unas ganas de estirarme en la cama y dormir a pierna suelta. En fin, entre todas estas ideas repetitivas y el sopor, mi cabeza se escoró hacía el asiento del copiloto. Unos segundos después un ruido estrepitoso me sobrecogió. Centenares de pequeñas partículas cristalinas alcanzaron mi cuerpo y mi cara. Como si de una medida de autodefensa se tratara, encogí y estiré mis dos piernas hacía la ventanilla del conductor. Mis zapatos de gruesa goma de dibujo, del número 42 de talla, impactaron en el cuerpo de aquel individuo. El alarido que expulsó fue acreditativo de que mi acción le había minado sus ansias de triturarme. Rápidamente abrí la puerta de mi coche y me precipité encima del agresor. Con el peso de mis 80 kilos, más la doble coz que antes le había propinado, el encapuchado destrozador del cristal de mi ventanilla perdió el conocimiento. Jadeando aún, por el esfuerzo acumulado y todavía con las pulsaciones del corazón por las nubes, le descubrí el rostro y comprobé como mi actual cliente, D. Fausto, era la persona que había osado atacarme.
Me encontraba tranquilamente sentado en el ostentoso sillón del majestuoso salón de mi insospechado agresor. D. Fausto, estaba convenientemente atado de pies y manos, tendido en su confortable tresillo adamascado. Mientras esperaba que recobrara la conciencia, me deleitaba con un pelotazo de güisqui de marca sobresaliente, lo que a las 8 horas y 30 minutos me estaba cayendo en el estómago con una misma patada de mula. Más poco me importaba, todo fuera por hacerle gasto a mi ingrato contratante. Como el individuo perduraba en su sueño, me dirigí al frigorífico y allí capturé varios artículos de calidad suprema. Pasaron unos diez minutos y allí estaba yo, sentado enfrente del durmiente. Me encontraba muy entonado, pues los emparedados y el segundo vaso de güisqui me estaban dejando como nuevo. Al fin, tras unos balbuceos, mi compañero de conflicto recobró la conciencia:
- ¿Pero qué hago yo aquí y amarrado?.
- Tranquilo D. Fausto, yo se lo explico. En resumen, lo que ocurre es que usted venía de una fiestas de máscaras, pasaba por allí, con alguna resaca y claro como iba disfrazado de verdugo con porra incorporada, pues la emprendió, primero con el cristal de mi ventanilla y luego iba a por mí. Lástima que yo le despaché con un par de suelazos de mis zapatones y con el peso de mi experiencia. Eso fue lo que pasó en clave de humor, claro. Ahora dígame, el motivo de su actuación.
- Vamos a ver, esto es absurdo, suélteme, yo soy el pagador de sus servicios, le ordeno que me libere.
- Mire, usted será lo que quiera. Tendrá mucho dinero, pero eso no le da derecho a manejar a la gente y lo que es peor a intentar masacrarlas. No le voy a otorgar la libertad, así porque así, primero me va a contar todo con pelos y señales, después si lo que me cuenta me convence a lo mejor no lo denuncio. Evidentemente, tendrá que aflojar mucha pasta, más que nada para indemnizarme por los momentos tan delicados que ha pasado mi integridad física.
- Es usted un aprovechado y un cínico.
- Mire déjeme que me lo tome así, a título de esperpento. Prefiero ser lo que soy, un humilde detective, con las espaldas doloridas, a ser un criminal adinerado, como usted. Sí, porque estuvo a punto de conseguir dejarme en el sitio. Así que deje de pavonearse y de vacilar y cuéntemelo todo, porque le aseguro que se me están acabando las ganas de bromas y que me están entrando ganas de continuar pateando a cierto personaje.
- No, eso no, mire, yo le pagaré bien, pero déjeme libre. Ha sido un error, yo creía que usted era un detective del montón, un mero vigilante sin más preparación. Mi intención no era matarle, tan solo quería dejarle inconsciente, lo que pasa es que usted se dejó caer en el asiento de al lado, de manera inesperada y claro fallé. Con un solo golpe de mi cachiporra abría penetrado entre los cristales y le habría alcanzado en la cabeza, lo suficiente como para dejarle inconsciente.
- Sí, claro muy bien pensado. Lo que pasa es que a esa altura y en posición lateral, lo más probable es que además del estallido de cristales en toda la cara, que me podía haber afectado a mis ojos, además podía haberme alcanzado en alguna zona vital del cráneo. Todo muy controlado, pedazo de estúpido aficionado. Termine escoria de individuo.
- Sí, ya continúo, pero tranquilícese, no se altere, recuerde que le voy a indemnizar muy bien. En realidad yo le contraté para que me sirviera de coartada. Usted, estaba vigilando a Carola, mi amante, yo le había contado que presentía que ella me era infiel. Pero quería la confirmación inequívoca. En efecto, Carola mi amante, también me era infiel, pero eso ya no era noticia para mí, porque yo mismo lo había comprobado. Por lo tanto, lo que quería es darle una paliza a ella y a su amante. Esa misma noche, los estaba esperando en el apartamento que yo le había regalado a esta ingrata mujer pública. Me escondí en el amplísimo armario empotrado, que me había costado un riñón. Así cuando los dos se encontraban en plena faena amatoria, me deslicé sigilosamente y tras encañonarlos a ambos con mi pistola con silenciador, les flagelé con mi látigo de piel curtida, con denominación de origen. Tras hacerles visibles llagas en sus pechos, espaldas, nalgas y algún que otro recuerdo en sus zonas más nobles, decidí marcharme. Sí, con esta lección me era suficiente. Pero es que la gente no se conforma, les había regalado la posibilidad de vivir, pero el fulano, intentó agredirme por lo que le desparramé sus sesos por toda las sábanas. En cuanto a la perdida de Carola, pues nada, la muy estúpida, de la impresión sufrió un ataque fulminante al corazón y la palmó. En fin, dos cerdos menos para alimentar en esta sociedad plena de mediocridad y de necios subvencionados. Por eso, quería colgarle el marrón a alguien. Quién mejor que un detective muerto de hambre como usted. Pero no, la noche no pudo completarse. No sé por qué, pero en el último segundo se desplazó lo justo para que no le pudiera atizar convenientemente. Si lo llego a conseguir, una vez dormido, lo hubiera llevado a la escena del crimen, lo dejo allí, lo empapo de sangre, le dejo el arma en su mano, aviso a la policía y hala a pringar, qué le parece detective con suerte, qué le parece de lo que se ha librado. Ahora la cosa ha variado, déjeme libre, no llame a la policía y tendrá una cuenta de tantos ceros, que jamás volverá a trabajar.
- Impresionante, oiga, digno de una película americana. Así que una vez más los celos, los amores traicionados, la infidelidad, el dinero malgastado. En fin, casi siempre mis casos están envueltos en estos menesteres, por lo tanto no me puedo sorprender en absoluto. Sin embargo, señor con nombre pomposo y dramático, su historia no ha sido tocada de la debida suerte. Por una parte, si damos por veraz que se ha cargado de una tacada a sus enemigos naturales. El invitado propiciatorio, es decir yo, gracias al sueño acumulado y a una pequeña cabezadita, me he salvado de la quema. Bueno, ya sabe, son cosas del azar. No me toca la lotería, pero hoy, me ha llegado una prórroga vital. Mire, le tengo que comunicar, que a mis 50 años, estoy curado de espanto. Fui policía, durante 20 años, no llegué a ser una celebridad, pero resolví más de una treintena de casos. Hace unos 5 años, por un conflicto con mis superiores me despedí, sí, la verdad es que mi pronto me ha jugado malas pasadas. Por lo tanto, se equivocó de persona, escogió a un perro viejo, con cierta suerte. Le diré lo que vamos a hacer ahora mismo. Voy a llamar a un amigo mío. Por supuesto policía. Él hará alguna investigación de carácter semioficial, si se confirma su hazaña, le entregaré a la policía. Qué le parece mafioso de pacotilla.
- Es usted un perdedor y un estúpido, le puedo llenar de dinero. Aproveche su oportunidad. Mire, tengo posibilidad de rodearme de los mejores abogados, alegarán las mil y una atenuantes, incluido el típico auxilio de la enajenación mental transitoria. Así, que estaré muy pronto fuera. ¿Qué habrá conseguido, imbécil? .
- Sí, ya conozco la historia de los tipos como usted, que por su posición y dinero, tienen acceso a unos beneficios judiciales que la mayoría de los mortales no disfrutan. Sin embargo, no olvide lo que le voy a decir, antes de que le llegue la libertad con o sin fianza, en el tiempo que oscila desde su primer confinamiento, hasta que la investigación y redacción del informe policial finalice, en ese período más o menos largo, ¡quizás algún reo indeseable pueda sugerirle, imponerle, violentarle, ya me entiende, no!. Sabe que quizás, le pueda quedar grabado un recuerdo muy ingrato para el resto de su asquerosa y adinerada vida corrupta. En cuanto a lo que me debe, le pasaré una minuta por el servicio prestado, los daños de mi vehículo y un plus por peligrosidad. Un precio muy benigno para su intento de abuso, 5.000 euros, IVA incluido.
Efectué la llamada a mi amigo Freddy y me confirmó el hallazgo de la empleada del hogar de los cuerpos muertos. Le relaté los hechos y le facilité la dirección del presunto criminal. Una vez entregado el reo, acabo de elaborar el informe de colaboración para la policía. Espero que sea suficiente y no tenga que ir a la comisaría, no me apetece encontrarme con el comisario Vento, ese prepotente personaje de infausto recuerdo para mí.
Deambulo por la calle, en dirección a mi casa. Estoy molido y bostezo con frecuencia. En mi bolsillo poseo, las 5.000 euros de mi último caso. Tengo la boca seca y me saco un cuerpo extraño de la misma. ¿Qué es esto?. Bah, un resto de las partículas del cristal de mi ventanilla.

2º Caso : Verónica, una constante fuente de sorpresas

Mi economía no estaba muy saneada que digamos. No disponía de liquidez, ni a corto, ni a medio plazo. Por lo tanto necesitaba de un nuevo caso que me ayudara a salir a flote. Durante las últimas dos semanas había tenido tiempo, más que suficiente, para ordenar toda mi mesa de los muchos papeles que se entremezclaban sin orden alguno. Asimismo pude hacer un estudio riguroso de carácter contable. Como dato positivo, tenía al día los pagos de alquiler de la oficina, la luz, el teléfono, etcétera. Como referencia decadente que invitaba a llorar, que la cantidad que restaba en la cuenta corriente era tan escasa que omitiré reseñarla por el sonrojo que me produciría citarla.
Sin embargo, la experiencia y algún instinto desarrollado, me hacían predecir que muy pronto tendría un nuevo caso que investigar. En efecto, esta vez, hasta yo mismo me vi sorprendido porque lo esperaba pero no tan repentinamente. Así fue, el respingo que tuve que realizar aupándome del sillón, fue de tal consideración que la clienta al entrar no pudo o no quiso evitar una amplia risa:
- Perdone, señor D. Edelmiro Tostarrosa, no he podido disimular y me he tenido que reír, pues me parece que le ha sorprendido mi relampagueante entrada. Le reitero mil disculpas, pero es que cuando suceden estas pequeñas anécdotas uno no puede resistirse a la inmediata liberación del instinto primario de la risa.
- No se preocupe, señora, mi sentido del ridículo lo tengo muy disciplinado. Confieso que su fulgurante e inesperada entrada, me provocó una cierta inquietud y lo más inmediato fue un ejercicio rápido de estado de alerta. Además, que quiere que le diga, si una hermosa mujer, como usted es, además de su escultural presencia corporal, la realza con una bellísima risa, a un humano, como yo, pasmado ante la contemplación de tanta riqueza, solo puede callar y admirar atónito.
- Qué barbaridad caballero, muchas gracias por sus loas, son excesivas. Desconocía, D. Edelmiro, que además de detective era todo un poeta.
- Le puedo asegurar que me ha salido de lo más profundo de mi ser. Esta faceta es novedosa para mí, no suelo componer ni oral ni epistolarmente, este género. Pero es que ha sido tan apabullante su estímulo, que me ha provocado la emisión de este justísimo reconocimiento. No obstante, para que vea que también soy bastante crítico y realista, no insista en apelarme por el nombre de pila. Sí, sé que así me llamo, lo llevo con resignación desde mi tierna infancia, pero por favor no incida usted en la práctica reiterada de su uso, porque presiento que ni los efectos que su belleza dimana, podrían evitar que mi devoción por su persona se difuminara paulatinamente, cuanto más hiciera uso de esta ingrata nominación, que en mala hora mi padre tuvo la ocurrencia.
- Sea como quiere, Sr. Tostarrosa. Aunque conste, que su apellido también me induce a pensar, con perdón, en un famoso modelo de una conocida escudería de vehículos a todo lujo.
- Bueno, bueno, mientras sea eso, pues bienvenido sea, al fin y al cabo así podré alardear de algo, aunque sea ficticiamente. Lamentablemente contrastará con mi turismo actual, un Renault 5, de tan solo 14 años de vigencia. Bueno, después de esta distendida conversación introductoria muy jocosa, pasemos a la cruda realidad de las labores propias de nuestro trabajo, cuénteme por favor.
- De acuerdo, mi nombre es Verónica Pérez, sí, lamento no tener un apellido más relumbrante, pero este es por cierto. La razón por la que deseo contratar sus servicios es la siguiente, en un inmueble de mi propiedad estoy siendo, sistemáticamente atracada. Sí, en principio no son robos de entidad, pero sí varios. Mi casa en el campo se encuentra ubicado en un terreno de más de 10 hectáreas. Su perímetro se encuentra perfectamente vallado, electrificado y periódicamente vigilado. El personal que me asiste se compone de una cocinera y un pinche, 3 chicas de servicio, un ama de llaves, un empleado de mantenimiento, un jardinero, un chófer, un servicio de vigilancia contratado durante las 24 horas. Como puede comprender mi estado de incertidumbre es grande, no sé si es alguien del personal a mi cargo, si es alguien que tiene libre acceso a mi casa desde la impunidad de la confianza, no sé que pensar. Me siento muy inquieta y nerviosa. Un amigo de un amigo, me recomendó a usted por su valía y discreción. Su valedor es un policía amigo suyo, un tal Freddy.
- Perfectamente descrito Sra. Verónica, mire, tal como me lo plantea no hay más remedio que investigar a fondo. Pueden ser varios los sospechosos y ciertamente comprendo su estado de ánimo. Mire, le propongo instalarme en su casa de campo, en calidad de invitado, o sea de incógnito, durante un tiempo prudencial, no más de una semana. Así le serviría de vigilante y también tendría tiempo para estudiar los acontecimientos. ¿Qué le parece?.
- Me parece perfecto, es usted un lince en esta materia. Le presentaré como un antiguo amigo de la familia. No se preocupe por nada, todos los gastos de manutención corren de mi cuenta. En cuento a la minuta usted me dirá.
- Pues me voy a dar de plazo máximo una semana. Teniendo en cuenta que voy a prestarle dedicación exclusiva e intensiva, ¿Qué le parece unas 18.000 euros por semana de trabajo?.
- Considero que son unos honorarios bajos. Afortunadamente, soy una rica heredera y no escatimo el dinero con quien me acredita unos servicios valiosos. Por cuanto a la feliz finalización de sus pesquisas será debidamente recompensado. ¿Está de acuerdo detective Tostarrosa?.
- Señora, si usted lo cree conveniente, será de bien recibido. Por cierto, tendremos que tutearnos para que la situación sea más creíble. Le parece bien.
- Correcto. Le espero esta misma tarde. Mi chófer privado le pasará a recoger a las 17 horas en estas mismas oficinas.
- Muy bien, nos veremos esta tarde, gracias.
- Por cierto Edel, aquí tiene sus honorarios por anticipado de la primera semana. ¿Le gusta el apelativo?.
- Verónica, que gusto ha tenido a la hora de componer la abreviatura de mi nombre. Si se me hubiera ocurrido antes, cuantas bromas y risas habría evitado. En cuanto a este adelanto, no era necesario que por anticipado me diera la totalidad de la semana, pero en fin, no me atrevo a discutirle nada, pues nobleza obliga.
Pues, sí, mi sexto sentido me había avisado que hoy iba a tener buenas noticias. Pero jamás había podido esperar que se encadenasen tantas buenas sensaciones. Primero, la actualización de mis finanzas. Segundo, una previsión de una semana en un pedazo de casa de campo. Tercero, una mujer de bandera, pero en este caso con más estrellas que la de los Estados Unidos. Cuarto, un nuevo caso, muy apetitoso e impredecible.
- ¡Ojalá todas las mañanas fueran igual que esta!.
Tan puntual como un reloj suizo, el chófer de mi cliente y anfitriona me vino a recoger a las cinco en punto. Con una bolsa de viaje en la mano, saludé al empleado. Me recogió el liviano equipaje con una mano, mientras con la otra me abría la puerta trasera derecha. Jamás, antes, había podido disfrutar de un coche, con un habitáculo tan lujoso y espacioso como el de este vehículo de alto postín. La decoración de madera noble, el cuero de los sillones, su ergonomía envolvente, sus dimensiones. En fin, un coche de película. Me dispuse a disfrutar del corto viaje. Pegado al respaldo del conductor un mueble consola de varias puertas se me ofrecía a la vista. Descorrí la más cercana a mi posición, y apareció un monitor de 17 pulgadas. A mi derecha, en el reposabrazos de cuero, un mando a distancia me posibilitó el encendido de televisor y la selección de la cadena deseada. En el siguiente compartimento, un minibar con un surtido de las mejores bebidas. A su izquierda un compartimento frigorífico, con opción a cubitos de hielo. Extraje un vaso, dos cubitos, más una buena dosis de güisqui de una marca, que para qué voy a citar, porque su nombre ya cuesta dinero pronunciarlo. En efecto, no podía, no quería renunciar a ninguna de las comodidades que se ofrecía. Haría mi trabajo con profesionalidad, pero evidentemente, no desaprovecharía una ocasión, única, de disfrutar de estos placeres que se me ofrecían. Estaba tan desacostumbrado a este nivel de vida, que estaba dispuesto a empaparme, convenientemente, de sus beneficios. Entre el copazo, el confort del sillón, el aire acondicionado, la visión de la película, todos eran elementos que me hacían gozar sobremanera. Era como un nuevo rico que nadaba en la abundancia. El viaje se me hizo tan liviano y cómodo, que si no llega a ser porque el disciplinado, atento y pulcro conductor me abrió la puerta y me avisó de la llegada a la hacienda, aún estaría allí, bebiendo y dormitando. Quizás algún día, me pueda permitir el dislate de poseer un carro de estas características, supongo que será cuando pueda resolver un caso, tan importante, que el mundo caiga a mis pies y sea materialmente y urgentemente requerido por todos para que les resuelva los problemas más difíciles.
La fachada de aquella gran construcción se asemejaba bastante, a una gran casa de estilo colonial. Su blanco porche porticado delantero, que franqueaba toda la extensión de su alzada. La altura de las columnas circulares de estilo dórico, los dos pisos o niveles de que constaba la edificación, las cuatro buhardillas se elevaban sobre el negro manto del tejado de pizarra, le daban un aspecto majestuoso e imponente, más propio de una mansión de película norteamericana.
El ama de llaves, me recibió de manera ceremonial y me comunicó que Dª Verónica, me esperaba en el solarium anexo a la piscina climatizada. Antes de dirigirme hacia mi anfitriona, una chica del servicio me acompañó hasta mi dormitorio. Una vez dentro de aquella espaciosa, lujosa y cómoda habitación, no pude reprimirme y me precipité de cabeza en aquella amplia y confortable cama de dos metros de ancho, era una auténtica gozada. Como también lo eran el magnífico cuarto de baño de mármol rosado, o las vistas de aquel gran ventanal que ofrecía la magnitud de la propiedad de Dª Verónica. Los tenues rayos solares en su caída, otorgaban a la estancia un calor y color muy gratos. Me encontraba tan bien, que de buena gana me hubiera quedado allí, contemplando el inmaculado techo de mi dormitorio y los caprichosos dibujos que el sol componía con sus reflejos. Sin embargo, me levanté raudo y me dio por mirar la otra puerta contigua a la del cuarto de baño, allí, ante mí se abrió la oferta desmesurada de una habitación, que a modo de armario de prendas de vestir se me ofrecía a mi alcance. Jamás había visto, tantos trajes de chaqueta, camisas, corbatas, zapatos, zapatillas, un ajuar completo para toda la vida. Atónito ante semejante exposición, capturé un bañador de la prestigiosa marca del reptil anfibio, me puse un blusón sedoso y unas cómodas playeras. En el amplio pasillo de la mansión, bastante desorientado, me dispuse a buscar a alguien del servicio que me guiase. Tan solo unos segundos y la eficiente ama de llaves me condujo, a la estancia de mi cliente. Tras un primer vistazo, no pude localizar a Dª Verónica. La sala era tan amplia que albergaba, además de la magnífica piscina de 25 metros, toda una serie de aparatos de gimnasia, cabaña de sauna finlandesa y la amplia cristalera a modo de solarium. El silencio era total en la estancia, tan solo un lejano burbujeo regular se hacía notar, sin duda la fuente renovadora del caudal del agua de la piscina se hacía notar. Con cierta avidez, lancé al aire el apelativo de la afortunada propietaria de aquel palacete. No tuve ninguna respuesta. Ciertamente incomodado al encontrarme en un lugar tan amplio y desconocido para mí. La tarde primaveral todavía repartía sus últimos y tenues rayos de luz, que se colaban a través de la preciosa vidriera central de la parte superior de un lateral de la estancia. El colorido reflejado en la superficie de las aguas límpidas de la piscina, hacía evocar un ambiente muy íntimo. Me apetecía ver de nuevo a Verónica, sin duda, su monumental cuerpo en bañador tenía que ser embriagador.
En efecto, tal como estaba deseando y pensando, allí, intuía su sugestiva presencia. Permanecía en el fondo de la pileta. Sin pensarlo ni un segundo más me lancé al agua y me sumergí rápidamente. Buceé con destreza y cuando me acerqué a ella la tomé en mis brazos, su cuerpo no se apreciaba ninguna actividad, por lo que me temía que se había producido un fatal desenlace. Le volteé la cabeza y tras unos segundos de incertidumbre. Su cuerpo, antes laxo, se deslizó entre mis manos, al mismo tiempo que su cara esbozaba una sonrisa de complicidad tan abierta, que pude comprobar que entre sus labios se escapaban las burbujas del oxígeno que aún contenía su última inspiración. El ascenso a la superficie fue vertiginoso por ambas partes. Jadeantes e intentando recuperar el nivel óptimo de oxigenación. Le inquirí de manera cortante.
- ¿Es usted aficionada a los juegos de vida y muerte y los demás somos sus marionetas?.
- Por favor, Edel, no se ponga así, deje que le explique. Todo ha sido una lamentable coincidencia, en la que te has visto implicado sin saberlo. Cada día, en mi piscina, practico la inmersión submarina y abundo en la resistencia bajo el agua a pulmón libre. Es una afición muy particular que llevo ejerciendo desde que me quedé viuda, hace ya cuatro años. Todo comenzó accidentalmente, más tarde fui avanzando y progresando, hasta el día de hoy en que puedo aguantar más de 75 segundos bajo el agua. Le presento excusas si le he causado cierta inquietud.
- Mire, la verdad me ha angustiado bastante, llegué a creer que usted se había ahogado. En fin, comprendo que cada cual tiene derecho a elegir sus diversiones. No necesita, hacer ninguna matización más, si le parece podemos hablar de nuestro asunto.
Así fue, tras secarnos y tomarnos un café. Comenzamos a departir de una amena charla:
- En efecto, mi estimado Edel, soy una rica viuda. Mi marido, un multimillonario con una cartera de negocios amplia y rentable, murió de un ataque fulminante al corazón. A pesar del tiempo transcurrido, aún no he podido rehacer mi vida. Además de perder a un marido enamorado y ejemplar, que me dejó una vasta fortuna, me quedé huérfana del mejor de los amigos. A menudo rememoro en mi interior los momentos culminantes que ambos vivimos. Así, vivo el día a día. Los negocios de mi marido se traspasaron todos a una fundación privada, en la que los distintos vocales, además de velar por su vigencia, dedicaban un 20 por ciento de sus beneficios a obras de beneficencia. Esta fue una disposición que mi marido dejó en el acta testamentaria, a la que yo me adherí plenamente. No suelo salir mucho, no soy amiga de fiestas. Viajo esporádicamente. Aquí en esta propiedad, poseo todo cuanto quiero, tengo la inmensa suerte de tener la vegetación de los árboles y jardines a mi alcance, de los perros y caballos que me gustan. Qué más puedo pedir. No necesito nada más. Con estos antecedentes desconozco quién puede ser mi enemigo.
- No se preocupe, para solucionar esta incógnita me ha contratado. Mañana, a primera hora, daré una vuelta por los contornos. Además iré intimando con el personal del servicio, quiero buscar pistas, para saber hacia dónde tengo que centrarme.
- Tras una espléndida cena, un sueño reparador, a la mañana siguiente comencé mis pesquisas. Estuve hablando distendidamente con el personal del servicio. Se notaba que eran buenos profesionales, bien seleccionados y debidamente aleccionados para el cumplimiento de sus obligaciones. Me jacto de ser un buen comunicador y estimulador de las conversaciones ajenas, sin embargo, en ningún caso me fue posible extraer información destacable. Había cubierto la mañana al completo, visitando la impresionante y extensa hacienda, todo había sido correcto. La vigilancia contratada, en forma de patrulla, estaba permanentemente ejerciendo su vigilancia. La cerca limítrofe de la finca, de unos 3 metros de altura, perfectamente asegurada y perfilada en su máxima altura de un alambre de espino, se la veía suficientemente robusta. Los dos coches patrullas, tenían una estrecha vigilancia las 24 horas, divididos en tres turnos. Descartado por lo tanto, en un 100 por ciento de los casos que el ladrón tuviera una procedencia externa. El circuito cerrado de televisión en todo el cercado, no había dado ninguna anomalía. En el interior, sabido era que estaba vedado, exclusivamente para los habitantes de la casa. Por consiguiente, entre ellos, estaba el delincuente.
En horas vespertinas, aprovechando la ausencia de miradas delatoras, opté por poner a buen recaudo un hermoso reloj de época, de estilo barroco. Su talla y antigüedad le otorgaban un valor considerable. Lo trasladé a mi dormitorio, con sumo disimulo y lo escondí convenientemente.
A la hora de la cena, mi anfitriona, a la que no había podido ver en todo el día, dadas mis ocupaciones de reconocimiento. Sacó a colación la cuestión:
- Edel, hoy se ha cometido otro robo. Ahora ha sido un reloj, regalo de mi marido. Le tenía mucho aprecio por este motivo. Además su valor era altísimo.
- Lo siento de veras, acabo de llegar y he estado investigando los alrededores. Es un asunto complejo, pero sin embargo, tengo que decirle que el autor de este robo es una persona vinculada a esta casa. Alguien que con la suficiente garantía y confianza, deambula a sus anchas. Las primeras pesquisas en los interrogatorios, han resultado vanas, sus empleados son buenos profesionales, que invierten su tiempo en ejecutar sus trabajos. No exponen quejas contra usted, ni siquiera entre ellos mismos. No es prematura esta afirmación, pues en mis muchos años de policía y detective, lo que mejor se me daba era abrirme a la gente para que ésta se sincerara. Sin embargo, o mucho me equivoco o el presunto ladrón, no tiene este móvil como principal objetivo. Creo que este elemento del robo, es, meramente, una tapadera o una llamada de atención para otras intenciones, que por supuesto desconozco. En principio no puedo descartar a nadie del servicio, pero mi instinto me dice que si alguno está implicado, su actuación es indirecta y desapercibida. Bien, el día ha sido muy intenso, su vasta propiedad y su numeroso personal de servicio me han gastado mis baterías energéticas. Necesito un buen sueño reparador. Buenas noches.
El silencio era total en el interior de la mansión. Confieso que tenía previsto levantarme a media madrugada, pero o me estaba haciendo viejo a marchas forzadas o alguien me había dado un somnífero en el vaso de leche. Sin embargo, el presunto ladrón, ahora constituido en un auténtico protagonista de la invisibilidad, no se hizo esperar. No había lugar a dudas, mi postración era artificial, porque mi cabeza quería sobreponerse y levantarse, no estaba totalmente alerta, pero sí podía ver entre tinieblas lo que pasaba. La oscuridad era absoluta y presentía como la figura se desplazaba muy rápidamente. Se dirigió a mi cama salvando obstáculos, tan sólo la zapatilla de deportes que me había quitado de forma anárquica le sirvió de traba para que se precipitara encima de mi cama. Dejé que creyera que continuaba profundamente dormido y esperé acontecimientos. Lo que a continuación vino, no podía imaginármelo ni por asomo. La clandestina figura, ladrón infiltrado, se había propuesto ayuntar conmigo. Eso sí bajo una supuesta indefensión e incapacidad para recordar por mi parte. Sea como fuere, allí estaba yo, cabalgando con mi ladrona particular. En efecto, desde el primer momento llevó la iniciativa, porque no se podría entender de otra forma dada la supuesta inconsciencia de mi parte. Confieso que me plació bastante. Y a ella mucho más pues, en ningún momento se privó de exteriorizarlo convenientemente. Una vez terminado su proceso de seducción y teórica violación. Se irguió y sin quitarse el pasamontañas que llevaba puesto, colocó un sobre en la almohada. No moví un músculo mientras duró la operación catarsis sexual, bajo el imperio de la clandestinidad. Bueno algún que otro miembro si se enderezó más de la cuenta, pero comprenderán que es fuerza mayor para este tipo de asuntos.
A la mañana siguiente, ya tenía resuelto el caso. Me dirigí a mi anfitriona y le comenté la feliz noticia:
- Pues sí, he resuelto el caso, conozco al autor del mismo. Prefiere que se lo comente a usted en solitario o tal vez a todo el personal.
- ¡Sabía que era un miembro de mi personal...! No, prefiero que lo comunique a todos al mismo tiempo, que sirva de escarmiento para todos. ¡Han quebrado mi confianza!. Yo siempre les he querido y tratado como si fueran de la familia. Su respuesta ha sido desleal. Tenía la esperanza de que fuera alguien extraño, fuera de mi inmediato círculo de colaboradores. En fin, la vida te da estas sorpresas. Primero fueron unos pequeños hurtos, pero lo último fue el valioso reloj, ¡no sé qué pensar!. ¡Vamos abajo, convocaré a todos!
Allí estaba congregado todo el personal, servicio de cocina, jardineros, doméstico, ama de llaves, vigilancia, chófer, todos alrededor de la gran mesa del salón.
- Bien, estamos todos y tal como ha sido decisión de vuestra señora, voy a comunicar e identificar el autor de estos pequeños hurtos y toda la serie de libre actuaciones por toda la casa a horas intempestivas. Se trataba de hechos esporádicos y de escaso montante económico, pero que ponían en duda la seguridad de personas y bienes de la propietaria y un estado de inquietud ante qué podía suceder en la próxima ocasión. Por lo tanto, Dª Verónica contrató mis servicios, soy el detective privado Tostarrosa. Los hechos son los siguientes:
- En cuanto al robo del reloj de consola, recuerdo de su esposo, le comunico que puede contemplarlo de nuevo con todo su esplendor en su lugar habitual de exposición. Lo acabo de poner yo mismo hace unos segundos. En efecto, yo fui el autor de la sustracción, porque necesitaba excitar e incitar al caco que actuaba de incógnito. Este plan dio sus frutos porque ahora mismo puedo confirmar que el autor, mejor dicho autora, de todos estos pequeños hurtos es: Dª Verónica.
- ¡Ja, ja, qué me dice usted, inspector Tostarrosa, le creía más inteligente!, ¿Esa es la resolución de un sencillo caso de un ladrón de poca monta?. Desde luego, voy de fiasco en fiasco, creí que iba a imputar a alguien de mi servicio y me responsabiliza a mí, personalmente. ¡Pero vamos, esto es increíble!. Le he pagado muy bien sus decadentes servicios y esta es su paga, abochornarme delante de mi personal.
- Bien, señora Verónica, no se me espante usted, déjeme terminar mi exposición y si después de oída la misma no la acepta, pues me retractaré de todo y no cobraré ni la más mínima paga de mis honorarios.
- En primer lugar, desde el primer momento descarté la irrupción externa de ladrones, no habían rastros que lo confirmasen.
- Estaba claro que era alguien de dentro. ¿Pero quién?.
- Me entrevisté con todo el personal, que puedo catalogar de profesional y agradecido a su patrona. No podía asegurarlo pero descartaba su participación, ni siquiera como colaboradores indirectos del supuesto caco que accedía desde fuera en connivencia con personas de la casa.
- Tan solo quedaban dos posibilidades, o bien era un amigo de confianza de la señora o bien era la misma señora. Eso era así de claro. Mi experiencia de años y mi instinto no se decantaba de manera efectiva. Pero anoche mismo se despejaron mis dudas. Veamos, del personal masculino, ¿ cuántos tienen o han tenido últimamente, bloqueo cerebral, mareos y trastornos de memoria?.
Los cinco citados, tras unos segundos de dudas, confirmaron estos malestares.
- ¿Pero bueno, qué pretende usted Sr. Tostarrosa, acaso ha perdido la razón, qué tiene que ver esto con el caso?
- Señora, voy a conectar mis argumentos. En la noche de ayer, en el vaso de leche que tomé poco antes de irme a la cama, me suministraron un específico farmacológico, muy probablemente tylanilodón. Este preparado es un inductor del sueño, pero que en absoluto deja disminuido el proceso circulatorio de las extremidades. Es decir ralentiza el proceso cerebral, pero no inutiliza la actividad muscular y por supuesto la líbido. Al contrario la excitación sexual tiene una ampliación sostenida. Me explicaré, es una droga que combinada con bromuro, en su justa medida, sirve de tratamiento sintomático de personas con problemas síquicos graves. Conozco este elemento químico, porque lo he consumido abundantemente, para tratar alguna depresión, creo que superada.
- Casualidades de la vida, el consumo de esta droga me habituó e hizo que anoche no perdiese el conocimiento por completo. Al contrario pude disfrutar de una noche completa y satisfactoria de sexo, eso sí siendo un mero actor pasivo y sometido. En este caso, para desgracia de la autora de esta violación consentida, para nada agresiva y lesiva, pude confirmar que aunque era usted.
- ¡Que fantasía tiene usted¡, desde luego no está recuperado de su proceso de degeneración mental.¿Cómo es posible que viese usted el rostro de la interesada, en la oscuridad y además oculto?
- Estimada Dª Verónica, lo siento, has caído en mi pequeña estratagema, yo no he contado que la mujer avasalladora tuviera oculto su rostro. Usted sí lo sabía, lógico, porque participó allí mismo y disfrutó conmigo, al igual que con sus empleados, bajo el poder que le da el hacer el amor con alguien que no puede conocer su identidad. Quizás, es una forma muy atípica de promiscuidad, usted asegura sus fantasías. Elige a sus víctimas, las narcotiza, las posee, desborda su sexualidad y en la más pura impunidad se retira hasta la próxima actuación. En verdad todo este proceso le había resultado tan gratificante, que una vez repetidas en varias ocasiones, con el chófer, el jardinero, el vigilante, los empleados de mantenimiento, le iba perdiendo intriga, pasión, suspense, así que decidió inventarse unos hurtos de poca entidad y una historia un tanto surrealista, para que algún torpe y lento detective claudicara y sirviera de estímulo y reto a sus particulares fantasías sexuales de mujer adinerada y desahogada que tiene que buscar en qué distraerse. En cuanto a la carta, no se tomó demasiado trabajo en combinar los recortes de prensa, casi todo eran de revistas del corazón, curiosamente de aquellas que usted suele leer, el tipo de letra y la calidad del papel lo delata. ¡ Y ahora si no lo reconoce, le diré que me da igual, yo he disfrutado como nunca, he comido, bebido, dormido, ayuntado carnalmente, qué más puedo pedir!. Creo que he cumplido con mi misión. Recuerde que usted ha sido la que ha querido que todo salga a la luz en presencia de su servicio. No obstante, creo que les debe a todos, y en especial a los varones una oportuna explicación.
- Hum, qué puedo decir, me has resultado Edel, un detective de toda una pieza. Lo reconozco, aquí tienes el resto de tu merecido salario. Gracias por todo y perdona por haber abusado de ti. En cuanto a los demás os pido excusas y os recompensaré en la medida que me solicitéis.
- No te preocupes, Verónica, para mí ha sido todo un placer estar a tu servicio. ¡Ojalá todos los casos fueran de la misma índole que este que toca a su fin!.
Recogí mis pertenencias y me despedí amablemente de todos, el clima era muy tranquilo, me imagino que este grupo de personas tal vez habían pactado que una relación en plan comuna podía ser una buena idea para organizar su particular sexualidad.

jueves 13 de noviembre de 2008

Relatos Surrealistas: La mirada del conejo

La mirada del conejo


Todo comenzó, una vez más, hace unos meses. Justo aquel día en que no sé bien por qué, te empeñaste en comprar aquel animalito. En tu casa tenías canarios, gato y ahora también un conejito. Lo recuerdo, como si estuviera sucediendo ahora mismo, me llamaste por teléfono móvil a la oficina. A pesar de que te había advertido, en repetidas ocasiones, que tan sólo me llamases en caso de urgente necesidad. No, no es que sea un desagradecido introvertido o tal vez una máquina empedernida de trabajar. Os explico que mi trabajo, en contacto directo con el público, siempre está muy concurrido. Por lo que cualquier maniobra de cierta paralización en el servicio, producía, inevitablemente, las quejas e iras del personal que esperaba su turno. Por esto prefería, en la media hora del bocadillo, llamarla yo y atender gustosamente a sus comentarios y peticiones. Bien, esta era mi sana intención, pero claro, una cosa es lo que yo deseaba y otra bien distinta es lo que mi novia, de toda la vida, estimaba que le apetecía ese día y en ese preciso instante hacer o simplemente querer.
Sí, comenzaréis a pensar que esta pequeña historieta es una exposición de lo que representa las dificultosas relaciones humanas entre parejas. En efecto, para qué lo voy a desmentir, en gran parte lo es. Y es que, aunque quisiera, cómo puedo evitar dejarme de llevar por la subjetiva experiencia vital cotidiana. Perdón por filosofar, a estas horas del relato. A lo que iba, mi novia y yo, mantenemos relaciones desde hace, más de treinta años. Sí, permitidme una licencia, es un recordatorio, imprescindible, de cuando la conocí. Fue una mañana en aquel día, justo el 10 de mayo del aquel año 1970. Ambos teníamos veinte años en aquel remoto tiempo. Paseaba por la plaza de Candelaria, con mi traje de romano, es decir vestido granito o lo que es lo mismo con el uniforme de militar de paseo, porque estaba haciendo tiempo para subir al autobús que me trasladaba a Ovejo, en Córdoba. En aquel entonces, me quedaba poco más de un mes de servicio para finalizar este compromiso, entonces ineludible. En aquel momento, una fugaz figura vestida con el uniforme típico de servicio doméstico pasó por delante de mí. No sólo me atropelló ella, sino que también el perro que llevaba, un mastín español, me rozó la pernera y me pringó de abundante baba la impecable tela áspera de color caqui. Su risa fue destemplada y en pocos segundos dejó escapar su primera broma irónica dedicada a mí:
- Ja, ja, venga Ringo, no vayas manchando y tirando a los soldaditos, que tienen que ir limpitos a la guerra.
Aquel fue un momento determinante en mi vida. Os lo matizo, si me hubiera callado y tranquilamente me hubiera limpiado el pantalón con alguna hoja de ficus, de las que estaban tiradas por allí, sin darle importancia a su descarada broma, pues hoy día, treinta y un año después, mi vida sería otra cosa, no sé si sería mejor o peor, pero seguro que distinta. Sin embargo, cuando me disponía a marcharme, porque me había caído gordísimo el comentario impertinente de esta chica uniformada, una niña de seis años, aproximadamente, se me acercó y me rozó con la punta de las orejas de un hermoso conejo blanco. Aquel tropiezo, paralizó mi intención de quitarme de en medio, porque sin saber por qué, comencé a fijarme en aquellos ojos negrísimos y profundos que poseía el animalito. Quise acariciarle el lomo suave y pulcro, pero fue inútil, porque por más que busqué a la niña y su bonito conejito, ambos habían desaparecido de mi alcance.
No obstante, el pertinaz y patoso perrazo continuó adornándome el resto del pantalón y la guerrera con sus inacabables, pegajosas y espumosas babas. La mujer, continuaba su recital de risas y de cariños para con el cánido. Mi situación era de tanta impotencia y de bochorno, que en pocos momentos, alrededor nuestra se había reunido más de una veintena de personas entre ancianos, mujeres y niños. Todo un espectáculo circense en el que yo actuaba de único chivo expiatorio. Desconsolado, tras varios minutos de saltos, lametones y toda suerte de imposiciones de las manos y patas del odioso perro por todo mi cuerpo. A duras penas, pude eludir el corro formado y me senté abatido en un banco un tanto alejado. No me apercibí, en modo alguno, del estado de las tablillas de madera de este mobiliario urbano, por lo que mis posaderas, bastantes masacradas por el chucho, se cubrieron de más mugre por la impregnación de materia plástica y húmeda. Sin duda las extremidades del perrito, tras haber paseado a sus anchas por el jardín había dejado sus recuerdos en el citado banco. Por lo que gran parte del barrillo me lo había llevado yo como presente. En definitiva estaba como para pasar revista, a la atención del sargento que me hacía la vida imposible desde que aterricé en mi prestación del servicio militar, por tierras cordobesas. Miré el reloj, aún me quedaba un par de horas, meditaba las justificaciones que podría presentar, cuando, de improviso una mano se aposó en mi hombro y me inquirió con voz aguda:
- No te pongas así, militarote, estás preocupado por la facha que llevas, ven a casa de mi señora que te lo arreglo en un momento.
En aquel momento pudo más el intentar salir del atolladero en cuanto al aspecto de mi uniforme, así que accedí. Una vez en casa de su ama, me hizo quitar el uniforme, las botas, me dio el albornoz del señor y unas zapatillas. Sentado en la cocina de la amplia casona, me estaba zampando un bocata de chorizo con un vaso de tinto. Mientras tanto, la causante de mis penas, ahora constituida en salvadora, se disponía a cepillar, planchar el traje de bonito. Roberta, que así se llamaba la que se iba a convertir en mi eterna novia, cantaba canciones de la tierra, con un tono más bien desafinado. De vez en cuando miraba a mi alrededor, para ponerme en guardia ante la posible llegada de alguien de la casa o el dichoso perrito. Sin embargo, el animalito ni se inmutaba desde su posición en la terraza lavadero. Esto me confirmaba que la instigadora de todos los juegos y mojadores ataques era, sin duda, la tal Roberta que me había echado el ojo. La miraba atentamente, eso sí, sin hacer casos a sus alaridos musicales. El largo uniforme, de formas tubulares, muy cercano a la tobillera en cuanto al largo se refiere, no podía dejar vislumbrar nada de su anatomía, es más, había que echarle mucha imaginación a la cosa para poder intuir y fantasear algo con aquella situación atípica.
- ¿ Qué está bueno el choricito, cariño?.¿ Otra vasito de tintorro?.
- Sí, está muy bueno. No gracias, me tengo que ir, ya, porque el autobús sale dentro de muy poco.
- Qué prisas hombre, ¿acaso no estás en buena compañía? ¿Qué más quieres, vino, comida, una mujer como yo que te canto, te lavo, te plancho? ¿no soy un feliz hallazgo para ti, en este día inolvidable?
- Sí, claro, pero ya sabes que la mili es la mili, no quiero perder el autobús, porque los 74 días que me quedan para la recoger la cartilla de licencia se podrían incrementar.
- Pobrecito, mira te dejo mis señas de identidad y domicilio para que me cartees todos lo días, porque es que desde que te visto, me dije este guapote es para mí. A cómo sí, Pedrito, guapote, muchachote. ¡Ay qué me gusta pellizcarte esos mofletes gordotes que tienes!
- Bueno, yo, yo, la verdad, es que no sé, es muy pronto para hablar de estas cosas. Te agradezco tus atenciones, pero me tengo que marchar.
Bastante azorado y con unos deseos de partir irrefrenables, me vestí lo más rápidamente posible. Mis cachetes aún ardían por la intensidad y el afán de retorcer mis crecidas carnes faciales. Desde fuera, mi benefactora Roberta, no paraba de hablar no sé qué, porque no me interesaba lo más mínimo. Desde luego, sí pude comprobar cómo un sonido de cierto impacto se había producido. No le eché más cuenta a la cosa, porque conociendo, mínimamente a esta atropellada mujer, seguro que se abría cargado algún plato u otro utensilio. Me dio por mirar por la cerradura de la puerta, ejerciendo como la inmensa mayoría de los mortales sus más íntimos deseos de ver sin ser vistos. Y como si se lo estuviera imaginando la imparable charlatana estaba sentada frente a mi puerta. El arco de sus piernas, totalmente ubicadas en ángulo recto dejaba contemplar, con toda nitidez, el modelado de sus piernas y por supuesto la ropa interior que adornaba su sexo. Imaginar que en mi situación, un soldado con veinte años, a punto de marchar otra vez para el campamento, esta visión me catapultó hasta la mayor de las excitaciones que había podido experimentar. Dado que, en este tiempo y a esta edad, lo único que había podido ver, eran las viñetas en la prensa de “Lolita” más toda una serie de fantasías más o menos animadas de cosecha propia. No paraba de mirar, porque, lo que presumía como algo accidental y no premeditado por su parte, no se sostenía porque sus risas y movimientos insinuantes, no dejaban dudas en lo intencionado de su proceder. Con la garganta seca y con unas ansias de ejercer argumentos distintos a los de simplemente observar, decidí salir impetuosamente. Lejos de prosperar cierta cortedad en Roberta, ella tan solo se limitó a cerrar el compás de sus extremidades y apostillar:
- Ven mironcete, que te voy a presentar a mi señora.
- Qué, no de eso nada, me voy.
Todo inútil, la señora, su esposo, su hijo, el perro, todos me estaban esperando en el hall de entrada, allí, la señorita Roberta, no se cortó ni un pelo, su montaje final había dado sus frutos, el último capricho, el que cuenta este relato se había convertido en su punto de referencia.
- Este es Pedro, mi novio. Está terminando la mili en Córdoba, a ver señor, si usted le puede buscar algún trabajillo, para dentro de un mes.
-¡Tierra trágame!, pensé en aquellos momentos.
Después los saludos y apretones de mano, los sonrojos de mi parte, risas de cortesías y un mutis rápido. Salí a escape por la escalera, ubicada en la segunda planta. Al pasar por la primera, la misma niña con su conejo blanco, se me cruzó, una vez más las suaves y largas orejas blancas me acariciaron el brazo. Esta vez, no quise parar y salí de estampida. No obstante aquellos ojos negros de animal me seguían taladrando en mi interior. Salvado por piernas, eso es lo que pensaba, sin embargo, tan solo mediaría unos días, para poder comprobar que esto tan solo había sido el principio de una relación de más de seis lustros. En efecto a las 48 horas de reincorporarme a mi destino, un telegrama urgente, me es entregado a mi persona. La verdad el corazón me dio un vuelco, me esperaba alguna noticia luctuosa de mi familia. Pues no, era mi Roberta que se acordaba mucho de mí y como aún no le había escrito, pues se había decidido a mandarme un telegrama por la vía rápida, nada más que 300 pesetas de las entonces. El texto decía así:
“Mi militarote amado, como no recibía noticias tuyas. Y son más de dos días sin saber de ti. Necesitaba que leyeras mis pensamientos. Te añoro y quiero, más cada momento que estoy sin ti. Escríbeme pronto, porque si no, estoy dispuesta a mandar a la ruina a mi señorito, aunque me despidan. Utiizaré siempre este medio, hasta que no reciba la primera carta tuya. Envíala por correo urgente, con acuse de recibo y si es preciso por vía aérea. Lo que sea pero que me llegue pronto. El próximo fin de semana vendrás a verme, porque de lo contrario iré yo a Córdoba. Un fin de semana sin ti, sería demasiado. Recuerdos de Ringo, tu compañero de babitas. Saludos galanzote y mironcete mío, de las carnes ajenas”.
Mi cara, no era la de siempre, se tornó pálida y contraída. En mi cabeza se mezclaban las ideas y no podía discurrir con claridad. Sin embargo, la pesada sospecha de que tenía un problema sobre mi incipiente vida, era tan evidente que debería de actuar con prontitud.
Una chica alocada, una relación surrealista, una serie de extrañas circunstancias, pero lo peor es que esta niña de agradables piernas bien torneadas, es que tenía una capacidad de enredo y de planificar sus movimientos que me desbordaba y no me dejaba poder de respuesta porque condicionaba mi libertad. Bien, pasaría de ella, no le contestaría. No, no es buena idea, en lo poco que la conozco es el tipo de persona, que cuando se encapricha de algo o de alguien, batalla sin fin hasta que lo consigue. No le importa, mentir, atropellar, ponerse en ridículo, el asunto es conseguir su objetivo. Ahora mismo yo era su muñeco, si pudiera cansarse de mí, tal vez tendría una posibilidad, si esto no ocurriera, quizás me tendría que plantear que esta relación, quizás no es tan negativa como parece. Debería acostumbrarme a vivir con ella, aceptando su personalidad y disfrutando de sus sinuosas presentaciones, es decir de sus aspectos más destacables. Sabía que esta relación duraría hasta que su impulso caprichoso se extinguiera.
Tras estas derivaciones mentales, fruto de la confusión y de una actitud de sometimiento a una realidad incuestionable. Decidí escribirle una carta, en tono diplomático, cortés, pero sin ninguna concesión a la inflamación de cualquier tipo de sentimientos. El contenido y extensión de la misiva, era de tan solo media cuartilla. Fui a la estafeta de correos y la cursé con carácter, certificado y con acuse de recibo. Confieso que todo esto me estaba afectando, todo un veterano de la mili, que no pensaba ya, en el día de la licencia. No, tan solo, esperaba con cierta pasividad las inmediatas actuaciones de la protagonista de mi azote particular. Sí, esta fierecilla sin domesticar, que había topado, con el tipo menos apropiado. Un ser, como yo. Mediocre, inmaduro, que se dejaba intimidar con facilidad y que tan solo quería vivir en paz con todos, principalmente para que todos me dejaran en paz a mí.
Un día más, el toque de diana, no me sorprendió en absoluto. Estaba tendido en el catre, vestido y sin haber pegada ojo en toda la noche. Por cierto, que aproveché la circunstancia y le eché un cable a las imaginarias de vigilancia nocturna y les hice los distintos puestos. Estaba temiendo la llegada de la sobremesa, porque me temía que podría tener otro telegrama, además del escándalo y las risas que provocarían en mis compañeros, lo peor sería el tener que leer lo que habría parido la imprevisible mente de mi ama Roberta.
Son las tres de la tarde, el reparto de correo finalizó y respiré hondo. No tenía correspondencia ninguna. Quién me iba a decir a mí, que no recibir de cartas me iba a suponer un alivio. Pero así son las circunstancias de la vida. Ahora primaba el anonimato de cara a mi perseguidora Roberta. No las tenía todas conmigo, intuía que ella tenía preparada alguna sorpresa. Segundos después, el cabo de guardia se acercó a mí y me comunicó que fuese al despacho del capitán Telmo. Era la primera vez, en 13 meses, que mi oficial inmediato me hacía llamar. No sabía que pensar, ¿A qué se debería esta entrevista?.
Puntualmente llamé en la puerta del despacho, solicité permiso y tras el saludo reglamentario y tras descubrirme la gorra de faena, tuve una visión completa de aquel pequeño despacho y de todas las personas que allí se encontraban. Cuándo pude comprobar que aquella figura inconfundible y sus ademanes pertenecían a la misma Roberta. Mi cara y mi cuerpo se arrugaron de tal forma, que me dejé llevar por un sopor, producto de una pequeña lipotimia, que dio con mis huesos en el suelo. Cuando desperté en el botiquín del campamento, una voz inconfundible me llamaba a pequeños grititos:
- ¡Pedrito, vida mía, vuelve a mí, cariño! ¡No me asustes, que con un mes de embarazo, no puedo sufrir estos sustos!
Yo, no quería ni abrir los ojos, con solo escuchar su inconfundible voz y el contenido burlesco y truculento de sus afirmaciones, me bastaban para que no quisiese volver en mí, buscaba así como una pequeña evasión por todo lo que se me había venido encima.
Minutos después, la voz potente de mi capitán, me saludó:
- ¡Chico, que tal está¡, ¿Ha sido la impresión de ver a su esposa, no es cierto?
Bien, chico, no se preocupe, ya tiene casi arreglados los papeles de su licencia, por motivos obvios. Un futuro padre, como usted, necesita todo su tiempo para preparar sus cosas y buscar trabajo. Así, que dado que le queda un mes y poco más, le voy a dar el resto de tiempo por cumplir como exención de servicio. Esta tarde, recogerá su cartilla y en compañía de su amorosa y abnegada mujer, partiréis para vuestro Cádiz natal. ¡Enhorabuena, tiene usted una mujer con mucha fuerza y recursos! Cuídese.
Apenas podía dar crédito a lo que me estaba pasando, una mujer que se había constituido como la manipuladora de mi vida. Se había encargado de difundir nuestro compromiso, me había otorga una paternidad por tan solo haber participado de la visión, eso sí, de sus hermosas piernas, había conseguido que me licenciasen. Esta mujer, con apenas veinte años, en verdad, sí que tenía iniciativa. Lo malo es que sus ideas, siempre estaban construidas por y para sus intereses. Ella vivía y hacía que aquello que estaba a su alrededor se moviera a su son, porque, simplemente, era su apetencia. ¿Qué podía hacer?., Tan solo resignarme y dejarme llevar porque sus métodos de persuasión e invención eran tan arrebatadores como incontestables.
De camino para Cádiz, en el autobús, Roberta no paraba de hablar de los proyectos de futuro. Me tenía preparado los próximos compromisos y tareas a llevar a cabo, su manipulación era tal, que no dejaba nada a la improvisación. Además mi estado de estupefacción y de pasividad eran tales, que hasta me daba asco de mí mismo. Sin embargo, lo último que me dijo incrementó, si cabe, más la admiración y perplejidad:
- Por si no lo sabes, aún en el caso de que estuviera embarazada, que no lo estoy, ni de ti, ni de nadie, no me pienso casar, ni ahora, ni quizás nunca. Tal vez, si cuando sea una madura persona, o quizás, en mi vejez, a lo mejor me decida. Si me apetece entonces, a lo mejor lo haríamos.
Después de esta afirmación a tan largo plazo, mi mente, no daba crédito a su capacidad de mentir, de usar y disponer de las vidas ajenas. A fe mía, que lo llevó a la práctica, porque en el 2001, todavía no se ha planteado la boda, quizás porque aún no ha llegado a su punto de vejez suficiente. Por lo tanto permanecemos en un estado de noviazgo dilatado, que eso sí, no ha impedido que nuestros hijos, dos varones y una hembra, nos hayan hecho abuelos en tres ocasiones. En fin, son cosas de mi mujer y su forma de ser.
Allí, en el caluroso autobús y de camino a Cádiz, Roberta continuaba su interminable discurso de intenciones, de acciones y de omisiones, perdido entre tanta palabrería, mis ojos se centraron en los sillones delanteros, donde una chiquita volvió su cara y levantó un hermoso conejo blanco de largas y preciosas orejas. Se trataba de la misma niña y el mismo conejo, que hacía unos días había visto en la plaza Candelaria y en la escalera de los señores de Roberta. O tal vez a mí me lo parecía, porque ¿ Qué casualidad que estuviera esa niña allí?. Aquel conejito de ojos negros profundos, me miraba como si deseara decirme algo. Perdido en mi observación, la medida y el control del tiempo se difuminaba. Habíamos llegado a la terminal de autobuses, absorto y embobado por mantener la mirada compartida con aquel gazapo, tuve que ser advertido, a pleno golpe de bolso, por Roberta que me hizo levantar de mi asiento. Al pasar justo por el sillón delantero, quise acercarme a la niña del conejo. Pero allí no había nadie. Desde luego, no sabía que pensar, quizás mi capacidad de raciocinio estaba, por momentos, desmoronándose. Con la situación tan delicada que estaba viviendo, que me encontraba, totalmente, en las manos de una voluble criatura que actuaba a golpe de impulsos caprichosos y yo todavía, perdía el tiempo en divagar con la hipotética presencia de un animal. E incluso llegaba a especular con un halo de misterio en torno a sus apariciones y a una posible revelación enigmática de su parte. Sea como fuere, una calma interior me invadió por completo, era como si desde lo más profundo de mi mente, una orden de dejar pasar y hacer se hiciera con las riendas de mi vida.
En efecto, desde el mismo momento en que se hizo patente este sistema de vida, no volví a plantearme, ni los objetivos, ni los medios, ni las formas de mi existencia. Durante treinta y un año más los días que se han cumplido desde aquel entonces, mi vida ha sido definida y ordenada por mi mentora, Roberta. Así, se hizo todo dónde, cuándo y cómo ella quiso. Quiso tener tres hijos y los tuvo. No se quiso casar ni eclesial, ni civilmente, así se hizo. Me encontró el trabajo que a ella le pareció mejor y duré en él, hasta que a ella le convino. Se convirtió en una empresaria de artículos de regalo y triunfó. Para mí me guardó las labores de almacenamiento y distribución de los respectivos artículos. En fin, hizo conmigo todo cuanto le apeteció. Nuestras relaciones se habían convertido en una balsa de aceite, ni una disputa, ni una bronca de mayor orden, tan solo la consolidación de una interdependencia de dominio absoluto por su parte y de sumisión por la mía.
Un día más, llegué a casa. Llevaba cansado porque a pesar de los dos operarios que teníamos en el almacén, los pedidos eran tan amplios, que no dábamos abasto. A mis años, mi espalda se resentía un tanto. Me dirigí al salón y a través de los cristales pude ver al nieto de aquel famoso perro pegajoso. Para no pecar de demasiado originales, se llamaba Ringo III, idea de mi ama, claro está. Afortunadamente, la puerta de cristales estaba bien cerrada, porque si no, me hubiera atacado y llenado de babas, porque esta característica, parece ser, que era hereditaria en toda su saga. Me dirigí como un poseso al magnífico y comodísimo sillón, nido de mis mejores descansos, siestas y puesto de observación de la pequeña tienda de animales que tenía montada mi compañera y dueña. Quise revisar, antes de lanzarme, el cojín del citado sillón y menos mal que lo hice, porque allí estaba el nuevo miembro de la fauna doméstica. Un hermoso conejo blanco, de enormes orejas erectas y con unos ojos negros muy profundos. Lo icé, cuidadosamente, por el lomo, lo puse entre mis piernas y ambos nos miramos muy fijamente. Apostaría por confirmar que aquel gazapo era el mismo que hacía más de treinta años que no veía. La última vez fue en el autobús que me trasladó a mi Cádiz, después de la forzada licencia de la mili. Qué curioso, a mí me parecía el mismo, pero tal vez estos animales se parezcan tanto que a lo mejor era una apreciación muy subjetiva. Esta impresión era una estupidez, pero bueno al fin y al cabo mi vida y mis ideas no eran demasiados brillantes. Una más que importaba.
El conejo, no se inmutaba y seguía dominando mi atención. De repente, dio un salto muy largo y se dirigió hacia el vestíbulo de la casa, no sabía por qué razón pero algo en mi interior me hizo perseguirle como si de un niño se tratara. El fuerte dolor de espalda con el que había llegado a casa, ya no me molestaba en absoluto, quizás el descubrimiento de la última adquisición de Roberta, me había dado nuevos bríos. Se había dirigido hacia la cocina y me estaba esperando en la encimera de granito, su modo de actuar, no parecía que fuera instintivo, más bien obedecía a una intención premeditada. La ventana de la cocina estaba abierta y el conejito muy cerca de la misma. Me dio miedo el que pudiera precipitarse a través de ella, por lo que me apresuré a vigilar su actuación. Sin embargo el gazapillo no mostraba ninguna intranquilidad, sus ojos me miraban y me invitaban a acercarme a la ventana. Más que adivinarlo, en mi mente podía comprobar que esa era la instrucción que debía seguir de inmediato. Me acerqué con el gazapo a mi izquierda, escruté de izquierda a derecha y un piso más debajo del frontal de mi posición, pude comprobar como una mujer de apariencia plácida, me sonreía, desde su posición extendió sus brazos y sin dudarlo el conejo dio un gran salto y se unió a la persona que lo reclamaba. Una vez instalado entre los brazos de su legítima dueña, ambos se quedaron mirándome e invitándome a que me uniera a ellos. Unas irrefrenables ganas de lanzarme al vacío se apoderaron de mí. Esta era la típica ocasión en que por el azar de los acontecimientos y motivado por alcanzar una vía de escape que libere, hemos deseado sentir la levedad de nuestro pesado cuerpo y remontar el vuelo hacia otras cotas menos pesadas. Sin duda, el arrebato fue determinante y me precipité hacia el abismo del hueco de patio.
La tarde era muy benigna. Sentado en un banco de plaza Candelaria, no había podido evitar quedarme traspuesto. Afortunadamente me había despertado justo a tiempo, porque aún me quedaba tiempo más que suficiente para tomar el autobús con destino a Ovejo. Por fin estaba en el último mes de la mili, ¡qué felicidad!. A unos 30 metros de distancia una chica de servicio se acercaba con un gran perrazo. Inmediatamente, me sobresalté y salí corriendo. Todo mi cuerpo apuró hasta el máximo de su capacidad de carrera. En pocos segundos había abandonado la plaza y me encontraba callejeando en dirección a la parada de los autobuses Amarillos. Jadeando y sudoroso, me había convencido de que podía respirar con tranquilidad. De inmediato subí al autobús, todavía semivacío, y me senté lo más cómodamente posible. Al quitarme la gorra de visera, una vez más le eché un vistazo a las dos fotos que llevaba adosadas en el interior del gorro. A la izquierda mi joven y maravillosa novia, la que desde niño ha sido mi amiga, mi compañera y ahora, por fin, mi novia, a la derecha, el último regalo que le hice, no hace mucho, un conejito blanco que nos encantaba a ambos. Gracias a estas imágenes pacificadoras y sugestivas, el recuerdo de la pesadilla que había soñado, o tal vez vivido en otro tiempo paralelo, se diluían en mi mente. Un sopor confortable me invadió y me sumí en su sueño reparador. El viaje a Córdoba iba a ser muy corto para mí. Mejor así. El autobús sale puntualmente. Mi cabeza recostada en el cristal de la ventana reposa ajeno a sol, al ruido interior del autobús, al calor imperante y por supuesto a la mirada fija y calculadora de una mujer, que, vestida de uniforme de servicio y en compañía de un mastín, roza el cristal desde afuera y a voz en grito exclama, ¡Adiós, amor mío, quién mejor que yo, tu Roberta, sabe lo que te conviene más¡
onejo

Terror: Inconsciente malévolo


INCONSCIENTE MALÉVOLO

“Su inconsciente, de manera determinante, diseñó la necesaria eliminación de la fuente de insatisfacción.” Del autor.

Te conozco. Sí, a grandes rasgos, puedo describir tus exigencias. Casi siempre, y digo casi porque no quiero pecar de exagerado. Quieres extraer lo máximo de estos trabajadores juntaletras, que frecuentemente tratamos de dar todo lo que llevamos dentro.
Al final de cada parto de nuestra mente, el fruto de nuestro esfuerzo es filtrado por ti. Se te presupone, capacidad, experiencia, y una buena dosis de captación y de identificación con lo que a la masa popular le interesa. Sí, eso es lo que en definitiva resulta más importante. Hay que vender y recaudar. Hay que aprovechar el tirón del nombre del autor que ahora se encuentra de moda.
Estaba fastidiado y harto de tanta hipocresía por tu parte. Todo iba muy bien, siempre y cuando mi editor tuviera en sus manos un nuevo trabajo al año. Poco importaba que estuviera sumido en momentos de crisis de creación, todo lo que antes había creado y rentabilizado a su favor tenía relativa importancia. Poco pesaba que hubiera publicado ocho novelas, consideradas como auténticos ejemplos dignos de admirar, por sus tiradas de ventas, por sus premios, por la creación de una marca de autor que por sí sola vendía sin necesidad de grandes campañas publicitarias.
Sí, que gran farsa la de mi editor, que, entonces, me otorgaba espléndidos y continuados agasajos. Tras más de 6.000 millones recaudados, por derechos de publicación, más otros 2.500 millones por derechos de adaptaciones al cine, más 1.000 millones por derechos de publicidad; era normal su actitud, estaba ebrio por el dinero que se había embolsado. El 45 por ciento de todas las ganancias, no está mal, querido editor.
Tan solo ha pasado año y medio. Las cosas han cambiado radicalmente. Mi editor, tiene escaso tiempo para dedicárselo a mis problemas. En efecto, hay otros muchos autores consagrados y noveles a los que hay que seguir extrayéndoles lo máximo posible. Seguirá usando sus artes de apariencia elitista, bajo la presentación de unas formas exquisitamente educadas, pero tremendamente frías y calculadas.
Nuestra fructífera relación, se fracturó y se desvaneció de manera efectiva, mi crápula amigo, a través de una lacónica llamada por teléfono, justo hace tres meses. Tras un breve un recuerdo a tiempos pasados y casi olvidados, de forma interesada, dejó una puerta abierta a posibles y futuras entregas, eso sí (siempre que la calidad lo mereciera), aunque en realidad su grado de escepticismo era lo más sobresaliente en su mensaje final y por lo tanto mi ocaso como escritor estaba, a su juicio, plenamente confirmado. Una despedida fría y cínica, así fue su última comunicación. Desde entonces ando mal. Me encuentro deprimido, agobiado. Lo fundamental está en la crisis de creación en la que estoy sumido. Mi inspiración está aletargada. Por mucho que me esfuerzo, no logro producir ni en cantidad, ni en calidad. Después de ocho años ininterrumpidos de febril escritura, en la que me fluían las ideas, los temas, las situaciones, sin lagunas, sin correcciones, con una técnica directa al dictado de lo que mi inspiración me facilitaba. Ahora me encontraba bloqueado, incapaz de detectar a qué se debía este estado de indefinición.
Autoanalizando mi situación, me cuestioné en que estadio podría estar. Previamente formulo mi recorrido a la generación de la creatividad literaria, a saber:
- Me he beneficiado de una inspiración brillante y abundante, que me hacía brotar instantáneamente la composición apropiada.
- Otras veces y de manera inadvertida, surgen las inevitables repeticiones en contenidos y modos de transmitir las cosas que queremos contar.
- Asimismo en determinados momentos queremos innovar y nos perdemos en experimentos que se nos van de las manos.
En efecto, leídos atentamente estos procesos, me identificaba con una etapa inmediatamente posterior a la última anteriormente citada. Sí, perdida la frescura intuitiva, agotada la copia sistemática de éxitos pasados, insatisfecho ante los resultados de otras vías novedosas de la producción literaria, estaba condenado al estado actual de la inacción.
Después de esta reflexión acerca de mi carrera literaria, seguí juntando piezas al rompecabezas de la comprensión de mi realidad y las fui describiendo:
- Mi situación económica era desahogada, para atender a mi total existencia.
- Mi situación familiar, no tenía especiales complejidades, soltero y sin familiares directos a cargo.
- Mi situación sentimental no pasaba por ningún altibajo, porque actualmente me encontraba sin compromisos amorosos.
- Mis relaciones de convivencia interpersonales, con mis vecinos, con el círculo de amigos, con mis compañeros de trabajo (autores, editores), eran abiertas y fluidas. Bueno, un momento, no con todos los citados existía una correcta y fluida comunicación, no. Era evidente que mi intelecto, mi afectividad, mi voluntad, mi disponibilidad estaba mediatizada por un personaje siniestro. Un hombre que había pasado de ser un colaborador amigable a un depredador déspota y malévolo. Éste era, sin duda, mi editor.
Tras permanecer unos minutos en silencio, traté de evadirme de este proceso de frustración en el que estaba envuelto. Para ello, intenté poner en blanco mi mente. Una vez conseguido este cierto equilibrio, propio del que despierta de un mal sueño y retoma su existencia con nuevos bríos e ilusiones, con esta disposición me entregué de lleno y me dejé llevar por una fuerza interior que quería plasmar de nuevo impresiones, ideas, descripciones. Sin perder un minuto, tal y como hacía ya tiempo que no redactaba de forma rápida y abundante, comencé a escribir por medio del procesador de textos de mi ordenador personal toda esta gran aportación de datos.
Habían transcurridos horas, no sé cuantas. La noción del tiempo se había difuminado de mi estado de consciencia. Allí, delante de mí, aparecía debidamente centrada la palabra tópica más deseada por todos los escritores, no es otra que la del fin. Puedo asegurar que había recuperado, divina inspiración, la forma avasalladora de crear a destajo sin ninguna interrupción. Conocía estos estímulos y los aproveché hasta la extenuación. Mis ojos estaban muy cansados, mi espalda maltrecha. Efectué las comprobaciones de rigor, grabé pertinentemente, hice una copia de seguridad al disquete como buen agente previsor.
Me levanté del sillón anatómico, busqué mi reloj de pulsera depositado encima de la mesa del despacho y comprobé que eran las 12 horas, del día 22 de julio. Me pareció increíble, había estado más de 20 horas consecutivas alumbrando mi último vástago.
Habían pasado apenas unas 5 horas reparadoras de aseo, comida y sueño. Volví a entrar en el fichero del ordenador y comencé a repasar mi última obra. Por delante tenía mucho por hacer: las correcciones gramaticales, estilísticas, ortográficas, semánticas y sintácticas que debían ser pulidas.
Obviamente cuando atendemos a una revisión de algo que se ha generado con anterioridad, conocemos el contenido de lo que estamos de nuevo repasando, porque evidentemente hemos sido concientes de lo que hemos producido. Sin embargo, y esto era novedoso para mí, apenas recordaba nada de lo que allí estaba escrito. Un escalofrío de desasosiego me recorría la espalda, era como contemplar una redacción de un texto mío, pero que no recordaba en ninguno de sus términos. El estilo, el vocabulario, los giros, eran inequívocamente propios. Tenía constancia de que yo había elaborado, tras veinte horas de esfuerzo, aquel borrador de texto literario. Pero por muy extraño que parezca todo el contenido vertido allí era nuevo para mí.
Me intranquilicé un tanto y decidí acabar de leer íntegramente el texto completo. Aquel primer borrador, no tenía necesidad de ninguna enmienda formal. Es decir, lo había trascrito con tal perfección mecanográfica que no observaba erratas, ni siquiera en pulsaciones indebidas. Más que un borrador parecía un documento perfectamente ajustado y depurado en todos los elementos previos a la presentación y visado del editor de turno.
El compendio de los 320 folios de que constaba este documento, en síntesis tenía como fondo argumental, el atormentado mundo de un escritor que pierde su inspiración creativa y de cómo busca su identidad literaria a través de nuevas fuentes.
Como buen contador de cosas, en toda esta trama iban mezclados aspectos reales y ficticios, porque la subjetividad en el género de la novela de ficción es de tal envergadura que, aunque uno quiera distanciarse de sí mismo y de su situación, es muy difícil desprenderse del natural acercamiento a la inmediata realidad del autor.
Allí en el texto, una vez finalizada su pormenorizada relectura, había una afinidad tan apreciable con mi estado actual de existencia, que diría que más que una novela imaginada, era una autobiografía. Es como si estuviera descubriendo por medio de un documento escrito lo que es mi presente, lo que va a ser mi futuro inmediato y lo que me deparará mi final.
Tal como mi amigo, August, emplea en alguna ocasión, perplejo, paralizado u horrorizado; el protagonista, el autor sin chispa creativa, es decir yo mismo, había conocido nuevas fuentes de información y de ilustración generadoras de nuevas historias. Había olvidado la presión y la frustración de su editor maldito, porque había canalizado su inopinado odio a este individuo. Se dejó llevar por la fuerza interior ancestral de la agresividad más salvaje, planificó meticulosamente y materializó puntualmente la extinción del citado agente perturbador. Detectada la causa de su bloqueo publicador, su inconsciente, de forma contundente y aberrante, diseñó y perpetró la inevitable eliminación de la fuente de insatisfacción.
Llevo cinco años confinado en esta prisión psiquiátrica de alta seguridad. Tengo que cumplir un total de 30 años. Mi facultativo me dice que tal como evoluciono quizás no llegue a cumplir ni los 10 años. Sé que me engaña, lo sé positivamente, pero yo sigo produciendo mis obras de ficción, o tal vez sean una mezcla de realidad e invención, o tal vez sea bestiales secuelas de mi otro yo violento que vuelve a planificar eliminaciones de quienes me hacen daño. No sé, estoy confuso, muy agobiado. Descansaré, de momento. Por cierto mi obra anterior batió registros de ventas, de eso es de lo que se trataba al fin y al cabo. ¿No es cierto querido editor?




martes 11 de noviembre de 2008

Ciencia Ficción: Fantasmogénesis

FANTASMOGÉNESIS

Se le cayó. Literalmente se le escurrió de sus manos. Parecía que lo tenía bien asido, pero, inesperadamente, algo fulminante y determinante le hizo perder la consistencia y fuerza sustentadora. Aquella figura de terracota, de más de 2.000 años de antigüedad antes de Cristo, se pulverizó por el contundente impacto recibido. La pieza única, ya que se trataba de una representación jamás descubierta con anterioridad, tenía un valor incalculable. La posible restauración, si quiera parcial, era imposible. La extrema fragilidad del material, el transcurso del tiempo, y el fuerte impacto de lleno, habían destruido un vestigio fenicio original, único e irrepetible.
En la soledad de la sala del aquel museo, el arqueólogo Vicente Pedrera se lamentaba por aquel infausto suceso. Inmóvil y sin dejar de mirar al suelo, entre dientes, musitaba y maldecía en varios idiomas, y alguno de éstos eran lenguas muertas y muy remotas. Aquel apesadumbrado ser no podía concebir cómo le podía haber ocurrido este gravísimo incidente, a él, un investigador tan experimentado y contrastado. En todo momento era consciente del valor del hallazgo de la figura y por eso estaba atento a cada manipulación. Momentos antes del desastre, sin saber por qué, se apartó de la acolchada mesa de examen y se puso a contemplar unos rasgos o perfiles de la superficie del objeto. No obstante, a pesar de esta temeraria distracción, aún tenía firmemente cogido el genuino hallazgo, por lo tanto, parecía imposible que se le resbalase. Craso error, porque los efectos destructivos y atormentadores se habían consumado de forma cierta.
Con la potente linterna se dispuso a enfocar los restos del cercano expolio. Con la cara desencajada, el doctor Vicente Pedrera comprobó que los efectos habían sido devastadores. En un radio de acción de un par de metros, una superficie de polvo rojizo se esparcía de manera radial. Ninguna pieza de dimensión destacable había sobrevivido. La expresión del doctor se iba tornando de frustración máxima en una absoluta incapacidad, por lo que le faltaba muy poco para comenzar a gritar y llorar.
Después de sobreponerse y tras tratar de enjugar las incontrolables lágrimas y el moqueo subsiguiente, actuó de manera rauda y con un aspirador especial absorbió gran parte del polvo diseminado. Cuando se aprestaba a finalizar la penosa actividad, se topó con un descubrimiento muy sorpresivo. El 85 por ciento de la materia recogida era rojiza. Evidentemente, correspondía a la materia de barro cocido al sol que componía la estructura de la valiosa figura. Sin embargo, muy cerca de su pie derecho, un polvo de color grisáceo se acumulaba en forma de pequeño montículo. Tras bordear sus límites y terminar de absorber y limpiar el resto de polvo de terracota, de color ocre, aquel cono gris quedó expedito.
La curiosidad investigadora del doctor Pedrera se agudizó de forma inusitada. La explicación a la aparición de semejante material y asumiendo los riesgos de una hipótesis a la ligera, era que la figura de la madre tierra en terracota, además de la recreación de una divinidad de fertilidad y de carácter mágico, era una urna funeraria de carácter clandestina. En efecto, ésto no era nada habitual. Tan sólo la posibilidad de ser considerado un miembro indeseable de su comunidad, obligaría a que parte de sus cenizas debían permanecer anónimas y ocultas de por vida. Con sumo cuidado, recogió toda la materia en un envase hermético y previamente escogió una muestra para analizarla convenientemente.
Cansado y ciertamente enfadado, el profesor Pedrera se disponía a partir a su casa. Su prestigio no se iba a desmoronar, porque nadie conocía el último hallazgo y su negativa pérdida. Por lo tanto, aplicaría el más riguroso silencio al respecto y viviría siempre con esta desgracia sobre su conciencia.
Sin embargo, a última hora, este polvo gris podría darle alguna fuente novedosa de conocimiento. Colocó el frasco mayor y el de la muestra en su maletín, con las oportunas medidas de seguridad. El contenido de polvo de terracota aspirado lo trasvasó a otro recipiente de mayor tamaño y también optó por llevárselo, pues no quería dejar ningún tipo de evidencias a la vista.
Ciertamente cansado y totalmente aposentado en su sillón preferido, el doctor no paraba de pensar en aquel misterioso polvo gris. Por lo tanto, no dudó en tomar la muestra y en su laboratorio privado procedió a efectuar las comprobaciones de rigor. Tras unas pruebas rutinarias, las conclusiones confirmaron las intuiciones del arqueólogo, el polvo gris era materia orgánica.
La especulación de ¿a quién podía pertenecer estos restos humanos?, digamos que entraría en el campo de la absoluta intuición. Sin embargo, no cabía duda, de que obedecía a un deseo expreso de ocultar parte de sus restos y de camuflarlos en una figura hueca a modo de vasija funeraria, de ornato típicamente de devoción, como si se quisiera que esta divinidad terrena pudiera acoger y retener a estos restos. Bien, estaba claro que era una fantástica divagación de la mente agotada del científico, porque la verdad es que sería imposible concretar las causas de estas manipulaciones. Se encontraba muy cansado y decidió tomar un buen descanso reparador.
De madrugada, cuando el sueño profundo hacía presa del doctor, una extraña presencia se estaba conformando en el apartamento de citado investigador. Procedente del pequeño tarrito de la muestra, que por cierto había quedado sin tapar, unos imperceptibles efluvios gaseosos a modo de hilillos finos se estaban generando y difuminando por toda la estancia.
Parte de los reactivos empleados para la catalogación de la materia polvorea, habían operado una reacción secundaria de efectos tardíos. Era un hecho totalmente inusual, diríamos que inimaginable desde el punto de vista científico más ortodoxo.
Sin embargo, como todos podemos imaginar, a veces, aquello que no tiene base rigurosa y comprobable, lo que procede de origen desconocido y no se ciñe a lo estrictamente establecido, estaba aconteciendo. La materia polvorienta, había esperado milenios a que su enclaustramiento e inactividad se quebrara. En esta jornada, en cuestión de horas, se habían acoplado las dos circunstancias favorecedoras, de una parte la liberación de las paredes de la urna de terracota y a continuación la asociación de la química idónea como para hacer reavivar las fuerzas en receso. En poco más de una hora, la regeneración de la entidad estaba completa. Su aspecto ocupaba una masa informe de plasma etéreo. Su volumen, contorno y expansión eran muy inestables, pues tan pronto se concentraba en una esfera menor, como que se extendía por gran parte de la estancia. La intensidad lumínica también era variable, así como la tonalidad de un tono azulado que se volvía totalmente invisible, por caprichosa voluntad. Tres milenios de larga espera y el maligno engendro campaba por sus respetos.
Tras un breve período de reconocimiento, una vez localizada la forma corpórea más próxima, se apresuró a verificar la inserción en el cuerpo durmiente del doctor Pedrera. La convulsión del cuerpo invadido fue frenética y desmedida. El orificio anal fue el canal escogido. Y su despliegue fue inmediato y explosivo. Tras recorrer la columna vertebral y abarcar todos sus órganos, en cuestión de segundos la energía colonizadora había sometido al que iba a ser su nuevo cuerpo portador. El cerebro del doctor, a nivel inconsciente, trataba de repudiar al parásito esclavizante, sin embargo, la avidez y el poder de esta despótica fuerza iba avanzando en su conquista final...
Habían pasado, tan solo unos diez minutos, y poco a poco, a través de la boca entreabierta de durmiente doctor, el plasma esclavizante se disponía a salir del cuerpo. Su actividad era escasa, en comparación con la que había demostrado minutos antes. Tras varios minutos de penosa partida del cuerpo que le había dado cobijo, la energía plasmática, en un tono grisáceo, se fue concentrando en una esfera mínima, del tamaño de una canica.
El despertar del investigador se produjo de súbito, en su boca, entre restos de mucosidad compacta, la sequedad era muy evidente. Una expresión de contrariedad y un tremendo asco dominaba sus sensaciones. Se levantó de forma violenta y se dirigió directamente al lavabo donde, además de refrescarse la cara, se propuso efectuar enjuague tras enjuague de su boca, como solución inmediata para mitigar el desagradable sabor bucal.
Segundos después, el nervioso investigador encendió el primer pitillo del día. El fumador empedernido, el obsesionado doctor, se dirigió hacia los restos de aquel polvo gris que había analizado la noche anterior. Su sorpresa fue mayúscula, puesto que no había rastro de ninguno de los frascos, ni el más pequeño, ni el otro más grande. Tan solo, el recipiente con el polvo rojizo de terracota seguía en su lugar.
Mientras seguía consumiendo el pitillo, por el rabillo del ojo, pudo comprobar cómo un pequeña esfera, del tamaño de una bola de cristal o canica, se iba desplazando por el suelo de su dormitorio. Con cierta curiosidad pudo comprobar como el citado objeto se movía lentamente, parecía como guiado por un fuerza exterior y extraña. En efecto, aquella cucaracha rojiza de grandes proporciones estaba trasladando la compacta y pardusca esfera. La dirección era muy evidente, la quería conducir hacia un pequeño resquicio que existía en el muro de una de las paredes de su dormitorio. El doctor estaba atónito porque jamás había visto un bicho de estos deambulando con impunidad por su apartamento. Sin embargo, ahora mismo, delante de la nube de humo de su cigarrillo, el diligente y tenaz animal, veía consumado su objetivo, que no era otro que posicionarse frente por frente a la pequeña grieta del paramento. Como aquel espacio no era suficiente para que la bola cupiese, se pudo comprobar como la citada bola de no sé qué material, se fue desmoronando y tomando forma de plano, con lo que su introducción se vio facilitada y acelerada. En pocos segundos la cucaracha roja oscura y su materia moldeable se perdieron de su vista.
La capacidad de analizar y de razonar las cosas desconocidas, por parte del doctor Vicente Pedrera, no podía ni sospechar que la misma materia plasmática que le había poseído, tras no haber podido anidar en su cuerpo, ahora se había asociado a la comunidad más numerosa y resistente que podamos imaginar, la del orden de los Dictyópteros, vulgarmente conocida por cucarachas.
En el apartamento contiguo al doctor Pedrera, la joven maestra Anastasia, duerme plácidamente. Los dos individuos asociados invaden la intimidad de la estancia. La cucaracha, insecto corredor y masticador por excelencia, ha asumido la simbiosis que le corresponde y tras llevar a la canica plasmática a los pies de la cama de Anastasia se dispone a culminar su misión. De una forma voraz y rápida, va ingiriendo de manera eficaz, parte del contenido de la misma. Tan solo una quinta parte de su volumen ha pasado a formar parte del aparato digestivo de la cucaracha. Este individuo corredor, a duras penas, va ascendiendo por la sábana de la cama y se acerca torpe pero decididamente a la cabecera de la misma. Tras posicionarse en la misma barbilla de la bella Anastasia, el insecto regurgita toda la materia absorbida y mezclada con su jugo propio. La exigua cantidad de mucus se vierte en la cavidad bucal de la mujer y se cuela hacia el interior de su aparato digestivo.
Días más tarde, el prestigioso arqueólogo, está disertando en una conferencia sobre las costumbres antiguas entre los fenicios. Lugar, un salón principal del Museo Arqueológico de Cádiz. Hora, las 20 horas. Una vez terminada la conferencia, llega el turno de preguntas. No hay mucho ambiente favorable a las mismas, hasta que un mano femenina se alza y le inquiere:
- Doctor, me podría explicar, ¿por qué encerraban, en urnas de terracota a las cenizas de determinadas personas? ¿ha visto usted, alguna vez algún diosa de la fertilidad que haya contenido esta materia, a modo de protección mágica?
El doctor, no pudo disimular su sorpresa y después de tragar saliva, se armó de valor y se dispuso a responder:
- Es usted una aventajada y aguda aficionada a estos temas. No tengo el gusto de conocerla. Bien, pues, no tengo la menor duda, de que la diosa de la fertilidad, servía también para proteger a los que la tomaban por defensa. No he visto ningún exvoto, como el que usted me ha citado, pero intuyo que sería posible el que existiera esta práctica en aquellos tiempos.
- Ya, buena respuesta doctor, no esperaba menos de usted, y es que, una aficionada como yo, vecina suya por más señas, ha leído sus trabajos al respecto y claro no he podido evitar preguntarle esta pequeñas dudas.
Una vez terminado el acto protocolario de preguntas, la bella chica, se acercó al arqueólogo y le musitó al oído:
- Doctor, que bien sabe mentir, sé que usted partió una figura única de terracota de la diosa gea, que contenía parte de las cenizas de un ser genuino, poderoso. Ese ser, llamado Urk, era un hechicero muy poderoso que fue quemado vivo por diferencias con su comunidad. Ahora, casi dos milenios y medio después, yo, Urk, he retomado la vida y ahora me llamo Anastasia. ¿Me firma el libro Sr. Pedrera?
El doctor palideció considerablemente, su seguridad y su aplomo se venían abajo. Comenzó a firmar el citado libro y trataba de huir de la mirada de Anastasia, sin embargo, ahora de manera telepática, en su pensamiento podía entender, cada vez más los comentarios desafiantes y malévolos. Mientras tanto la sonrisa burlona de Anastasia se dejaba notar. A continuación, una vez firmado el libro, la chica se alejó lentamente, pero a pesar de su distancia, en la cabeza del doctor, sonaban las palabras nítidas de ella, que le decía:
- Quise, apoderarme de su cuerpo, pero no pude colonizarlo, no importa, porque ahora estoy aquí morando, en una joven fuerte y bella, más pujante que usted y también más seductora. Así podré llegar a cumplir mis planes de futuro.
En una estrategia de arrojo, el profesor Pedrera le cuestionó mentalmente:
- Eh, brujo Urk, ¿qué pasó, no pudo con la capacidad de mi cerebro y me tuvo que dejar por imposible?
- ¡Pero, qué dice, estúpido engreído!, tuve que dejarlo por puro azar. Lo tenía en mi poder, pero cuando fui a rematar la faena, me sobrevino un no sé qué, que me obligó a separarme de su asquerosa y miserable osamenta.
- Ya, pobre desdichado aprendiz de mago frustrado, así que después de tantos años, se vino abajo. ¿Se aprovecha de una joven inexperta?, ¿por qué no lo intenta conmigo de nuevo?
- No soy un inmaduro, todavía siguen las mismas consideraciones fisicoquímicas que me impidieron llevarlo a cabo. Tal vez, en el futuro, si se dan algunas circunstancias, volvamos a vernos cara a cara. Aprenda de esta joven, de la que disfruto, está sana y salva bajo mi dominio. No bebe, hace deporte, piensa poco por sí sola y sobre todo no fuma. No como usted que es una chimenea andante.
- Gracias por su halago, pero, me ha dado la pista que ya esperaba, la misma que tendré que poner en contra suya.
- ¿A cual se refiere doctor porquería y fracasado?
- Usted lo ha dicho, brujo decadente y charlatán, el tabaco, fuente de enfermedades y de muerte para los mortales y empedernidos consumidores, también es, de manera excepcional, un seguro que nos protege de la manipulación de su perversión. Eso es, su maldito poder regenerado no puede resistir las variadas sustancias tóxicas del tabaco, desde la nicotina, pasando por el alquitrán, y así todas y cada uno de ellas.
- ¡Maldita sea mi boca! No importa, jamás me va a poder vencer de nuevo.
- Que no lo dude, usted es ya, a partir de poco, una energía antiquísima que no se perpetuará, tendrá que esperar más y más siglos por delante, porque, fíjese, que ha venido a parar a una sociedad que todavía consume mucho tabaco. Sus locales y sus calles, están impregnadas del humo del tabaco y por eso su influencia no le dejará vivir mucho. Sí, es cierto, que Anastasia no fuma, pero, ¿y su círculo de amigos?, ¿y la gente con la que tropieza?, ¿y mi presencia permanente presta a llenarle del exquisito humo salvador del tabaco, que ahora, además de perjudicar seriamente la salud, también nos puede liberar de su nefasta presencia?
Tras oír esto, Anastasia corrió despavorida, al salir rápida, no prestó atención y fue a parar a una sala pequeña, en la que los hacinados y ávidos fumadores consumían sus cigarrillos de manera compulsiva. El ambiente irrespirable para cualquier mortal llamada Anastasia, además fue letal para Urk, el cual no pudo soportar tanta concentración de humo tóxico para su estatus. Caída en el suelo la chica, la sustancia plasmática salía lo más rápido posible de su boca, tal como salía su color verdoso y pastoso se iba tornando gris. Una vez terminado el proceso de auto defensa del Urk, convirtiéndose en esfera o canica. A uno de los fumadores, le dio por la limpieza y dijo:
- ¡Anda, pues mira que se me ha caído la copa de ceniza gris de mi exquisito puro!, nada, nada, yo la recojo de inmediato y la pongo en este cenicero.
Dicho y hecho, la canica gris se insertó en el cenicero y se vio rodeada de cenizas incandescentes de tabaco. A continuación decenas de cigarrillos se fueron acercando y apagando en su superficie, con lo que su supervivencia larvaria se esfumó para siempre.
Han pasado más de treinta años, el matrimonio de Vicente y Anastasia, ha dedicado toda una vida al estudio arqueológico y también a fumar de manera obstinada. De momento su salud no se resiente, a pesar de que conocen que el tabaco es muy pernicioso, ellos saben que merece la pena estar prevenidos, por si acaso Urk le da por volver y además viene protegido con los famosos y eficientes chicles de Nicotinol, la sustancia que ayuda a dejar de fumar, si es que de verdad lo quieres.

domingo 9 de noviembre de 2008

Relatos de Humor: Noctámbulos



Noctámbulos

Llamémosles amigos de la noche, por denominarlos de alguna forma. Sí, los incondicionales nocturnos, aquellos que su actividad exclusiva la desarrollan a la caída del astro solar. Los que a la luz del día, permanecen recuperando fuerzas, sin ganas de moverse por imponderables físicos. Son personas que acuden a sus respectivos cometidos entre las sombras de la noche. Cruzan las calles entre las luces de neón y las farolas, a toda prisa.


Los más desahogados económicamente disfrutan de su forma de vida plenamente. Se les ve por establecimientos de alto fuste y no escatiman el gasto de haberes porque lo tienen a manos llenas. Por eso entregados al disfrute de las salas de fiestas, los espectáculos, los bares, tratan de hacer más pasajeros los efectos propios de la tendencia natural al descanso reparador y por supuesto a los efectos de ansiedad que supone, día tras día, el mantener un ritmo mantenido de trasnochamiento.


A estos, no me refiero en mi plática hoy. No, aludo por contra, a los otros, a los que además de aguantar estos imponderables del horario, que obligatoriamente cumplen contra la propia naturaleza orgánica humana. Además como agravante a su penosa existencia, se tienen que buscar la vida, por esos callejones oscuros, soportando fríos, humedades, lluvias, calores pegajosas. Sí a esos, que luchan por mantenerse vivos, a duras penas, los que entre desperdicios viven día a día, entre la necesidad de sobrevivir con su dependencia nocturna, acentuada por la obligatoriedad del esfuerzo del trabajo rutinario.


Quizás no hayáis reparado demasiado en su presencia, porque la fuerza de la costumbre los puede presentar como demasiados cotidianos, sobre todo en las grandes ciudades. Sin embargo, están a nuestro alrededor, siendo semejantes a nosotros corpóreamente, se mezclan con nosotros e incluso se insertan en nuestras familias. Son individuos que tan solo lo podemos diferenciar por sus tendencias, sociales, laborales, lúdicas y aficiones, en el marco de la noche. Porque al poco tiempo de vivir en esta forma de vida, sus comportamientos se hacen cada vez más típicamente homogéneos. La mayoría de estos que para sobrevivir, necesitan trabajar duro, no hacen regalos a la galería, comienza a laborar a primeras horas de la noche y antes de que llegue el alba y a toda prisa se recluyen en sus respectivas habitaciones. Buscan, a toda costa recuperar fuerzas para la próxima noche que les espera.


Su existencia durante el día es efímera, muy corta e interrumpida, los biorritmos son lentos, es como si de un proceso de aletargamiento sostenido les envolviese. Si están muy inquietos y no pueden conciliar el sueño, lo máximo que les apetece es ver la televisión o alguna película de vídeo, a ser posible con ambiente sórdido, terrorífico, entre tinieblas, quizás la noche les sigue pasando factura, en pleno día solar. Y es que es muy difícil desprenderse del trastorno de sus horarios vitales. En su comida, ya no recuerda la de aquellos platos de cocidos, paellas, potajes, ni por asomo:


La ingestión del contenido líquido absorbido deprisa, es cada vez más patente. Aquellos bocadillos de chorizo, de caballas en aceite, se desterraron por los inconvenientes de la frenética labor a realizar, constante y en contacto permanente con artículos de desecho. Producto del esfuerzo priva el ansia de calmar la sed. Una sed que tan solo se merma, cuando por fin se logra el objetivo diario, el de todos estos que tienen que trabajar muy duro para poder sobrellevar su personalidad de noctámbulo y currante en el Servicio de Recogida de Basuras...

Cuentos: Berto, el pájaro triste



Berto, el pájaro triste
Estamos en primavera, todo el bosque está salpicado de distintos matices de colores y en el ambiente flotan los distintos aromas de cada una de las variedades de flores. Nuestro personaje es Berto el pájaro, se trata de un pequeño gorrión que se encuentra posado en una de las ramas de una gran encina.
- Estoy harto de tanto olor y de tantas flores, a mí no me gusta la primavera, porque todos se ponen las mejores galas y perfumes y, ¿para qué?
El pobre Berto, no tenía a nadie desde que perdió a su padre y a sus hermanos. Hace ya algunas primaveras, esta estación no le trae buenos recuerdos. Durante todo el año se preocupaba de buscar sus semillas, gusanitos y de beber agua fresca en el río para poder subsistir. Sin embargo, cuando llega la primavera le entra un profundo estado de desgana y ni siquiera se quiere mover de su rama preferida, tan sólo se mueve para beber y comer lo imprescindible y para escapar del ataque de búhos y halcones, que de vez en cuando le visitan con malas intenciones.
- ¿Cuándo acabará esta pesada estación?, ¡uf!
Un día apareció una gorriona que se posó a su lado en la rama y le dijo:
- Oye perdona, me llamo Cota, ¿y tú?
- Soy Berto, ¿qué deseas de mí? -Respondió bruscamente.
Sin embargo, Cota no hizo caso a su sequedad y moviéndose graciosamente le sugirió:
- Me gustaría que fuésemos novios y formásemos una pareja, puesto que la primavera está ya muy avanzada y me gustaría tener gorrioncitos contigo.
- Pero, ¿qué dices?, no digas tonterías, déjame solo.
- Yo sé que estás perdido y amargado en tu soledad, ven y disfruta de mi compañía y de mi cariño, ¿no ves que la Naturaleza es sabia porque fue hecha por una Mano Perfecta? Si estoy aquí es porque sé que juntos podemos ser felices y contribuir a que seamos cumplidores de la misión que debemos realizar todos, es decir, amarnos y proteger el mundo que nos fue dado.
Berto estaba sorprendido por tan profundo y directo mensaje y le replicó:
- ¿Acaso eres tú adivina?, ¿quién eres?
- No te preocupes, tenemos toda nuestra vida para descubrirnos. ¿No crees, que lo único que vale en este mundo es el Amor?, ¿no te acuerdas de tus padres?
Berto sonrió y unas pequeñas lágrimas corrieron por su pico.
- Sí, es verdad, ¡cuánto te agradezco que me eligieras!
- No, no fui yo quien me mandó a ti, hay un Padre que nos quiere a todos, te conoce y sabe de tu pena. Aunque no has sabido pedirle una ilusión, tus padres y hermanos que te ven allá en el Cielo, lo hicieron por ti.
- Gracias, Dios mío. Papá, mamá...
Berto no pudo seguir hablando y rompió a reír y a volar, todo era gozo al descubrirse Hijo de Dios.
Discurría un día de la estación de primavera, y vio Dios que había apacentado e integrado a otro hijo disperso y se vio alegre y feliz.